
Varios gestos a La Cámpora y un testimonio absolutorio de Cristina Fernández de Kirchner ante la Justicia: Alberto Fernández no ahorró nada esta semana en el intento de recomponer la interna. Y buscó, centralmente, rearmar un compromiso básico de convivencia dentro del oficialismo. Nada parecer escapar a ese reducido foco político. El Gobierno acelera la negociación con el FMI para cerrar trato la semana próxima, si es posible, y ese mismo vértigo condiciona el frente doméstico. Necesita acomodar las cuentas propias en los bloques del Congreso. Apremian los tiempos para una tarea densa.
El Presidente produjo un gesto hacia CFK que, de manera paradójica, tiene costo social propio pero no convence a la ex presidente y su círculo. Estuvo en Comodoro Py para declarar como testigo en la causa por el manejo de la obra pública que favoreció a Lázaro Báez. Sobreactuó la defensa de CFK, mientras el kirchnerismo sigue exhibiendo sus cuestionamientos y distancias con Olivos. Se sabe: creen que el Presidente ha hecho poco y no alcanza con el discurso para revertir realmente la situación de arrastre en el frente judicial.
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Casi en paralelo, Alberto Fernández decidió rearmar puentes con La Cámpora, que crujieron luego de que Máximo Kirchner renunciara a la presidencia del bloque de diputados para expresar su rechazo al acuerdo con el FMI. Fue una decisión amplificada por el efecto público, con un texto cargado de adjetivos para notificar su movida. Eso mismo tiñe hoy el accionar presidencial y, en forma retrospectiva, permite confirmar que la interna fue un factor gravitante, central, en la demora -tiempo perdido, según sus críticos- para cerrar trato con el organismo internacional.
Del mismo modo, el permanente juego de pretendido equilibrio doméstico marcó la política exterior, especialmente a escala regional. En estas horas, y después del viaje presidencial a Moscú y Beijing, todo es leído en clave de “recomposición” de los vínculos con Washington, tarea que ha consumido horas y nervios de Jorge Argüello y Gustavo Beliz, en primera línea. El embajador y el funcionario no son los únicos en esa tarea, que como siempre suma canales reservados.
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Dos caras de una moneda. Las postergaciones en la negociación con el FMI se debieron en buena medida a lógica de la interna. Y ahora, la proximidad de pesados compromisos de la deuda, en marzo, acelera la necesidad de buscar un nuevo piso de funcionamiento como “coalición”, para darle aval legislativo al acuerdo con el Fondo.
El calendario también aprieta para asegurar el respaldo de Washington, con bandazos como acaba de exponer en la OEA la condena antes evitada al régimen de Nicaragua. Algo que nutre prevenciones si se mide en términos de convicciones. Y que alimenta el malestar con Olivos en las franjas del kirchnerismo duro.
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Hay también cuotas de exageración en el modo de exponer públicamente los pasos para tratar de rearmar el vínculo con La Cámpora. Primero fue la difusión de un encuentro con Eduardo “Wado” De Pedro. Un hecho normal, como una reunión del Presidente con su ministro del Interior, se convirtió en un fuerte dato político. Ese vínculo estaba roto desde que el funcionario -mencionado ahora como “Wadito”- gatillara la crisis de gobierno posterior a la derrota oficialista en las PASO. Quedaron congeladas así las versiones sobre un cambio de cargo, no deseado.
Después sobrevino el acto oficial de Alberto Fernández con Luana Volnovich. Fue una señal por partida doble. Un paso más para tratar de distender la interna y una costosa ratificación de la funcionaria, luego del impactante episodio de sus vacaciones en el exterior.
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Esa sucesión asomó, a la vez, como una manera de exponer, de mínima, los límites actuales del proyecto de reelección de Alberto Fernández. Se entiende que algunas declaraciones y actos motorizados desde el grupo más estrecho de Olivos apuntan a sostener la “centralidad” del Presidente en la segunda mitad de su mandato. Y algo más exhibe la proyección que imaginan como escenario posterior al entendimiento con el FMI. Se trataría de una vuelta al trabajo para alinear al PJ tradicional -en especial, gobernadores y una franja sindical- para el 2023.
Eso, naturalmente, demanda algo más que el juego discursivo sobre la reelección que expuso nuevamente en estas horas Santiago Cafiero. Otro dato es el papel político que se le asigna a algunos ministros, como Gabriel Katopodis y Juan Zabaleta, más allá de su lugar en el organigrama de gestión. Podría explicar, a la vez, algunos movimientos de desgaste apuntados a Juan Manzur, aunque el Presidente también buscó recomponer al menos hacia afuera el funcionamiento con el jefe de Gabinete.
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El otro punto llamativo de este tramo acelerado para cerrar trato con el Fondo está expresado en el plano de las palabras. Y es llamativo porque el discurso -en buena medida, para la propia platea- es mantenido a pesar de las ácidas descalificaciones al acuerdo que constituyeron el núcleo de la renuncia de Máximo Kirchner a la conducción del bloque. En síntesis: la calificación de los compromisos como un ajuste.
Los títulos y las pocas precisiones conocidas hasta ahora dibujan un panorama de restricciones nada sencillas. Son anotadas: una baja del déficit gradual pero desafiante para este gobierno -y más para el que siga-, un fuerte freno a la emisión monetaria, la imposición de tasas de interés positivas reales y una reducción de los subsidios. Todo con monitoreo trimestral.
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El ajuste demanda sustento político, más allá de la aceptación formal. La negación pública, en este caso, resulta un recurso nada efectivo porque, sin plan y mirando hacia otro lado, diferentes factores hacen la tarea a su modo. Un ejemplo: la erosión en continuado que produce la inflación.
En estas horas, la discusión termina restringida al cálculo reducido y también distorsionado sobre costos políticos. Una pelea casi exclusiva del oficialismo, luego de que Juntos por el Cambio se corriera de ese foco al decidir que facilitará el trámite legislativo. Es un margen que el Presidente no registra o no puede intentar aprovechar, tomado como está por la interna, para explorar un acuerdo frente a la crisis.
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