
En las últimas horas, la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal ha logrado que el equipo político del Presidente comience a discutir una cuestión de estrategia electoral que, en alguna medida, refleja el actual estado de cosas en la coalición gobernante. Vidal reclamó a la Casa Rosada que le permitan convocar a elecciones en la provincia de Buenos Aires en una fecha anterior a la elección presidencial, es decir, competir en una boleta en la que no figure Mauricio Macri. En primera instancia, eso fue interpretado en el equipo de este como un intento de abandonar al Presidente ante la situación delicada que enfrenta. Con el correr de los días, la discusión se hizo más compleja.
Los argumentos de Vidal parecen, a primera vista, bastante razonables. El kirchnerismo tiene una carta fuerte en la provincia de Buenos Aires que es Cristina Fernández de Kirchner. Cambiemos, en cambio, tiene una carta débil en el mismo distrito: el presidente Mauricio Macri. Si las elecciones presidenciales y las bonaerenses se realizaran el mismo día, seguramente los votantes privilegien la boleta presidencial frente a la bonaerense, sobre todo porque Cristina no repetirá el error del 2015, cuando colocó un candidato muy vulnerable en la provincia. En esas condiciones, puede ocurrir que en la primera vuelta electoral Cambiemos pierda la provincia de Buenos Aires porque allí Cristina parece más fuerte que el Presidente. Eso dejaría a Macri muy debilitado para un ballotage. Eso no sucedería si las elecciones se desdoblaran: Vidal, la candidata más fuerte de Cambiemos, sería la cabeza de lista en Buenos Aires y Cristina, la más fuerte del kirchnerismo, no estaría en esa contienda.
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La primera reacción en la Casa Rosada ante este planteo fue negativa. En el 2015, la candidatura de Vidal en la provincia de Buenos Aires fue clave para el triunfo de Macri. A Marcos Peña y a Jaime Durán Barba les disgusta la idea de que Macri pelee solo por su reelección, sin la compañía directa, el mismo día, en la misma boleta, de los líderes de los distritos más fuertes del país: la Capital y la provincia. El contraargumento de Vidal se podría expresar con las siguientes palabras: "Es más probable ganar la provincia si las elecciones se anticipan. Cambiemos ganará también la Capital. Eso generará un clima de derrota para el kirchnerismo que empujará la candidatura de Macri a la presidencia. Además, dejará a Cristina sin el apoyo del aparato de intendentes bonaerenses en la provincia".
Finalmente, la decisión recaerá sobre la dupla que desde hace muchos años conforman Marcos Peña y Jaime Durán Barba. Ambos tienen para el Presidente un aura de infalibilidad. Junto a ellos, Macri ganó todas las elecciones en las que se presentó e, inclusive, supo retirarse a tiempo de la carrera presidencial del 2011, cuyo resultado hubiera sido catastrófico. El argumento central de ambos es que Cambiemos hoy es la agrupación política que representa a una mayor cantidad de argentinos y que eso funciona mejor cuando sus líderes más representativos se presentan juntos, el mismo día. En última instancia, todo esto es cuestión de instinto. Hasta ahora no les ha fallado y por eso Macri está donde está.
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Toda esta discusión se apoya en un hecho que nadie discute y que es muy revelador sobre cómo funcionan las cosas en la política argentina: María Eugenia Vidal es una candidata más fuerte que Mauricio Macri. Desde hace tres años y medio, cuando enfrentó y derrotó, por primera vez desde 1983, al peronismo en la provincia de Buenos Aires, Vidal se transformó en la política argentina con mejor imagen del país. Los indicadores de Macri, en cambio, aunque en las últimas semanas han recuperado un poco, siguen siendo muy pobres. En ese contexto, es lógico que Vidal se preocupe por no ser arrastrada hacia abajo por Macri, como este por no ser abandonado por la figura política más popular que, al fin y al cabo, fue su propia creación.
En el entorno de Vidal, algunos se preguntan. "Si necesitan tanto a María Eugenia, porque sin ella no pueden ganar, ¿por qué entonces la candidata presidencial no es ella? Representa a la coalición tanto como Macri, contiene mejor a los disconformes, no tiene por qué explicar los fracasos económicos porque no fueron su culpa, no es resistida por más de la mitad de la población, sería aire fresco para el país, tiene mucho más para mostrar respecto de la lucha contra las mafias y Mauricio podría presentarse como el padre de un cambio histórico para la Argentina, que, encima de eso, tiene la generosidad de no presentarse a la reelección. Ese argumento, además, sería letal para Cristina, que se presenta en todas las elecciones y es incapaz de soltar". Eso se dice cerca de Vidal. Macri, al menos hasta ahora, no admite ningún otro plan que el de seguir en el poder después del 2019.
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Hay, en este sentido, cierto paralelismo entre los liderazgos de Macri y de Cristina. Ambos gozan de más rechazo que aprobación en la sociedad. Ese rechazo ya está bastante sostenido en el tiempo. Los dos lideran coaliciones en las cuales hay candidatos mejores que ellos: Vidal, claramente, es más popular que Macri; Axel Kicillof en muchas encuestas aparece con mejores posibilidades que Cristina de ganarle a Macri un ballotage. Si Macri o Cristina asumieran en diciembre, solo sería porque es más grande la porción de votantes que rechaza al otro. Pero el día de su asunción sería angustiante para la mitad que los rechaza. No pasaría lo mismo si el que asumiera fuera otro.
En cualquier rubro que se mire —pobreza, inflación, déficit fiscal, déficit externo— Macri y Cristina han dejado o dejarán al país peor y mucho más vulnerable de lo que lo recibieron. Ambos tienen serias denuncias de corrupción en su contra. Son los dos símbolos máximos de la grieta, a punto tal que no se dirigen la palabra, algo que no ocurre entre ninguno de los demás candidatos potenciales del partido que fuere. Pero siguen aferrados a su ambición, que se apoya en el respaldo que reciben de los sectores más cristalizados en esta batalla que ha contribuido tanto a que el país esté donde está.
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Esa similitud genera efectos similares. En el entorno de Cristina, hay personas que por lo bajo se resignan a su candidatura, pese a que temen la repetición de todos los vicios que llevaron a una derrota tras otra del kirchnerismo, y a una situación muy problemática para el país. Lo mismo ocurre en la coalición Cambiemos, algunos de cuyos integrantes coquetean con terceras opciones, y están a la espera de lo que haga Roberto Lavagna, el candidato mudo.
En última instancia, las decisiones de Macri y Cristina son un clásico de la historia política. Los líderes no se retiran: si nadie lo corre de su lugar, se aferran al poder mientras pueden. Siempre esperan revancha. En las cercanías de Macri consideran a Vidal, una subordinada con suerte, una creación presidencial que, al final, deberá aceptar las condiciones del Jefe, como siempre ocurrió. De la misma manera, Cristina subestima a esa media docena de candidatos pequeños que orbitan a su alrededor, con la esperanza de que, al final, ella se baje y ellos reciben sus votos en gratitud por haber estado cerquita. Mientras nadie demuestre que ocurre otra cosa, Mauricio y Cristina no se imaginan lejos del centro del ring.
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Todo esto comenzará a tomar forma en unos pocos meses. De seguir las cosas como están —el dólar estable, el riesgo país controlado, la economía reptando—, será una pelea pareja y desangelada entre dos figuras más rechazadas que queridas, dos pobres opciones que la democracia argentina le ofrece hoy a la sociedad, una opción entre Guatemala y Guatepeor. Por ahora, aunque todo esté atado con alambres, pareciera que va a ser así.
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