El vínculo de los intelectuales con la política moderna tiene como uno de sus principales antecedentes a la obra El Príncipe, del florentino Nicolás Maquiavelo, un auténtico texto de teoría política sobre cómo conquistar un Estado -y mantenerlo- en tiempos de renacentismo. Formaba parte de una antigua tradición medieval, también llamada como “espejo de príncipe”, que consistía en un ensayo de instrucciones, enseñanzas y claves interpretativas sobre el ejercicio del poder.

Aunque hay enormes distancias con aquel subgénero literario, en el bar “La Rabia” del barrio porteño Palermo, se presentó el libro Hablemos de ideas (Siglo XXI). Dirigido explícitamente al presidente Alberto Fernández -quien escribió el prólogo- el texto es un compendio de artículos en el que “una nueva generación piensa cómo gobernar una Argentina que cambió”. El sociólogo Nahuel Sosa es uno de los compiladores junto el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero y la licenciada en comunicación Cecilia Gómez Miranda. Todos integran “Agenda Argentina”, una organización madre que aglutinó a siete grupos de pensamiento e investigación y que se creó a fines del año pasado.

Con sus comisiones, métodos asamblearios y documentos de discusión, la agrupación de intelectuales tiene rasgos comunes a “Carta Abierta”, aquel espacio que defendió durante sus dos mandatos a la ex presidente Cristina Kirchner. Pero estos nuevos “consejeros del Príncipe” están un poco alejados del debate clásico a lo Ricardo Forster u Horacio González. En su mayoría son académicos, comunicadores y activistas que se interesan por el “barro” de la gestión y que ya cumplen obligaciones en el Frente de Todos, como el propio Cafiero, la antropóloga y ministra de Seguridad, Sabina Fréderic o Matías Kulfas, en la cartera de Desarrollo Productivo.

Quisimos colaborar en la unidad del Frente de Todos. Nos situábamos en el campo opositor al gobierno Cambiemos y veíamos que había un proceso de unidad en los movimientos sociales, los sindicatos y la política. Pero en lo académico estaba faltando”, resumió Nahuel Sosa, una de las caras visibles de Agenda Argentina y director del Centro de Formación y Pensamiento Génera.

En una entrevista en los estudios de Infobae, Nahuel Sosa dio definiciones sobre el rol que tendrá este grupo de intelectuales, y su visión sobre el país que se viene: “Pensar en la posgrieta es generar esquemas de valores transversales. Un consenso básico para mí es que los más maltratados, quienes más han sufrido la crisis, tienen que ser los principales privilegiados".

— En un artículo que escribió junto a Santiago Cafiero ambos abordan en qué consiste el espíritu del “acuerdo social” que busca el Gobierno. Allí advierten que, para lograr un acuerdo, hay que "retroceder un paso para luego avanzar dos”. ¿Cuál sería ese “paso atrás”?

—Un acuerdo es la contracara de un desacuerdo. Para poder construir un acuerdo, uno tiene que saber en qué está en desacuerdo. Si la solidaridad es lo que prima, su contracara será el egoísmo. “Dar un paso atrás para dar dos adelante” consiste en que para que el acuerdo sea efectivo y tenga potencia, uno tiene que ceder algo, sino es la imposición de una parte sobre la otra. En un esquema de solidaridad, quien tiene más tiene que ceder más, y quien tiene menos tiene que ceder menos. Es una invitación a que todos y todas pensemos en qué podemos ceder. Me parece importante ver al acuerdo como algo que no solo le habla al todo, sino que también le hable a la parte. El acuerdo no significa ceder mi singularidad; Cambiemos ha tenido como herencia cultural esto de confundir los conceptos de individualidad e individualismo. La individualidad es la forma de autopercibirnos en nuestras identidades, lo que es íntimo y singular nuestro, no tiene por qué perderse en un proyecto colectivo. Al contrario, lo tiene que potenciar. El gran desafío ahora no se trata de construir “La Mayoría Popular”. El desafío es transformar las minorías dispersas en nuevas mayorías diversas, en un mundo donde nos encontramos con una hiperfragmentación de las demandas.

