
A las nueve de la mañana, una línea telefónica encriptada conectó Olivos con Beijing. Alberto Fernández dijo buenas noches a Xi Jinping y durante al menos treinta minutos, intérprete oficial de por medio, el Presidente conversó con el líder de China, que ha desplegado una política de seducción diplomática con Argentina que incluyó un swap por 18.500 millones de dólares, 36 vuelos sanitarios repletos de insumos para combatir el COVID-19 y el apoyo explícito a las negociaciones con los bonistas de Wall Street.
Estados Unidos fue clave para cerrar la negociación con los acreedores privados y controla la toma de decisiones en el board del Fondo Monetario Internacional (FMI) que diseña un programa de ajuste a cambio de postergar los pagos de una deuda externa que asciende a 44.000 millones de dólares. Desde esta perspectiva, Donald Trump tiene suficiente poder para transformar a la economía nacional en un aquelarre.
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Sin embargo, Alberto Fernández optó por profundizar sus relaciones bilaterales con la Unión Europea (UE), México y China, que está en una guerra comercial sin cuartel con la Casa Blanca. Desde que asumió en reemplazo de Mauricio Macri, el jefe de Estado jamás habló por teléfono con Trump, nunca chateó a su número personal y al momento de elegir su primer viaje oficial decidió embarcar rumbo a Israel y a continuación visitar cuatro capitales europeas.
Xi es un maestro de la diplomacia y la geopolítica y exprime las diferencias personales e ideológicas que Alberto Fernández tiene con Trump, y las necesidades financieras y comerciales que exhibe la Argentina tras la administración de Macri y los efectos devastadores del COVID-19. El líder comunista pretende colocar a China como primera potencia mundial, y necesita anclar sus sueños y su vocación de poder en todas las regiones del planeta.
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En este contexto, Xi apoyó al país en su momento más duro de la pandemia, ratificó el swap por 18.500 millones de dólares que revitalizaron las reservas del Banco Central y reiteró en todos los foros multilaterales que Argentina es un socio estratégico para Beijing y su ascenso vertiginoso a la cima del globo.
Alberto Fernández conoce las intenciones de Xi y no le preocupa la distancia que ya impuso frente a la Casa Blanca. El Presidente convalidó tratados con China que eran impugnados por Washington y apuesta a consolidar un vínculo comercial, tecnológico y militar con Beijing sin antecedentes en América Latina.
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La conversación formal entre Alberto Fernández y Xi tiene un guion preestablecido y su duración mínima iba a ser de treinta minutos con interpretación consecutiva prevista -hablan los jefes de Estado y a continuación se traduce- e iba a abarcar cuatro ejes centrales que fueron acordados por las cancillerías de Argentina y China.
Al principio, el Presidente agradecerá a su colega comunista las donaciones chinas que llegaron al país en el peor momento de la pandemia. Un ayuda memoria escrito en el Palacio San Martín consigna que Xi autorizó 36 vuelos sanitarios a cargo de Aerolíneas Argentinas y 4 barcos desbordantes de insumos médicos.
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En este capítulo del guion diplomático, el jefe de Estado también expresará su agradecimiento a Xi por enviar sin demoras 8.500 millones de dólares -segundo tramo del swap chino- cuando las reservas del Banco Central se evaporaban y aún no había concluido la negociación con los fondos de Wall Street.
“Alberto Fernández tiene gratitud eterna con China, y se lo va a decir a Xi Jinping no bien comience la charla entre ambos”, confió un miembro del Gabinete que estuvo en todos los detalles de la llamada telefónica que conectará Olivos con Beijing.
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A continuación, bajo el título “Intereses de Estado”, Alberto Fernández confirmará a Xi que viajará a China a principios de 2021 y explicitará su apoyo al régimen comunista frente a las contiendas geopolíticas que mantiene con Estados Unidos respecto a Hong Kong y Taiwán.
Xi aguardará este momento para reiterar el respaldo de Beijing al reclamo histórico de la Argentina sobre la soberanía nacional en las Islas Malvinas. Un ejemplo básico de quid pro quo diplomático que refleja la sintonía geopolítica entre el Palacio San Martín y la cancillería de China.
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En el tercer tramo del diálogo bilateral, Alberto Fernández y Xi tratarán las relaciones políticas y comerciales entre ambos países. China tiene un proyecto gigantesco de influencia global que se llama La Ruta de la Seda, y la intención de Xi es que Alberto Fernández anuncie su incorporación.
Estados Unidos rechaza esa iniciativa en América Latina, y por eso jugó fuerte para quedarse con la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Una manera coyuntural destinada a balancear el poder crediticio que ya está desplegando Beijing sin límite ni control.
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La Ruta de la Seda, (One Belt, one Road) como se conoce a nivel global, implica un programa de asistencia financiera para obras de infraestructura con fondos infinitos. China cree en el ascenso pacífico a la cima del mundo, y considera que ese objetivo estratégico se puede cumplir satisfaciendo las necesidades estructurales de la mayoría de los países del planeta.
One Belt, One Road, (OBOR, en sus siglas en inglés), pretende recrear la legendaria ruta comercial marítima uniendo China con Europa, Medio Oriente, África y América Latina. Hasta ahora, Xi logró sumar a más de cien países en siete años de persistencia diplomática. En la región, Panamá, Uruguay, Ecuador, Venezuela, Chile, Uruguay, Bolivia, Costa Rica, Cuba y Perú, ya dijeron que sí.
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La intención de XI, que pretende consumar hoy en su diálogo bilateral con Alberto Fernández, es que Argentina se sume a la Ruta de la Seda. Sería el primer país con verdadero volumen en América Latina -aún dudan México y Brasil-, y un formidable éxito diplomático para el régimen comunista.
Si Alberto Fernández acepta integrar OBOR, la distancia geopolítica con Washington se multiplicaría hasta el infinito. Estados Unidos considera a América Latina su área de influencia y su castigo bilateral respecto a la Argentina podría alcanzar la economía, las finanzas y las líneas de crédito, entre otros capítulos de la agenda común de la Casa Rosada y la Casa Blanca.
-En la charla entre el Presidente y Xi, ¿Argentina confirmará que entra en la Ruta de la Seda?-, preguntó Infobae a un miembro del Gobierno que pasa mucho tiempo en Olivos.
-Después de la charla, te cuento-, respondió enigmático.

Cuando promedie la conversación entre ambos mandatarios, habrá un capítulo para analizar la agenda global y proponer una hoja de ruta común vinculada a la diplomacia multilateral. Alberto Fernández y Xi comparten la necesidad de profundizar la cooperación mundial, respaldan -por ejemplo- el Acuerdo de Cambio Climático de París, y quieren mejorar las relaciones entre China y el Mercosur.
En este sentido, Xi tiene un warning previo para plantear al jefe de Estado argentino. El líder comunista aguardará que Paraguay rompa relaciones con Taiwán y finalmente reconozca a la República Popular China, antes de avanzar en un entendimiento formal entre Beijing y el Mercosur. Es una condición sine qua non que escapa a la voluntad política de Alberto Fernández.
Junto a la frialdad diplomática que impuso a su relación con la Casa Blanca, el Presidente ahora hace una movida geopolítica que lo acerca a China cuando aún no cerró la negociación con el FMI, escasean las inversiones extranjeras y la economía cruje por la pandemia. Un riesgo asumido en plena guerra comercial entre Washington y Beijing, a 35 días de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
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