
Cuando las bolitas de goma (del tamaño de un aro perla, pero azules, opacas) salen disparadas de las armas de los policías o los gendarmes e impactan en la piel humana generan una especie de roncha, o pequeña mordedura o ampolla explotada. Algo así como un lunar sangrante. Provocan dolor y ardor y si dan en un ojo lo pueden arruinar para siempre. Este jueves, los impactos fueron miles. Muchas personas que se juntaron frente al Congreso para protestar y oponerse la reforma previsional volvieron a sus casas con esos agujeritos tatuados a carne viva. Tuvieron "suerte". Otros tantos, al menos 30, pasarán la noche en el calabozo tras ser detenidos y llevados a comisarías de la zona.
Mientras en el Congreso se definía la votación del proyecto impulsado por el Gobierno, en los alrededores empezaron a llegar personas, sueltas o agrupadas o representadas por un partido o una organización social. Pero se encontraron con el palacio legislativo protegido por una fortaleza armada por un millar de agentes de Gendarmería, Prefectura, Policía de Seguridad Aeroportuaria, Policía Federal y de la Ciudad: una demostración de fuerza intimidante y activa, detrás de un vallado azul de dos metros y algo de altura, con camiones hidrantes custodiando como cleptodontes. Sólo hacía falta un chispazo para que todo explotara.
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La tensión comenzó temprano y creció pasado el mediodía de este jueves, cuando los diputados y diputadas entraron al Congreso (algunos con dificultades) y se puso caliente más tarde, cuando se ponía en juego el quórum para sesionar. Sobre las avenidas Rivadavia e Hipólito Yrigoyen y también sobre Callao, varias columnas de militantes y personas sueltas comenzaron a participar de un "ir y venir" hasta el vallado, "apuntalado" con bolsas de arena que les servían a los soldados para subir, asomarse por encima y apuntar al que se cruce: un juego de presión constante, regulado por las piedras que volaban de un lado y los balazos de goma y chorros de agua y gases lacrimógenos y pintura amarilla que salía del otro.
La Policía disparaba a los cuerpos. Y a veces también hacia arriba. Los estruendos eran incesantes y a 200 metros de distancia de las valla llovían las bolitas azules. Las vallas protectoras fueron pintadas con mensajes contundentes: "Reprimís a tu abuelo para poder comer"; o "Maldito sea el soldado que vuelva las armas contra su pueblo", una frase del prócer venezolano Simón Bolívar, entre otras.
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Las escenas recordaban al fatídico diciembre de 2001. Personas mayores ahogadas por el gas antidisturbio, otros en estado de shock. Los más radicalizados armaban barricadas con los tachos de basura (o les prendían fuego) para aproximarse y tirar de ahí los piedrazos. Eran los menos.

Cerca de las 14 se corrió la voz de que finalmente, y en medio de otro escándalo en relación al quórum, la sesión se levantaba. Bajo la cúpula del Congreso y el sol de verano miles de personas explotaron de algarabía. Pareció como cuando se grita un gol de la Selección. Los manifestantes se sintieron victoriosos. "Ganamos la calle, logramos frenar esta locura de la ley con la gente", comentó con los ojos irritados por el gas Nacho Levy, referente de la organización popular La Poderosa, que nació durante la década pasada en la villa Zavaleta.
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Pero la actitud de las fuerzas de seguridad no cambió con el final de la sesión legislativa. Por el contrario, su actitud agresiva creció con las horas. Cada tanto aparecían enjambres de motos con dos policías a bordo, fuertemente armados y con gases y salían por las calles de alrededor del Congreso en busca de manifestantes.

Iban contra cualquiera, no exclusivamente contra los violentos que tiraban piedras o les prendían fuego a los tachos de basura. Así fue que Lorena, una estudiante de Derecho que había llegado a manifestarse sola y con su cámara de fotos recibió dos balazos de goma en sus tobillos. Y el diputado Horacio Pietragalla ligó un escupitajo de gas pimienta en su cara (un rato antes había pasado lo mismo con los legisladores Mayra Mendoza y Matías Rodríguez) cuando intentaba frenar la detención de un indigente. Y un anciano con una vincha y un cartel que decía "con los viejos no", fue alcanzado por un impacto en su pómulo izquierdo, a centímetros de su ojo. Y el fotoperiodista de Pablo Piovano vio cómo su abdomen se transformó en un colador. "Un policía me disparó a medio metro en Rivadavia y Montevideo, yo estaba con mi cámara", contó.
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"No se necesitan tantos gendarmes, chicos, la ministra de Seguridad tiene que parar. No hacer tanta ostentación de la fuerza", dijo después la diputada Elisa Carrió, quien sugirió usar más personal de civil y menos uniforme. Un rato antes había pedido a los diputados que "no atropellaran a las fuerzas del orden". Victoria Donda había llegado al recinto con muletas por un golpe que los gendarmes le dieron en su tobillo izquierdo el miércoles. Pero afuera nadie pareció escuchar la recomendación final de la legisladora chaqueña.
Entre piedrazos y balazos y nube de gases lacrimógenos, pasada la tarde, miles de personas gritaban canciones de cancha para celebrar que, a pesar de la violencia circundante, habían logrado frenar el proyecto. Nilda González, jubilada de 74 años, llegó del barrio La Paternal en subte. Refugiada en el umbral de un edificio casi en Callao y Bartolomé Mitre, miraba con estupor las escenas de persecución de motos y disparos y tachos encendidos. "Yo no vengo tanto por mí, vengo por los jóvenes. Por los trabajadores del futuro, vine por eso", comentó la mujer, mientras por su cara se refregaba medio limón, un remedio casero que ayuda, un poco, a calmar el ardor que provoca el gas antidisturbio.
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Fotos: Nicolás Stulberg
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