— En Argentina los acuerdos y pactos sociales en general duraron poco o fueron fallidos. ¿Por qué ser optimista ahora, cuando existe un 40% de la sociedad con una visión opuesta al Frente de Todos?

— En las sociedades hipermodernas es efímero eso del “40%”, porque mañana puede ser más o menos. Me interesa pensar lo cualitativo antes que lo cuantitativo. Yo estoy convencido de que hay un sector de la población que en 2011 pudo haber votado a Cristina Kirchner, que en el 2015 votó a Macri, y en 2019 fue a Alberto, y no por eso hay una contradicción. Cambiemos fue el proyecto de una elite muy depredadora que fracasó y dejó al país prácticamente en coma. Por eso el acuerdo social no es solo una necesidad para vivir, sino para sobrevivir. Si no nos podemos poner de acuerdo en que el hambre sea una prioridad, estamos en un problema. Me parece que una de las razones para ser optimista es la idea de la posgrieta. Es como cuando juega la Selección Argentina y querés que gane, porque hay una identidad que va más allá de que seas hincha de River o Boca. Tenemos que plantear una batalla cultural o un nuevo contrato social en el que se puedan compartir valores en común. Gramsci define a la hegemonía como los valores que predominan en una sociedad en un tiempo histórico determinado. Creo que recuperar lo público y la solidaridad histórica de la clase media, por ejemplo, son valores que pueden predominar más allá de lo que cada uno haya votado. Eso exige un esfuerzo mayor del Gobierno y de la oposición. Hay también temas transversales que exceden al campo de la política y que es posible un acuerdo, como tratar la cuestión de los inquilinos o el monotributo como estilo de vida para la mayoría de los “sub 40”.

— Teniendo en cuenta que es un sector que, en estos años, logró mucha presencia en las calles. ¿Cómo debería relacionarse el Frente de Todos con el 40% que no lo votó? En las experiencias pasadas hubo una estrategia de confrontación.

— El Frente de Todos fue un frente electoral y estamos en un proceso de transición donde se puede convertir en un frente político, como el Frente Amplio uruguayo, o en un frente cultural. Además de la diversidad de un espacio con actores como Pino Solanas y Sergio Massa, lo más potente es contar con colectivos feministas, movimientos sociales, centrales de trabajadores o centros culturales. Por eso, lo mejor y lo más inteligente sería armar el todismo y seguir ampliando. El 40% es una foto de una elección. Hay que establecer los vínculos, que haya un gobierno abierto, de cercanías. Es fundamental habilitar instancias institucionales, pero en otros casos pueden ser “no estatizantes” y provenir de la sociedad civil, que sean capaces de construir ese diálogo con el Gobierno. No es lo mismo una política pública pensada por cinco especialistas en una oficina que una que tuvo proceso de participación ciudadana transversal. Alberto va a terminar su mandato cuando se cumplan 40 años de la vuelta de la democracia. La mejor garantía de la democracia es construir instancias de participación popular y potenciar las que existen, como los foros, los puntos de encuentro como plazas e Iglesias, las unidades básicas o la ciberpolítica. Los procesos de participación popular pueden hacer descansar la identidad de cada uno. Me preocupan los discursos de odio y la estigmatización. El mejor antídoto para esos discursos es la justicia social y la participación popular. Cuando Alberto se sacó la foto con Brian Gallo -"el chico de la gorrita"-, está construyendo derechos. Cuando Alberto va a dar exámenes a la UBA, está reivindicando lo público. Son estrategias que se dan desde lo económico y simbólico. De Néstor Kirchner nos acordamos porque también bajó un cuadro. Tenemos que pensar cuáles son los nuevos hitos de ciudadanía.

