Benito Mussolini, durante un discurso en la ciudad de Roma
Benito Mussolini, durante un discurso en la ciudad de Roma

Aunque resulte una verdad insoportable, el fascismo es parte de la cultura política argentina desde hace más de un siglo. Sí, desde antes del nacimiento del movimiento político liderado por Benito Mussolini.

La persistencia de las ideas del Duce en la Argentina nunca recibió la atención debida, pese a que muchos sucesos dramáticos ocurridos desde la década de 1910 hasta el presente se relacionan directamente con la supervivencia de los postulados violentos y antidemocráticos que definen al fascismo.

Si se observan con mayor detenimiento esos hechos, sugestivamente, se descubre que algunos movimientos políticos argentinos se anticiparon en una década con sus propuestas y acciones a las que Mussolini pondría luego en práctica cuando irrumpió en la política italiana. Esos mismos grupos serían los que luego contribuirían a que el pensamiento del Duce sobreviviese y se volviera parte de la cultura política local tras la muerte de su creador en Italia, ocurrida el 28 de abril de 1945.

Esto significa que la llegada de las ideas del Duce a la Argentina no hizo otra cosa que organizar a las de las agrupaciones locales que ya se comportaban y pensaban en muchos aspectos como los primeros fascistas italianos. Es probable que esa identidad haya facilitado que luego los admiradores locales de Mussolini incorporasen el resto de sus consignas al llegar al poder con el golpe de Estado de 1930, y que volvieran a insistir en la instalación de un régimen corporativista criollo al dar un nuevo golpe en 1943.

Con la llegada del peronismo, la sociedad mostró su apoyo masivo a una adaptación local del proyecto político fascista. Juan Domingo Perón avanzó en su construcción inspirado en lo que había aprendido a admirar en su paso reciente por Italia. Su éxito electoral durante casi una década probó que la mayoría del pueblo coincidía con esa versión criolla del modelo fascista, aunque implicara rasgos tales como la persecución a los opositores, el control de la prensa disidente, un esquema verticalista de poder regido por un partido único encabezado por un líder infalible y la obsesión por adoctrinar a las multitudes desde la niñez hasta la tumba.

Sin embargo, aún hoy es frecuente el error de suponer que el fascismo argentino se acota al surgimiento y evolución del peronismo. De ese modo se deja fuera de consideración a muchos grupos ajenos al peronismo —e incluso enfrentados a él— cuya actividad fue abiertamente fascista antes y después de los períodos en que gobernó aquella corriente política. Es el caso de movimientos de probada inspiración fascista como la Alianza Libertadora Nacionalista, las falanges de Tacuara u otros grupos paramilitares que repetían las ideas y métodos violentos de los grupos de choque del Duce desde la década de 1960 en adelante.

Los hechos que demostraron más rotundamente la persistencia de una cultura fascista fueron los ataques terroristas contra la embajada de Israel en 1992 y contra la Asociación Mutual Israelita Argentina-AMIA dos años después, que dejaron en conjunto un centenar de muertos y varios centenares de heridos. Los autores de los atentados contaron necesariamente con la ayuda de cómplices argentinos que comulgaban con sus principios políticos; además, se develaba una mayoría que toleraba que funcionarios argentinos interfirieran por años en la investigación judicial hasta hacer imposible tener una certeza sobre los nombres de los responsables.

Los atentados no fueron las únicas manifestaciones del fascismo criollo. Desde hace un siglo se vienen registrando constantes ataques instigados, tolerados o protagonizados por altos dirigentes políticos cuyos discursos están plagados de conceptos que calcan el autoritarismo europeo o que expresan abierta o sutilmente su deseo de imponer un Estado organizado sobre la base del modelo corporativista ideado por Mussolini.

La recurrencia de los mismos discursos habla de una sociedad en la que el fascismo es parte tan integrada del paisaje intelectual que pocas veces se nota su existencia; o, mejor dicho, recién se nota su presencia cuando los efectos de las medidas tomadas al calor de la cultura fascista conducen a reforzar el ambiente de intolerancia.

En muchos países de Occidente, el surgimiento de grupos neofascistas, como los supremacistas blancos en Estados Unidos, el partido Amanecer Dorado en Grecia o el Frente Nacional francés, es tratado como un hecho alarmante frente al cual se busca establecer políticas que pongan freno al accionar de estos grupos. En la Argentina, la respuesta ante un fenómeno similar siempre fue tibia e intermitente. Es así que los estudios sobre el fascismo argentino se enfrentan al tabú de una sociedad que no se considera a sí misma afín a esta ideología aunque, en los hechos, las prácticas y los discursos de esa inspiración puedan ser detectados de manera cotidiana.

Se trata entonces de develar cómo opera el fascismo en nuestra cultura y encontrar pruebas que muestren que la pregunta correcta no es "¿quiénes fueron los fascistas argentinos más notables?"; lo necesario es reformular esa pregunta para averiguar en qué grado está presente el fascismo en la cultura argentina, en cada individuo de su sociedad, y hasta qué punto influyó esa formación autoritaria en el escenario político hasta el presente.

En última instancia, saber el modo en que habita el fascismo en nuestra cultura nos permitirá evadir aquella costumbre tan arraigada y propia del autoritarismo de encontrar culpables para acusarlos públicamente, en lugar de asumir la responsabilidad colectiva por seguir siendo portadores de esas mismas ideas que condenamos.

Este texto forma parte del nuevo libro de Ignacio Montes de Oca, "El fascismo argentino" (Sudamericana).