
“La patria no se vende”. La canción que sonó en dos misas durante los últimos diez días fue la chispa que generó la polémica. El cortocircuito entre la Iglesia católica y la política. Ese cántico es el nuevo símbolo de la resistencia opositora a la gestión libertaria de Javier Milei. Es la música de los encuentros partidarios y los plenarios del peronismo y la izquierda.
Los cánticos primero se escucharon en una celebración que se realizó en la Iglesia de la Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal, en memoria de Nora Cortiñas, miembro de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y de Víctor Fernando, hijo de Adolfo Pérez Esquivel.
Es una parroquia que tiene vinculación directa y profunda con los organismos de Derechos Humanos, debido a que fue blanco de crímenes de la dictadura militar de 1976. Fue un escenario de secuestros en manos de efectivos de la Armada, liderados por el ex teniente Alfredo Astiz.
La segunda vez que la canción volvió a escucharse fue el último fin de semana. Fue en la parroquia Inmaculado Corazón de María, en Constitución, en una misa celebrada por el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Gustavo Carrara, uno de los referentes del equipo de Sacerdotes de Villas y Barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. En la celebración estaban presentes un grupo de barrenderos, del sindicato de Camioneros, uno de los gremios más críticos del Gobierno.
Carrera sacó un comunicado pidiendo disculpas por si alguna persona que formaba parte de la misa se había sentido ofendida y aclaró la forma en la que se generó el cántico. Se sintió en la obligación de explicar lo que él no generó, solo para enfriar la repercusión. En ambas situaciones los videos se viralizaron con rapidez y la institución quedó entrampada en una disputa política. De ese lugar quieren salir y en ese lugar es dónde no quieren estar.

En la Iglesia sienten que hay sectores de la oposición que quieren colocar a la institución eclesiástica en ese mismo rol. Qué están aprovechando el discurso crítico de los representantes más encumbrados de la iglesia argentina contra el gobierno nacional, para darle volumen al discurso propio y legitimar la confrontación con el oficialismo.
No niegan que exista un profundo malestar con la Casa Rosada por el escándalo del reparto de alimentos, a cargo del ministerio de Capital Humano que conduce Sandra Petovello, y por la demonización del Gobierno sobre el rol de las organizaciones sociales, como intermediarios y articuladores en el territorio. Tal es así que mañana el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), Oscar Ojea, brindará una misa en La Matanza para reconocer el trabajo de las mujeres que sostienen los comedores en los barrios más pobres y para cuestionar en público esa postura de la Casa Rosada.
Pero, al mismo tiempo, les molesta que la oposición intente utilizar los mensajes o los ámbitos de la Iglesia para politizar las homilías. No es esa la intención. Por eso, en un mensaje publicado el fin de semana, Ojea aclaró que no quieren que vayan políticos a la misa que se realizará en el Santuario de la Virgen de Caacupé. “No queremos que algo tan propio del ser humano, que no pertenece a ningún sector político en particular, sea usado de ningún modo. No pensamos invitar a ningún político a esta misa”, señaló.
Jorge García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, ofreció una dura homilía este fin de semana, donde sostuvo que “la eucaristía es algo sagrado; no está bueno usarla para dividir, para fragmentar, para partidizar”. El mensaje y la queja fue la misma. Pero esa molestia no cortará los reclamos hacia el Gobierno y el pedido de empatía del oficialismo con los sectores más vulnerables de la Argentina, en un contexto de pobreza y recesión creciente.
La misa que presidirá Ojea será un reclamo para el Gobierno. No hay segundas lecturas. Consideran que meten a todas las organizaciones en la misma bolsa y que denostan el trabajo de los voluntarios, que son claves para que funcionen los comedores en los barrios. “La Iglesia se ocupa de los pobres. Le importan los pobres y uno de los objetivos es acompañar a los vulnerables. No se está valorando la labor de muchas personas en los barrios”, reflexionó un sacerdote a cargo de una parroquia en el conurbano bonaerense.

En la Iglesia no quieren banderas partidarias. No quieren más cánticos ni polémicas. Saben que no pueden controlar las expresiones en las celebraciones religiosas. Sobre todo cuando hay sectores de la política que participan. No es una misa tradicional de domingo en una comunidad organizada.
Pero también asumen que no pueden dejar de dar misas donde haya dirigentes políticos. Porque una de las características primordiales de la institución es mostrarse siempre abierta al diálogo Y a la convivencia en la diversidad. “Si la misa se politiza y se utiliza en ese sentido, se pierden el sentido del mensaje. Nuestro modo de reclamar no es político partidario”, aseguran.
El Gobierno, por su parte, ha decidido no confrontar públicamente con la posición eclesiástica. No es un enemigo con el que haya elegido pelear, pese a que muchas de las apreciaciones de los sacerdotes no caigan bien en la Casa Rosada. Por críticas similares a las de la Iglesia, el presidente Milei ha insultado y destratado a gobernadores, legisladores y referentes opositores. En cambio, la imagen del abrazo -sonrisas de por medio - entre el Jefe de Estado y el Papa Francisco en el G-7, da cuenta de que no hay intenciones de pelearse con la institución. El Sumo Pontífice tiene en agenda viajar en noviembre a la Argentina. Tal vez ese sea un buen argumento para que el Gobierno absorba las críticas en silencio.
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