— En su artículo realiza un repaso sobre las ideas de “sociedad de riesgo” y el impacto de la precarización laboral. ¿Cuáles serían las políticas que den cierta seguridad económica para la población y que permitan superar los cuatro años de mandato?

— Nuevamente, no hay que disociar lo cultural de lo económico. Una de las cosas que más me preocupan es la uberización de la vida y de la economía. Cambiemos prometió emprendedores, y dejó endeudados. Si se cree que el pibe de Rappi o PedidosYa es un emprendedor, y no alguien que están siendo vulnerados sus derechos, probablemente se defina como política de Estado no regular esa actividad. Se ha estigmatizado por ‘choriplaneros’, ‘vagos’ o ‘negros’ a los que se caían del mapa, mientras que en los sectores medios han hecho un discurso sobre el emprendedor exitoso que hace un culto de la precarización de la vida. Ahí hay una disputa cultural que dar. El principal problema en las sociedades modernas era que te despidan de la fábrica, como el trabajador de overol de Charles Chaplin, y hoy probablemente sea una excepción. Lo que termina pasando es que hay solo una porción de la población que puede ingresar al mercado formal, mientras cada vez se va quedando más gente afuera. No se puede naturalizar las sociedades del descarte. Por eso hay que reactivar las pymes, inyectar consumo y volver a pensar en el trabajo registrado como uno de los grandes ejes articuladores de la vida. Hay políticas concretas como el “ingreso ciudadano”, que funcionó en algunos países, o potenciar el cooperativismo de los trabajadores de la economía popular. Se necesitan políticas a largo plazo, donde el Estado tenga como eje a los trabajadores y trabajadoras.

— El paquete de emergencia impulsado por Alberto Fernández está inspirado en una dirección diametralmente opuesta a la del gobierno de Mauricio Macri. Incluso puso en suspenso acuerdos legislativos alcanzados con la oposición en la gestión de Cambiemos, como el “Consenso Fiscal”. Esta suerte de “barajar y dar de nuevo” también sobrevino en 2015 con el fin del mandato de Cristina Kirchner. ¿Qué reflexión hacen desde Agenda Argentina sobre cómo evitar estos movimientos pendulares en la política argentina?

— Un triunfo electoral no es necesariamente un triunfo político, y un triunfo político no se traduce necesariamente en un triunfo cultural. Cambiemos ganó en 2015, tuvo un triunfo político importante y pudo impregnar algunos valores en la sociedad, mientras que otros no, como el “2x1” (a los represores de la dictadura militar). Y eso es porque la democracia y los derechos humanos son grandes victorias de largo plazo que se pudieron mantener desde la vuelta de la democracia. Alfonsín decía que con la democracia “se come, se cura y se educa”. ¿Cuáles son los nuevos “Nunca Más” de la etapa que viene? ¿Qué más se hace con la democracia, hoy? ¿Es una democracia del cuidado, de la participación ciudadana y paritaria? Esto también es una invitación al acuerdo social. Si podemos consensuar cuáles son los Nunca Más, si el hambre es un límite, las políticas públicas o económicas que se hagan se podrán garantizar a largo plazo. Esas son las discusiones clave para darnos. El péndulo puede ser efectivo por un tiempo, pero las verdaderas políticas exitosas son las que se piensan a 20, 30 o 40 años y que sea intergeneracionales, y pueden venir desde el Estado o desde la sociedad civil, como el feminismo con el Ni Una Menos. El antecedente del contrato social fue la Revolución Francesa, con sus ideas de libertad, igualdad y fraternidad. En una ciudadanía plena no se puede disociar la libertad de la igualdad. Y en una sociedad con hambre, hay una democracia de baja intensidad. Tenemos que redefinir qué es “ser ciudadano” y recuperar a los griegos, a Sócrates, que prefería tomar la cicuta antes que dejar de ser ateniense. La ciudadanía era fuerte porque era una condición de existencia para discutir entre pares los asuntos de la polis. En ese sentido, creo que tenemos que ir a un gran debate nacional y conectar las demandas de la sociedad civil con las agendas políticas. Argentina es uno de los países más movilizados de América Latina. Democratizar la democracia y recuperar esta cultura es importante ante el crecimiento de la extrema derecha y la irrupción de golpes de Estado de nuevo tipo en la región.

