
El aislamiento por el coronavirus estrena hoy una nueva etapa que, en rigor, es una versión retocada de su duro primer tramo, que consumió diez días de marzo y casi todo abril. Pasaron mayo y junio, y esta especie de vuelta atrás alimenta el desafío para lo que viene: algo más de dos semanas con mayores restricciones. Sólo la sucesión de registros diarios de contagios irá diciendo hasta dónde se despeja la incertidumbre a futuro especialmente en el principal conglomerado urbano del país. Más claro, en lo inmediato, asoma que el endurecimiento de la cuarentena sumará un golpe fuerte a la economía, con su correlato en el dañado tejido social. También, que escribirá un nuevo capítulo en el contradictorio discurso oficial.
La nueva extensión del aislamiento para la provincia de Buenos Aires, la Capital y algunos distritos del interior llega después de una pulseada, con cierto cuidado hacia fuera, entre los principales protagonistas políticos: Alberto Fernández, Axel Kicillof –junto a frases ruidosas de funcionarios alineados sin escala con Cristina Fernández de Kirchner- y Horacio Rodríguez Larreta. De hecho, quedó abierto así un interrogante sobre las perspectivas para la nueva entrega a partir del 17 o, de hecho, el 20 de este mes. Las cifras de contagios, su velocidad y multiplicación, dirán lo suyo –más allá de los cuestionamientos a los niveles de testeo- pero las cuentas sobre el agotamiento social también pesará en la mesa de las decisiones políticas.
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En algunas oficinas nacionales –las más ligadas a estructuras con inserción territorial-, en medios del gobierno porteño y entre intendentes del GBA se coincide en la necesidad de bajar significativamente la circulación con foco en el transporte público y “desaliento” a la movilidad en coches, pero se admite que eso no resolvería la circulación barrial, especialmente en las zonas más vulnerables. Parece claro, otra vez, que representará un cuadro más grave para el comercio –con sus estribaciones en diversos y deprimidos rubros de la producción- y también para algunas actividades industriales que empezaban a moverse aún por debajo de los niveles previos al aislamiento.
El interrogante más serio es hasta qué punto será efectivo el cierre de comercios. Y mayores dudas genera que esa restricción y el temor a los contagios termine recreando las postales de calles apenas transitadas de fines de marzo. Se verá. En cambio, los pronósticos y advertencias sobre los efectos económicos son en general sombríos. Abundan los indicadores y también reclamos sectoriales.
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Eso explica en buena medida las medidas de contención o al menos de atención que se intentan desde el Estado nacional, la provincia y la Capital. Los tres, en diferente grado, llegan a esta instancia con finanzas en caída y demandas en ascenso. Las respuestas muestran esos límites. Un ejemplo: la extensión a este mes del Ingreso Familiar de Emergencia, aunque sin repetición para las provincias que están en etapa de mayor apertura, como si la crisis quedara atrás con el solo paso de una fase a otra. Y otro ejemplo: el gobierno porteño apura ahora un proyecto para condonar el ABL e impuesto inmobiliario de junio y julio en el caso de las actividades no esenciales. Algo parecido es analizado en La Plata.
Esas reacciones, como algunas líneas de créditos blandos, exponen a la vez la preocupación por los efectos del extendido aislamiento y las limitaciones del Estado en sus expresiones nacional, porteña y bonaerense. Los recursos propios, en especial la recaudación, vienen en picada, síntoma sostenido de la crisis de arrastre, agravada por las medidas frente al coronavirus.
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Los números globales de la economía y de buena parte de las actividades, analizadas en particular, indican un grave deterioro, con un abismo en abril y algo de oxígenos hacia fines de mayo y en junio, aún muy por debajo del cuadro previo a la cuarentena. La caída de la actividad en abril –último dato del EMAE- fue un récord oscuro: 26,4 por ciento. Estimaciones de consultoras señalan cierta mejora posterior, acotada. La perspectiva de dureza que arranca hoy vuelve a teñir para abajo los pronósticos.
La aproximación a escala particular expone datos similares. El último informe de CECHA (la entidad del comercio de combustibles) señala que hubo una fuerte caída de ventas a fines de marzo y en abril, con recuperación parcial en mayo pero por debajo del registro previo al aislamiento. Si se toma mayo contra febrero, la baja fue de 19,8% en gasoil y de 51,5 en naftas. En otras actividades, los datos son más dramáticos, como en alquileres –en especial, de comercios- y compras de propiedades, en Capital y Provincia.
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Las estimaciones sobre la evolución de la economía, medida en términos de Producto Bruto, son desalentadoras porque las variaciones que podrían producirse con mayor flexibilidad no modificarían el panorama de mediano plazo. La vuelta a duras restricciones en el ámbito de Capital y provincia de Buenos Aires proyectarían una caída por encima de los 10 puntos porcentuales del PBI, cifra de consenso y en aumento entre consultores económicos. En rigor, hasta el FMI, con algo de delay, elevó al 9,9% su estimación.
El Gobierno ha tratado de acomodar su discurso más a las necesidades políticas que a la realidad económica. Intentó, y desde el oficialismo hay quienes insisten, en colocar la discusión en términos de opuestos cerrados: cuarentena/anticuarentena, vida/muerte. Y en ese esquema, la concepción sanitaria contra una visión economicista. Después, abandonó en parte esa letra, dio un giro, muy liviano: la crisis general no sería fruto del impacto de la cuarentena sino de la pandemia. Algo así como: la culpa sería de la propagación del virus y no de las medidas adoptadas para enfrentarlo. Todas, forzadas o falsas dicotomías.
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Con todo, desde fines de mayo, desde el Gobierno venían difundiendo que se estaba registrando cierta mejora de la actividad económica, coincidente con una mayor flexibilidad en el área metropolitana y con grados más avanzados de normalización en buena parte del país. Eso que arrancó como la difusión, a veces informal, de datos puntuales, terminó con un video del ministerio de Desarrollo Productivo que destacaba esa especie de reactivación, muy parcial, comparando algunas actividades entre marzo-abril y mayo-junio. En cualquier caso, mejoras por debajo de los índices anteriores a la cuarentena.
El discurso oficial entraba entonces en crisis por la positiva: una mejora –leve o parcial- pero asociada a la flexibilización del aislamiento. Ahora, es probable que el discurso oficial entre nuevamente en crisis, aunque por la negativa: otra caída, atada al endurecimiento de las restricciones en el principal conjunto urbano del país, vital en términos de producción y consumo.
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