
Es uno de los tantos argentinos varados en el exterior y todavía no tiene ningún vuelo confirmado para regresar desde Zurich, pero Mauricio Macri ya sabe qué hará cuando pueda aterrizar en Ezeiza: levantar aún más el perfil contra el Gobierno y sumarse a la campaña electoral de Juntos por el Cambio.
Lo que seguramente no sabe es cómo le resultará algo que quedó en evidencia desde que viajó a Europa el 27 de junio: una inédita etapa en la política en la que ya comenzó a resignar el liderazgo en el PRO en manos de Horacio Rodríguez Larreta.
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Todo comenzó a cambiar cuando ambos mantuvieron una reunión cumbre a solas, Macri se declaró neutral en la pelea por las candidaturas en el partido que fundó e inmediatamente se subió a un avión para viajar a España y Suiza. Mientras, el jefe de Gobierno piloteó las negociaciones en los principales distritos y logró casi un milagro con los renunciamientos de Patricia Bullrich y Jorge Macri, que despejaron el camino a dos candidatos de su confianza en Capital y Provincia como María Eugenia Vidal y Diego Santilli.
En su “nueva vida”, el ex jefe del Estado se convirtió en un predicador de la unidad interna del PRO y delegó en Rodríguez Larreta las tratativas para alcanzar acuerdos electorales; pero, pese a la distancia que lo separaba de la Argentina, no se desentendió de lo que estaba sucediendo aquí: desde que se fue, habló cuatro veces con el alcalde porteño para tener información de cómo seguían las complicadas internas porteña y bonaerense. Y así como celebró la lista de unidad que se alcanzó en la Ciudad de Buenos Aires, también monitoreó en contacto con su primo, Jorge Macri, las alternativas de la disputa provincial.
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También mantuvo una línea directa con Patricia Bullrich, a quien su renuncia a la candidatura en la Ciudad le permitió dedicarse de lleno al armado electoral del PRO en todo el país. La jefa partidaria esperaba del ex presidente un respaldo más explícito a su postulación, pero pareció haber digerido con entereza su decisión de dar un paso al costado: hasta los referentes del larretismo que antes la criticaban con dureza le reconocen hoy una enorme capacidad para evitar fracturas en Juntos por el Cambio en todo el país y llegar a treguas internas que valen oro para intentar derrotar al Frente de Todos en las elecciones.

Macri tampoco complicó a Rodríguez Larreta ni a sus colegas de Juntos por el Cambio con excesivos pedidos de lugares en las listas: sólo impulsa, asociado con Bullrich, la candidatura porteña a diputado de Fernando Iglesias (el cuarto puesto que ocuparía en la nómina todavía es resistido por un sector del larretismo) y la postulación de Darío Nieto, su secretario privado, como legislador de la Ciudad. Para la lista de Provincia apenas solicitó incluir en un lugar expectable a Hernán Lombardi, uno de los dirigentes del PRO que pasa más tiempo con él. Nadie está dispuesto a desairar solicitudes tan módicas.
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Quienes los conocen desde hace mucho tiempo a Macri y a Rodríguez Larreta sostienen que pueden tener diferencias, pero que entre ellos existe una sociedad política indestructible desde hace décadas. Esa misma sociedad es la que explica que el ex presidente le haya dejado el camino liberado al jefe de Gobierno para avanzar con sus decisiones electorales en lugar de disputarle el poder en todos lados, como indica la puja entre “palomas” y “halcones”.
Esta suerte de Macri en versión zen (al menos hacia adentro de su partido) incluye también no guardar rencor por los consejos desoídos en las últimas semanas por parte de dirigentes que salieron de su cantera política. Como María Eugenia Vidal, a quien quería al frente de la contienda electoral en Provincia porque, según aseguraba, era la más competitiva del espacio en Provincia, aunque debió resignarse a que la ex gobernadora volviera a Capital.
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En declaraciones televisivas, el ex mandatario se mostró este jueves tolerante y comprensivo: aseguró que siempre había apostado por Vidal y consideró que “es una dirigente con unas cualidades únicas”. “Le dije dónde yo pensaba que tenía que militar y ser parte de esta batalla, pero son decisiones personales -destacó-. Han pasado cosas durante esos cuatro años que la han afectado mucho y ella sintió que no era el momento para estar en la provincia de Buenos Aires. La leona del 2017 es la que todos soñamos ver en este momento, la vamos a ver en la Capital”.
Sin embargo, la prueba de fuego que medirá la temperatura que alcanzó la relación Macri-Rodríguez Larreta será la campaña electoral. Macri tiene previsto tener un papel muy activo para ayudar a los candidatos de Juntos por el Cambio, con presencias en actos, caminatas y medios periodísticos. Nadie sabe qué prefiere el jefe de Gobierno, pero en el larretismo hay quienes rezan con todas sus fuerzas para que el ex presidente se mantenga alejado de las actividades proselitistas. Siempre atentos a las encuestas, sostienen que la presencia de Macri puede perjudicar a los candidatos de la oposición porque no tiene buena imagen en algunos sectores del electorado y siempre está bajo la lupa por los malos resultados económicos del gobierno de Cambiemos.
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¿Quién le dirá que se mantenga alejado de la campaña para impedir que ahuyente a una porción de votantes que critican su gestión gubernamental? Probablemente nadie. Rodríguez Larreta ya se muestra con la impronta de líder de Juntos por el Cambio, pero, en el fondo, no sabe qué hacer con Macri. A la principal coalición opositora le está pasando lo que dijo el político español Felipe González: “Un ex presidente es como un jarrón chino: es valioso, pero lo pongas donde lo pongas, molesta”. Es algo sobre lo que Macri podrá reflexionar cuando algún día regrese al país.
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