"Agenda Argentina" está conformado por los grupos Espacio Atahualpa; Grupo Fragata; el Centro de Formación y Pensamiento Génera; Grupo Callao; Usina de Pensamiento Nacional y Popular, Frente Federal Ciencia y Universidad y El Sur no Espera, entre otros. (Crédito: Santiago Saferstein)

— La mayoría de los gobiernos “populistas” o progresistas, como se los prefiera llamar, fueron derrotados en las urnas o bien cayeron tras distintas crisis políticas. ¿Qué aprendizajes es posible sacar de esas experiencias e, incluso, del primer kirchnerismo?

— La primera lección es politizar la distribución de la riqueza. En el Brasil de Lula hubo crecimiento económico y millones que pasaron de la pobreza a la clase media. García Linera decía que, si no se politiza, muchas veces se adopta el sentido común conservador de las élites. Hay una idea de no pensar el ascenso social solo como un esfuerzo individual sino como producto de un esfuerzo colectivo. No es un problema de si un gobierno comunica mejor o peor, ahí hay algo de cómo se construye el adentro y el afuera en un bloque histórico, con nuevas narrativas e imaginarios. En segundo lugar, esta primavera de gobiernos “populares o posneoliberales” que cambiaron el esquema regional y permitieron un ascenso social se encontraron con una renovada Doctrina de Seguridad Nacional. Los golpes de Estado de nuevo tipo que hubo en Honduras, con Manuel Zelaya en 2012; Lugo en Paraguay y su juicio político exprés; el impeachment a Dilma Rousseff o lo de Evo Morales, que fue más burdo, forman parte de una nueva filosofía política bélica. Gene Sharp, un sociólogo estadounidense de la CIA, planteaba que a diferencia del siglo XX, donde los militares hacían a punta de lanza con los golpes, ahora los agentes pueden provenir desde la sociedad civil. Es un sistema de procesos destituyentes que dañan a la democracia y una alerta muy grande en la región. Restituir los ámbitos como el Unasur y el Mercosur permitirían que los propios países puedan dirimir esos conflictos en esos ámbitos, y no depender de la OEA. El “Nunca Más” también tiene que ser para los procesos destituyentes.

Si el gobierno de Alberto Fernández no cumple con las expectativas. ¿Existe el riesgo de caer en la inestabilidad política o la falta de representación que existen en otros países?

— Los fenómenos propios de esta época son el lawfare, la autoproclamación (de presidentes) y las fake news. En el caso de Bolivia hay además una disputa con un clivaje muy racista. Pero haría la pregunta al revés: ¿qué pasaría si tiene éxito el gobierno de Alberto Fernández? No tengo dudas de que el gobierno de Alberto va a mejorar la calidad de vida porque pone en primer plano a los que más han sufrido. Antes que medir en términos de éxito o fracaso, me gusta pensar cuál es el norte y a quienes está beneficiando y a quienes perjudica. Si se sigue con este norte, no hay posibilidad de inestabilidades. Pero también el acuerdo social es una garantía de la gobernabilidad, o los “Nunca Más” a los discursos de odio. Pero en este contexto regional hay que valorar lo ocurrido en el país en octubre, donde el 88% de la gente votó por una de las dos opciones en una de las elecciones más polarizadas desde la vuelta de la democracia.

¿Un nuevo Carta Abierta?

