
Alberto Fernández expuso hasta físicamente que este tipo de actos no sería la parte de la política que más le atrae y tal vez eso contribuyó a realizar una ceremonia rápida y austera para presentar su equipo de gobierno. Pero desde el principio al final, el anuncio de nombres y cargos buscó deliberadamente no ajustarse al organigrama natural de las funciones y privilegió las señales a los distintos actores de la interna. Sólo en un caso, lo ya visible se transformó en contraproducente sobreactuación: fue cuando presentó a Carlos Zannini como procurador del Tesoro: “Nadie me lo impuso”, dijo. La lectura ineludible remitió a Cristina Fernández de Kirchner.
El nuevo presidente arrancó la presentación con un breve discurso que además de destacar su “alegría” por la integración del gabinete y el trato o la relación personal con cada funcionario que viene –algo que repitió y amplificó según el caso nombre por nombre-, destacó que toda la estructura expresa la “unidad” de los distintos sectores que integran el Frente de Todos. Exposición apuntada a mostrar equilibrio y también a bajarle el tono a las consideraciones sobre la gravitación de la ex Presidente en el nuevo esquema de poder.

No hubo sorpresa con los nombres porque los trascendidos desde las oficinas de Alberto Fernández ya habían acomodado bastante el tablero. Fue una puesta en escena trazada antes en el escritorio que quedó en claro de entrada como mensaje político. Por supuesto, el primero en ser confirmado formalmente fue Santiago Cafiero en la jefatura de Gabinete, su “alter ego”, según enfatizó. Y en el Ministerio del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro –“Wadito”, dijo-, desde hace rato con difundida imagen de moderado y afirmado operador político, de La Cámpora y del presidente electo.
El primer gesto en sentido interno –no por el cargo, sino por su significado en el orden de aparición- se produjo cuando luego de esos dos puestos de mayor peso político y de gestión, envió una señal a Sergio Massa al destacar la designación de Malena Galmarini al frente de la empresa de aguas, Aysa. Fue antes del turno de Obras Públicas (Gabriel Katopodis) y de Cancillería (Felipé Solá). En la misma línea, destacó la designación de Luana Volnovich, figura de La Cámpora, al frente del PAMI. Luego siguió la lista de una decena de ministerios y varias secretarías con ese rango.
También en ese último rubro dio una señal potente de su círculo más próximo. Fue particularmente elogioso –quizás, el más destacado- con Gustavo Béliz: confirmó su lugar como secretario de Asuntos Estratégicos y dijo que “prefería olvidar” la dura y penosa batalla interna que lo despidió del gobierno kirchnerista y lo alejó del país. De inmediato, también destacó a Vilma Ibarra (secretaria Legal y Técnica). Un rato después, a Julio Vitobello (secretario General de la Presidencia). Son cargos de enorme peso para los planes de Alberto Fernández y también gravitantes en el cuidado de la función presidencial.
Hubo además algunas líneas que asomaron menos explícitas pero sugerentes para la lectura doméstica. Por ejemplo, destacó el regreso de Agustín Rossi a Defensa: lo presentó como algo natural por su experiencia y buscó desdibujar el significado del pase al gabinete para dejar la jefatura del bloque de diputados, ahora unificado y en manos de Máximo Kirchner. Otra: expresó elogios como en otros casos a Tristán Bauer, designado en Cultura y ya no con proyección en Medios, según aclaró.
Los interrogantes que quedaron planteados tienen que ver con algunas secretarías de peso y segundas líneas. Dio nombres sólo en dos casos: Cecilia Todesca (vicejefa de Gabinete) y Adriana Puiggrós (vice en Educación). En cambio, no mencionó la secretaría de Medios y un organismo de peso como la Anses, despachos reservados a Francisco Meritello y Alejandro Vanoli, según ratificaban después cerca de Alberto Fernández. En cambio, seguirían abiertos interrogantes sobre nombres y estructura de los servicios de inteligencia, tema delicado que resolvería durante el fin de semana.

En la descripción de su gabinete, antes del posterior y acotado contacto con los periodistas, el nuevo presidente también expuso algunas de las inquietudes que lo tienen tomado. Una, obvia, remite a la deuda y las cuestiones “macroeconómicas”: dijo que desde hace rato viene trabajando el tema con Martín Guzmán y después agregó que también están conversando con el FMI y los bonistas. Del mismo modo, expuso que la reactivación tendrá otra cabeza: Matías Kulfas, de mayor y extensa relación. Será un esquema que demandará equilibrios.
En el rubro económico, también fue significativo el mensaje a la actividad agropecuaria, al hablar de la llegada de Luis Basterra a Agricultura, con rango ministerial. Es un sector que viene dando muestras de preocupación y temores, relacionados con las retenciones, y que Alberto Fernández destacó también por la necesidad de dólares.
No en el mismo nivel, pero sin dudas en el segundo renglón de su énfasis, Alberto Fernández avanzó en el terreno judicial. Lo hizo al destacar el cambio que representaría Marcela Losardo en Justicia. Y apuntó especialmente a los jueces federales y al Consejo de la Magistratura. Un dato significativo, habida cuenta de las declaraciones previas sobre causas por corrupción que involucran a la ex presidente y ex funcionarios.
Por supuesto, la integración del Gabinete y lo que resta en segundas líneas –en algunas áreas sensibles, como Seguridad, por ejemplo- puede ser leído como capítulo sustancial de los espacios del nuevo poder, que ya se expresa en el Congreso, con fuerte sello CFK, y en los alineamientos de gobernadores y otros referentes territoriales, por lo general matizados. Pero lo que empezará a contar en un puñado de días será la gestión concreta, y el funcionamiento de este entramado, en todos los frentes. Es lo que viene.
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