Desde la marcha peronista en el Salón Azul del Senado hasta una grabación de “A mi manera”, pasando por la sonata para piano nº 2 de Chopin (más conocida como marcha fúnebre) que interpretó el Regimiento de Artillería en el funeral de Estado que recibió Carlos Saúl Menem, lo que se vivió en el cementerio fue una ceremonia de “sincretismo islámico”.
Frente al cajón colocado en el piso, porque la tradición musulmana indica que el cuerpo debe estar en la tierra (preferentemente sin ataúd, lo que está prohibido en países con culturas como la nuestra), y el imán Aníbal Bachir Bakir cumplió con el momento de oración leyendo varios pasajes del Corán en árabe. Durante varios minutos en los que los hijos de Zulemita, Luca Bertoldi y Malek Pocovi, demostraron conocer el rito.
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Mientras se esperaba la llegada del cortejo, quien luego dirigiría la ceremonia explicó a los periodistas que los musulmanes no exigen haber profesado la religión en vida y explicó que “su hija siempre dijo que vivió como católico y si él decidió esta ceremonia nosotros no tenemos por qué juzgarlo, será Allah quien lo haga”.
Para evitar interpretaciones equívocas, resaltó que jamás se pone el cuerpo del difunto en altura, que lo que corresponde es dejarlo sobre el nivel del piso, porque “de polvo eres y al polvo vas”. Y precisó que las parcelas no tienen construcciones en altura por eso mismo, que tienen sótanos, donde se dejan los ataúdes en una sala absolutamente despojada de imágenes, flores, banderas o cualquier recuerdo que pretenda dejar la familia.
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Finalmente, explicó que en las tradiciones islámicas no hay excesiva muestra de pesar, ni gritos ni llantos desolados, porque es el comienzo de un nuevo mundo, y que una vez concluida la ceremonia, la familia se queda media hora junto al cuerpo para no dejarlo solo en el momento del pasaje.
Todo eso se vio en el Cementerio Islámico de la calle Pedro León Gallo, que quedó en medio de Puerta de Hierro, uno de los barrios más inseguros de la Matanza, lo que llevó a que se desplazaran gran cantidad de fuerzas de seguridad de todos los ámbitos, Federal, Bonaerense, local, Gendarmería y hasta el Grupo Especial de Asalto Táctico (GEAT), todos fuertemente armados y prevenidos ante cualquier problema que pudiera surgir ante la gran cantidad de autos de alta gama que se trasladaron al lugar.
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Entrar, incluso, tuvo sus complejidades. En principio, se decía que no se dejaría ingresar a la prensa, pero vino una orden directa de Zulemita para levantar la prohibición. Luego, hubo otro contratiempo. Los hombres que estaban con bermudas y las mujeres que estaban con polleras cortas tuvieron que recorrer las casas vecinas para pedir -o comprar- pantalones o faldas más largas. Imposible entrar sin esa exigencia.

Ya en el predio frente al gazebo donde está la tumba de la familia Menem que contiene los restos de Carlitos Menem Jr, la banda militar interpretó la Marcha de Ituzaingó. Aparentemente, alguien había transmitido que al ex presidente le gustaba especialmente esa pieza que algún soldado argentino le robó a los brasileños en la batalla de Ituzaingó cuando el ejército de Brasil abandonó el lugar tras la derrota.
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El hermano Eduardo fue el primero en llegar. Se colocó junto a su familia bajo la sombra y esperó la llegada del cortejo. Enseguida se lo vio entrar a Alberto Kohan, ex secretario general de la Presidencia. Al poco tiempo se escucharon las sirenas que traían el féretro y las familias más allegadas. Entraron primero dos autos con las coronas principales y, minutos después, el ataúd cargado por los Granaderos a Caballo a paso de hombre. De a poco se fueron acercando otros familiares y amigos, muy difíciles de identificar por los barbijos. Se pudo distinguir a Adrián Menem, hijo de Eduardo, y a Rafael Aguirre, chofer y custodio por cuatro décadas.

En medio de un gran silencio, solo quebrado por los clicks de las cámaras de fotos, con un respeto acorde con la pompa de la ceremonia en la que se estaba despidiendo a un presidente de la democracia, alguien encendió un parlante para escuchar los acordes inmortalizados en la Argentina por Cacho Castaña: “Estoy mirando atrás, y puedo ver mi mi vida entera, y sé que estoy en paz, pues la vivía a mi manera”.
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