En el prólogo del libro, Alberto Fernández saca pecho por la relación que mantendrá con la generación de intelectuales “albertistas” (o frentetodistas) nucleados en Agenda Argentina y los alienta a la “desobediencia”. Además de los casos mencionados, al equipo de gestión se incorporaron la secretaria de Gestión y Empleo Público, Ana Castellani; el subsecretario de Relaciones con la Sociedad Civil, Abelardo Vitale, Alejandro Grimson (Programa Argentina 2030), Federico Martelli (Jefe de Gabinete de la Secretaría de Energía), Fernando Peirano (Agencia de Promoción Científica y Tecnológica), entre otros.

“Nuestro propósito como dirigentes es darles cada vez mayor protagonismo, abrirles las puertas a nuevas oportunidades y ayudarlos a crecer en responsabilidades. No debemos tenerles miedo a los que se dedican a pensar”, escribe el mandatario presidencial en “Hablemos de Ideas”.

— ¿En qué medida Agenda Argentina se parece a “Carta Abierta” u otros think tanks como la Fundación Pensar, del PRO?

— Carta Abierta ha hecho una experiencia muy positiva que estuvo estigmatizada. Fue un tiempo histórico distinto. Un intelectual en el siglo XXI es quien tiene un saber técnico, profesional o académico, o un pibe precarizado del Conicet, que de alguna manera lo pone al servicio de una sensibilidad social. Creo que está agotado el modelo de intelectual que se sitúa por fuera de los procesos políticos y que con el dedo índice le dice a la política lo que tiene que hacer. Hubo un concepto muy narcisista de que el intelectual era alguien metido en una biblioteca. Hay que recuperar a Antonio Gramsci y su concepto de intelectual orgánico, o a Arturo Jauretche. La crítica nunca es ahistórica, eso no es incomodar. Es mucho más incómodo situarse en un proceso colectivo, de transformación, y poder elegir cuando se dan esas prioridades. Hay que recuperar esa teoría y práctica, donde se mezcle la investigación académica con la gestión pública y los territorios.

(Crédito: Santiago Saferstein)
(Crédito: Santiago Saferstein)

— Alberto Fernández resalta en su introducción la importancia del pensamiento crítico. Muchos de los articulistas de “Agenda Argentina” fueron designados en el Gabinete. ¿Cómo se ejercita ese pensamiento en una estructura donde predominan las relaciones jerárquicas y se tienen que implementar decisiones sobre las que, potencialmente, no se estaría de acuerdo?

— Alberto Fernández nos dijo en un asado que había que defender al desobediente. La frase con el tiempo la pudimos entender mejor. En la desobediencia puede haber compromiso, es una contradicción que hay que navegarla, hacerse cargo y verla como positiva. El vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, tiene una idea gramsciana (Nota del redactor: se refiere al intelectual comunista Antonio Gramsci) cuando habla de “tensiones creativas”, que ocurren entre quienes ocupan un lugar en el Estado y los movimientos sociales. Nikos Poulantzas hablaba mucho del afuera y adentro del “palacio”. Esa dialéctica tiene que ser positiva. Agenda Argentina va camino a hacer un espacio que puede contener un funcionario que puede estar 20 horas en una oficina, un activista o un investigador del Conicet. Creo que hay que redefinir esa idea de "sociedad virtuosa versus Estado sucio”, no se tiene por qué dejar de tener una mirada crítica sobre el proceso político. El gran desafío es pensar al Gobierno más allá del gobierno, y cómo hacemos que la sociedad civil sea parte. Cuando Alberto dice ‘este es el gobierno de los movimientos sociales’, o pide ‘si me desvío del rumbo y háganmelo saber en las calles’, está dando la pauta de que no se va a cerrar. El punto es cómo se procesa esa contradicción y los conflictos. En el caso de los intelectuales, hay que sacarlos de esa cuestión pomposa alejada de lo terrenal y pensarlos como personas que están produciendo pensamiento, en una historia de la que también son protagonistas y no puramente espectadores.