
A George Smiley, el espía que vino del frío, jamás se le hubiera ocurrido apelar a un enemigo invisible para enfrentar sus diferencias ideológicas o personales con la KGB. Smiley aceptaba las órdenes del Kremlin y jugaba con la nomenclatura soviética, sin importar que la Guerra Fría hubiera terminado. Alicia Castro, miembro prominente del entourage de Cristina Fernández de Kirchner, parece que no leyó a John le Carré: enfrenta a Alberto Fernández en operaciones de bajísima densidad y apela al COVID-19 para asegurar que aún detenta su nominación como embajadora en Rusia.
Castro utiliza una cobertura sanitaria que hace sonreír de costado al Presidente y a su canciller Felipe Solá. En Olivos, el Palacio San Martín, la Casa Rosada, el Instituto Patria y la Cámara de Senadores ya saben que la ex embajadora en Venezuela y Gran Bretaña jamás ocupará la residencia diplomática de la Argentina en Moscú.
Alberto Fernández no quiere una representante con agenda propia en Rusia, y descartó la designación de Castro como embajadora ante Vladimir Putin, un líder político con fuerte entrenamiento en el espionaje soviético y conocido por su capacidad de captar activos alrededor del planeta.
Castro está adscripta al pensamiento populista de Nicolás Maduro, aliado de Putin, y la agenda geopolítica del Presidente se apalanca en una deseada equidistancia de las principales potencias del mundo. Alberto Fernández asumió –tarde– que su primera opción en Moscú podía caer en la tentación de tergiversar los intereses de la Argentina en Rusia, y decidió dar marcha atrás cuando Castro cuestionó en público y privado la perspectiva oficial sobre la situación institucional en América Latina.

Los cuestionamientos de Castro a la política exterior de Alberto Fernández y Solá causaron una fuerte reacción en la Cancillería. Castro escuchó la admonición diplomática y siguió con su agenda personal considerando que su nombramiento era un hecho político respaldado por Cristina Fernández de Kirchner.
El jefe de Estado oyó la perspectiva de su canciller y decidió enterrar la designación de Castro, que conoció los hechos por terceros y apeló a la vicepresidente para torcer un gesto de poder asumido en la quinta de Olivos. CFK hizo un comentario al pasar, y Solá ratificó en la intimidad del Palacio San Martín que la suerte de Castro estaba echada.
Sin embargo, la frustrada embajadora ante el Kremlin inventó la excusa del COVID-19, cuando debió explicar por qué su pliego diplomático no había sido tratado en la Comisión de Acuerdos del Senado. “La misión en la Federación Rusa y cinco países concurrentes precisa de una gran movilidad. Por mi edad pertenezco a un grupo de población en riesgo, razón por la cual permanezco sin salir de mi casa desde marzo”, argumentó Castro.
Le Carré, a través de su personaje Smiley, lo explica bien. Una cobertura –diplomática, política o sanitaria– tiene que tener verosimilitud y apelar al sentido común. Castro tiene temor al COVID-19, y se entiende por su edad, pero nunca pudo explicar qué detenía que su pliego se aprobara en el Senado junto a otros embajadores designados por Alberto Fernández y Solá.
Ahora, la coartada quedó al descubierto. El embajador Ricardo Lagorio, destinado en Moscú, regresará a Buenos Aires tras haber cumplido una excelente tarea diplomática. Así lo informa hoy el Boletín Oficial. Y Castro no viaja a sucederlo como debería haber sido en términos formales: se queda en la Argentina a la espera de otro destino menos conflictivo para la Casa Rosada.
Solá se encontrará con su staff para designar un nuevo embajador o embajadora ante el Kremlin. Y mientras tanto, actuará el actual agregado de Negocios, que de ninguna manera implica que Alberto Fernández y Solá hayan reducido el nivel de representación bilateral en Rusia.
El futuro embajador/a partirá a Moscú hacia fin de mes. Es lo que quieren Alberto Fernández y Solá. “Será un diplomático nuestro”, explicaron en Olivos.
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