
Alberto Fernández recurrió a una frase no muy original para recordar el éxito en las PASO de hace dos años. “Triunfó el arte de la sinfonía”, dijo en Twitter. Aludió al Frente de Todos como una armoniosa sociedad de las vertientes peronistas, antes desunidas, y agregó imágenes con Cristina Fernández de Kirchner, Máximo Kirchner y Sergio Massa en lugares destacados. En estos días, sin embargo, parece haber olvidado su partitura de entonces, central para construir una imagen de moderación. Busca mostrar dureza, al extremo de sorprender incluso a quienes lo conocen con el armado de un pasado personal “revolucionario”.
Hay cuestiones del discurso del Alberto Fernández que escapan a cualquier elaboración previa de su equipo. Hace tiempo que no abundan las explicaciones más bien elogiosas sobre el modo personal de comunicación del Presidente. De todos modos, hay escritorios de campaña. Y algunos trazos básicos tienen que ver con eso: en primer lugar, la necesidad de generar expectativa económica y esperanza en un final cercano de la pandemia. Todas las encuestas señalan por donde pasan las principales preocupaciones económicas y sociales, en un contexto de crisis agudizada por el manejo frente al coronavirus. También se destacan focos más específicos: el malestar de sectores medios -la franja social quizá más influyente en materia de opinión pública- y los jóvenes.
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Eso último no es una novedad atada a los actos de los llamados “libertarios”, una postal parcial del asunto. Ya existían sondeos que -en el análisis de las preocupaciones y tendencia electoral por franja etaria- desarmaban la idea de un voto joven mayoritariamente oficialista. En rigor, el problema para el oficialismo sería el desencanto en algunos votantes propios, más el malestar por efecto de las limitaciones en pandemia y la falta de perspectivas en la crisis. Difícil cerrarlo como una cuestión de rígida elaboración ideológica.
En la respuesta presidencial frente a ese cuadro llaman la atención su referencia a un desconocido pasado personal con “vocación revolucionaria” o a hechos impactantes de la década del ‘60. Y resulta significativo además el reduccionismo y la descalificación de lo que supone es el problema, es decir, los “liberales que son conservadores”. Quizá lo haya advertido, porque en siguientes declaraciones el Presidente buscó presentarse como amplio defensor de las libertades individuales.
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Tampoco el problema puede ser restringido a la crítica que apunta al Presidente por la tendencia de hablar según el público –una especie de mimetización- o de hablar para su tribuna. El concepto de “tribuna propia” por supuesto no existe como único destinatario y, por el contrario, tiene sentido sectario también hacia afuera. No suma y puede restar.

Alberto Fernández hace rato que se venía encerrando en la lógica de la interna, con señales hacia el kirchnerismo duro: en primer lugar, se destaca el mensaje a la Justicia. Apuntó cada vez más abiertamente a frenar o desarmar las causas que involucran a la ex presidente. Lo asumió con el cambio al frente del Ministerio de Justicia o con el respaldo al proyecto de modificación de la ley orgánica del Ministerio Público Fiscal, entre otros gestos.
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Puesto ahora en campaña, es llamativa la profundización del giro porque va a contrapelo de la estrategia que permitió configurar el Frente de Todos y que le dio el triunfo electoral hace apenas dos años. Es cierto que otros factores -como la confrontación con la herencia macrista- han perdido espacio después de casi medio mandato. Pero el papel del Presidente asoma como un elemento no condicionado especialmente por factores externos.
El mensaje presidencial por el triunfo electoral de hace dos años puso énfasis en la unidad del oficialismo. Pero ese elemento sin los otros ingredientes de la ecuación de 2019 sólo remite a la necesidad de aplacar o postergar las disputas domésticas.
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La construcción de 2019 fue presentada como un logro de las distintas versiones del peronismo frente al macrismo, que exponía síntomas de final de ciclo propio. La crisis actual ya no puede ser remitida exclusivamente a la herencia o a la pandemia. El cuadro se fue agudizando también por medidas propias.
Aquella unidad tenía al menos dos puntos más de peso como armado de imagen. Uno era la propia candidatura de Alberto Fernández, en una fórmula de poder interno invertido pero que logró instalar la expectativa de moderación, y que sumó también a Sergio Massa. Y otro, el implícito de que esa unidad sugería cierto espíritu de cambio o renovación.
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Alberto Fernández buscó ponerlo en palabras. La hizo la noche de la elección de octubre y unas horas después de haber asumido, en Plaza de Mayo. “Volvimos y vamos a ser mejores”, repitió en sus discursos. El nuevo oficialismo daba por sentado que ese era el capital que le había permitido hacer diferencia para ganar las elecciones.
La otra frase que circulaba desde poco antes aludía al sentido de la unidad: “Con Cristina no alcanza y sin Cristina no se puede”. El implícito era la necesidad de construir sobre la base del voto propio de la ex presidente pero con el agregado indispensable de la franja que aportaría la “moderación”.
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De vuelta en el gobierno, el alineamiento doméstico y lo que se define como pulseada por la centralidad en el poder pasaron a ser cuestiones dominantes.
Alberto Fernández explotará al máximo los actos públicos de gobierno hasta el miércoles próximo, cuando formalmente queden vedadas las actividades oficiales con sentido electoral. Después, como todos, se las ingeniará para seguir activo. Su problema no es ese, sino el perfil de discurso. Y lo que expone.
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