
Nada de lo que expone la política en estas horas resulta ajeno a la campaña y, sobre todo, nada de lo que haga el Presidente. La pregunta, entonces, surge sola: ¿a qué platea apunta Alberto Fernández cuando se muestra con Evo Morales y Rafael Correa, mientras en el auditorio se luce también Amado Boudou? Y aún más: ¿por qué allí mismo retoma la carga sobre la Justicia y califica como indigna a la Corte Suprema? Parece claro que no son gestos destinados a sumar votos por afuera de lo que se considera voto propio. Al contrario, se concentra en animar al núcleo duro del kirchnerismo en el tramo final de la campaña.
Los pasos que viene dando el Presidente afirman la idea de que le habla a cada sector considerado vital en el tejido del frente oficialista. Antes de viajar a Roma para asistir a la cita del G20, había dejado un discurso duro sobre la negociación con el Fondo. El armado de ese acto fue un gesto a La Cámpora y una señal a los movimientos sociales aliados, con sus referentes en lugar destacado del escenario. Ayer, agregó su presencia en un acto de UPCN -el sindicato de estatales menos querido por el kirchnerismo- y fue el turno de los principales jefes sindicales, que la semana que viene rearmarán la conducción de la CGT.
Alberto Fernández se desdobla para ese diálogo múltiple en la interna. El punto es cómo impacta hacia afuera. Después de la derrota en las PASO y ante la perspectiva de resultados adversos, esa no resulta la cuestión cuidada, fuera de la expresión publicitaria de la campaña. Antes que ganar apoyos, se busca recuperar votantes calificados como propios.
Eso mismo, la categoría de “votantes perdidos”, es explicada numéricamente por la caída registrada entre la cifra de 2019 y las elecciones de septiembre. Pero no está claro, en cambio, por qué la caracterización de ese votante -empezando por los que no asistieron a las primarias- es reducida de hecho a un perfil de peronista duro o simpatizante kirchnerista enojado con la gestión. Es una mirada sectaria y contradictoria: desconoce la fórmula que hace dos años les permitió volver a la Casa Rosada. Dicho linealmente, el imaginario que combinaba el núcleo de Cristina Fernández de Kirchner y los aportes de moderación o amplitud asignados a Alberto Fernández y Sergio Massa.
Visto con realismo, las elecciones primarias expresaron que ese modelo se había ido reduciendo con el manejo de las restricciones por el coronavirus, el agravamiento de la crisis económica y social, y el creciente ensimismamiento del oficialismo, con avance visible de CFK y rotura de puentes con sectores de la oposición. La crisis de gabinete forzada después de las PASO reforzó el cuadro.

Sólo la naturalización de hechos graves que expone la política local anota como un hecho más que el Presidente descalifique a la Corte Suprema como acaba de repetirlo en el acto referido. Es asimilado como un gesto hacia el interior del oficialismo, que recreó la línea del lawfare para licuar las causas que más preocupan a la ex presidente. Es llamativo, porque una caída en las elecciones legislativas dejaría sin aliento a los proyectos de reforma judicial y de modificación de las reglas de juego para avanzar sobre el sistema de fiscales.
La actividad electoral de Alberto Fernández apunta en sentido nacional, pero de hecho está circunscripta a la provincia de Buenos Aires. El Gobierno y el oficialismo en general empujan para lo que queda de campaña un esfuerzo activo de intendentes, para tratar de reducir la diferencia de cuatro puntos anotada por Juntos en las PASO. Las encuestas en general no registran alteraciones significativas hasta ahora. Es una batalla abierta, donde el clima doméstico también juega y la demanda a los jefes comunales no esconde prevenciones.
Un reclamo similar es escuchado por los gobernadores. Preocupan especialmente, claro, los distritos de peso por su caudal o porque eligen senadores. En un par de casos, coinciden: Córdoba y Santa Fe. Los números cordobeses son negativos para el cálculo oficialista y los santafesinos, hasta ahora desalentadores. El panorama seguiría complicado en Chubut y en La Pampa, provincia esta última donde existen más expectativas de revertir la derrota ante Juntos por el Cambio.
De manera difícil de entender, y que generó rediscusión interna, se había impuesto la idea de realizar hoy el acto de cierre nacional de la campaña. Es decir, cerrar el escenario una semana antes de que entre a regir la veda. A eso se sumó la sorpresa por la internación de la ex presidente. Al margen de las razones expuestas por la vía de los trascendidos -una complicación que habría adelantado la intervención quirúrgica-, las especulaciones políticas agregaron condimentos para reprogramar el acto para el jueves próximo, en Merlo.
Se combinaban dos malas señales. La primera, que el acto prematuro exponía una especie de resignación frente a un panorama electoral adverso. Y la segunda, que la ausencia de CFK podía ser entendida como un pretexto de preservación individual. En consecuencia, se tomó una decisión en velocidad, al punto de descolocar al renovado equipo de comunicación oficial.
Por supuesto, la participación presencial o tal vez virtual de CFK es un dato sujeto a su recuperación. El discurso del Presidente se supone que estará en línea con los gestos que viene exponiendo. La convocatoria para el jueves fue planteada con sentido de polarización. Habrá que ver si trasciende las señales destinadas a cerrar filas. Eso, hasta ahora, sugiere un ejercicio anticipado de control de daños.
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