
Malena Galmarini salió en defensa de Sergio Massa con una advertencia grave, en más de un sentido. Dijo que el “final” del ministro colocaría al Gobierno frente a su “final”, es decir, el abismo. Fue una manera de aludir a la condición de última carta. El mensaje, replicado, buscó ser crudo, realista, y tal vez lo fue más allá de su intención original. Alertó sobre la precariedad de la situación del Gobierno, apuntó a Olivos y mostró que las internas son jugadas sin medir consecuencias políticas y económicas. Un círculo de riesgo, en el que la crisis alimenta esas batallas y, a la vez, las peleas golpean sobre la economía.
De manera lineal, la última trepada del precio del dólar fue adjudicada a los rumores y operaciones sobre un posible cambio en la conducción de Economía. En esa visión, no existirían otros factores -la inflación, por ejemplo- y, más aún, la solución estaría a la vista. Si el gran conspirador, aislado, fue otra vez Antonio Aracre, su salida obligada resolvería el problema. Es llamativo: no se trata de un caso, único, sino de su condición como emergente de un estado de cosas. Y ese cuadro, que incluye tensiones con la oposición, fue recreado casi en simultáneo como si fueran realidades desconectadas.
Aracre venía golpeado, resistido además desde el primer día, compitiendo incluso en zonas de comunicación y, sobre todo, con juego de relaciones que no pasaban inadvertidas en el equipo de Massa. Su breve gestión como jefe de asesores describe poco ejercicio político personal y también debilidad de origen: fue sumado a la gestión como decisión exclusiva de Alberto Fernández, con reparos de Economía y rechazo del kirchnerismo.
El jefe de asesores del Presidente ya había quedado como protagonista del anterior capítulo de enojo entre el ministro y Olivos. Ahora, como antes, se le atribuyen operaciones para esmerilar al ministro. Lo último fue hacer correr rumores sobre su llegada al principal escritorio de Economía, junto a repetidas especulaciones sobre una devaluación clara. Eso mismo, le agregó acusaciones como causante del freno en las liquidaciones de dólar-soja.
La mira sobre Alberto Fernández incluyó, otra vez, a Miguel Pesce, también apuntado por las referidas demoras en las liquidaciones, vitales para mejorar las reservas. El titular del Banco Central está enrolado en el círculo presidencial o, a esta altura, se apoya en ese sostén. El kirchnerismo lo tiene anotado desde hace rato en su lista de enemigos domésticos.
Lo de Pesce es menos mencionado en esta oportunidad, aunque lo suficiente para ampliar el foco y exponer que la tensión no estuvo acotada al jefe de asesores. Cecilia Moreau, que ocupó el lugar de Massa en la Cámara de Diputados -lo cual define por el cargo y por la sucesión-, habló sin vueltas de la “Casa Rosada” para reclamar que cesen las operaciones contra el ministro.

Desde el Gobierno, las reacciones fueron rápidas y con más de una lectura. Por la vía de comunicación habitual, se difundió que el Presidente había reprendido con dureza a Aracre y no le dejó margen para otra salida que no fuera renunciar al cargo. Cedió una pieza que complicaba antes que sumar, pero aún así se trató de una nueva expresión de desgaste de poder. En paralelo, desde la Casa Rosada se señaló que, en realidad, Massa habría agrandado el problema para lograr un desenlace que lo fortaleciera políticamente.
En cualquier caso, quedó expuesto que todo el episodio pudo crecer por la existencia del delicado cuadro que enfrenta la economía. La marca inflacionaria de marzo, las proyecciones para este mes, el impacto en los niveles de pobreza y, en conjunto, la inquietud que genera en términos electorales para el oficialismo dieron marco a las operaciones sobre cambios de elenco y de medidas.
Agustín Rossi ensayó una salida clásica para correr la atención o compartirla. El jefe de Gabinete adjudicó a maniobras y al discurso de la oposición la escalada del dólar. Dijo que desde esa vereda “están propiciando” una devaluación. Fue una salida similar aunque menos áspero que la intentada por Aníbal Fernández en relación con la inseguridad.
Por convicción o cálculo, desde la otra vereda no hubo señales de trepar en la confrontación en un terreno tan sensible. Se verá si la carga sobre Juntos por el Cambio quedó agotada en el jefe de Gabinete y alguna chicana de La Cámpora. El kichnerismo, con matices en sus filas, está centrado en ver cómo se moviliza a la espera de definiciones de CFK.
En cualquier caso, la tensión política domina las jugadas a contramano de la necesidad de generar un clima más distendido en general y de cierta convivencia en el interior del oficialismo, mientras se negocia una reconsideración del acuerdo con el FMI. Esa es la llave que todos mencionan para llegar a las elecciones con algún oxígeno económico.
Otro dato significativo: también se había comenzado a hablar de apaciguar la interna después del sacudón que produjo el IPC de marzo (7,7%). Las negociaciones fueron retomadas con un objetivo cercano: reunir a la mesa nacional del PJ para convocar después al Congreso partidario y ratificar el Frente de Todos.
Eduardo “Wado” de Pedro trajo de golpe el recuerdo del punto de quiebre más visible en la relación de CFK y el Presidente. El ministro describió cuáles son a su juicio los ingredientes de un resultado de gestión que provoca “desesperanza”: pandemia, la guerra desatada por Rusia al invadir Ucrania, la sequía y “algunos funcionarios que no funcionan”.
La frase de CFK se convirtió en la marca de un proceso que precipitó la primera crisis fuerte de gabinete. Wado de Pedro fue protagonista central de aquel episodio, pero siguió en el cargo. La repetición en boca del ministro causó malestar en el circuito de Olivos. Las treguas, si existen, son frágiles.
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