
Nadie lo organizó. Sin embargo, desde el Obelisco hasta el río los autos se colocaron en fila y tocando bocina, cerrando el paso por 9 de julio, Cerrito y Carlos Pellegrini. Desde el Obelisco hacia el sur, se colocó la gente que se manifestó con distancia social y aplaudiendo o haciendo sonar elementos para hacer ruido. Algo similar sucedió por avenida Corrientes, por donde la los manifestantes no pararon de llegar desde las 15 hasta las 18, por lo menos, cuando la contundente marcha alcanzó su pico.
De todas las movilizaciones similares que se vieron en los últimos tiempos, quizás esta fue la que menos tumulto generó en la Plazoleta de la República, el pequeño parque rodea el icónico monumento porteño, centro de las protestas y de fiestas populares en la Ciudad de Buenos Aires. No había distancia social, sin embargo, se podía pasar perfectamente, sin esas aglomeraciones que impiden respirar, como las hemos visto tantas veces.
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Claramente, la gente buscaba cuidarse. Prácticamente no se vio gente sin barbijos. En cambio, las banderas celestes y blancas de todos los tamaños flameaban con la fuerza de quien no acepta que le cuestionen su pertenencia a esta Argentina convulsionada por la grieta. “Aquí me quedo a dar la pelea por la libertad y la justicia, porque este país es mío también”, dijo un emocionado cuarentón de nombre Leandro cuando Infobae le preguntó por qué protestaba.
Todavía impactados por las duras críticas que desde su mismo espacios surgieron por participar en la movilización, los dirigentes de Juntos por el Cambio que se manifestaron quisieron dar el ejemplo en cuanto a los cuidados sanitarios. Luis “Beto” Brandoni y Hernán Lombardi se reunieron en la esquina de avenida Córdoba y Libertad entrelazados por unos “flota flota” celestes para mantener la distancia de metro y medio y así dieron una vuelta a la manzana, evitando trasladarse al centro de la marcha. Desde una de esas esquinas, el ex ministro de Cultura llamó a no resignarse y expresarse siempre en “libertad y con responsabilidad”.
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Patricia Bullrich, la presidenta del PRO que se movilizó a título personal, porque el partido decidió no hacerlo, lo hizo en un auto y tampoco quiso acercarse al Obelisco caminando. Desde una esquina, filmó la cantidad de gente que se estaba movilizando y se dirigió a Alberto Fernández: “Mire, señor Presidente, cuánta gente vino a pedir por la libertad”. También se lo vio al ex embajador de la Argentina en China, Diego Guelar, quien se acercó a Plaza de Mayo en auto y allí hizo flamear su bandera.
Los motivos de la marcha fueron variados pero los carteles contra la reforma de la justicia concentraron la mayor cantidad de reclamos, junto con los pedidos de aperturas en la cuarentena, para recuperar la situación económica de las familias. Pero los motivos expresados fueron casi infinitos. “Queremos un congreso sin delincuentes”, “Estamos hartos de esta dictadura”, “Necesitamos un San Martín”, “Basta de corrupción”, “La Corte Suprema debe salvar la República”, “No hay futuro”, “SI a la libertad de expresión, NO al relato populista”, “Google tenía razón”, “Cuando la Patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla. José de San Martín” y hasta alguno más escatológico como uno que decía “Qué gobierno de mierda”.
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El oficialismo dirá -en rigor el Presidente ya lo dijo- que la convocatoria no se comprende. Es lo mismo que decía la dirigencia kirchnerista cuando por primera vez apareció una manifestación como esta, allá por 2012. Fue cuando se estrenaron los cartelitos individuales, que rompieron la tradición de los grandes carteles partidarios y sindicales, llevados con enormes palos y militantes musculosos y transpirados.
Estas expresiones no tienen nada que ver con esas movilizaciones de otro tiempo. Tanta es la diferencia, que ni siquiera necesitan partidos políticos que las convoquen. La gente marcha igual, expresando sus sentimientos que son a un tiempo personales y colectivos. Hoy lo hizo con enojo y enorme preocupación por el futuro institucional pero también económico, por la sensación de que no hay convivencia posible en un país agrietado. Quizás es difícil entenderlo para la dirigencia política tradicional, que no comprende la trama cultural del siglo XXI, tan bien expresada -de nuevo- en la marcha del #17A.
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Hay una manera de expresar la protesta social que inauguraron estas multitudes que es original y que una y otra vez se demostraron capaces de desbordar dirigentes que quieren domesticar el debate público. Arrancaron meses después del 54 por ciento de Cristina, salieron a defender en abril de 2016 al gobierno de Cambiemos y aparecieron cada vez que se buscó amenazar un modo de vida. Incluso cuando ya se sabía que ganaba el Frente de Todos.
Y un dato más. La cantidad de jóvenes que hoy se vieron tendría que empezar a preocupar al Gobierno.
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