El periodista y crítico de cine Gustavo Noriega acaba de publicar Diccionario crítico de los años 70. Todo lo que se dijo y lo que no se dijo de la época más violenta de la Argentina, donde revisa biografías, palabras, hechos de la década más violenta de nuestra historia. Son 100 entradas que analizan crudamente la violencia de guerrilleros y dictadores, que configuraron una etapa demencial, hace no tanto tiempo.
– Gustavo, vos arrancás el libro diciendo que en la década del 70 la Argentina se volvió loca. ¿Por qué lo decís?
– Es impresionante. Yo había leído mucho, pero para este libro empecé a leer sistemáticamente sobre la década del 70, y cuando te sacás las anteojeras ideológicas te das cuenta que pasaron cosas demenciales, la vida pasó a valer mucho menos, pasaron cosas muy siniestras y hubo una violencia descontrolada de todos lados.
– Hiciste 100 desarrollos, personajes desde Norma Arrostito hasta Jorge Rafael Videla, situaciones como el ataque al comando de Sanidad, y algunas palabras en particular. Por ejemplo, "fugas". ¿De qué se trata esa entrada?
– Solo hubo dos fugas desde los campos de concentración de la dictadura. Por un lado, de Mansión Seré, el caso conocido de Claudio Tamburrini que lo contó en su libro, y que después fue película, "Crónica de una fuga". Una fuga casual, que estaban planeando pero pudieron hacerlo porque un tornillo estaba flojo, muy de aventura de terror. Y la otra de Jaime Dri, que se escapa de la frontera, porque lo llevaron a marcar gente que trataba de entrar, y engañó a uno diciéndole que vamos a comprar cigarrillos a Paraguay, y se aflojó la guardia y empezó a correr y se escapó. Fue un sistema tan cerrado y violento, donde a la mayoría la mataban apenas los secuestraban, que las fugas valían la pena contarse.
– Lo que veo en tu libro es que trataste de contar situaciones espantosas que hicieron los dictadores junto con otras que hicieron los guerrilleros. ¿Dirías que buscaste cierto equilibrio, o una síntesis de lo que vivimos?
– Lo que pasó en los últimos años es que cada vez que uno contaba cosas que habían hecho las organizaciones guerrilleras y los militares, te decían que estabas justificando los 30 mil desaparecidos, abonando la teoría de los dos demonios. En los últimos años se impidió que se analizara lo que había hecho la guerrilla, la manera en que colaboró para ese clima de violencia, incluso haciendo cosas muy graves también y dignas de ser contadas. Por eso quise decir basta y quise contar las cosas sin miedo. Las víctimas de la guerrilla hoy no tienen una forma de expresarse no vergonzante. Muchos son militares pero muchos son civiles, pero les cuesta mucho expresar su dolor, el Estado no les da amparo y creo que es algo que debería corregirse.
– Por cierto es una situación estructuralmente injusta. Uno de los casos que vos contás acá, y que yo desconocía totalmente, es el caso de Liliana Novacovsky.
– Es una historia increíble. Había una organización llamada Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), no de las más conocidas, que secuestran una chica de Barrio Norte, que vivía sola y que estaba metida en drogas. Cuando la FAL la secuestran y piden un rescate, el padre cree que es un truco de la hija para sacarle plata. Entonces, decide no pagar el rescate. La FAL tiene que resolver qué hacer, y hacen una asamblea con todos los miembros activos, una veintena, y en una votación deciden matarla. Se hace una discusión y la terminan matando de cuatro tiros y dejan el cadáver a un costado de un camino. Y recién en el 2010 se conoce exactamente lo que pasó. Tanto el padre por moralismo como la guerrilla que buscaba dinero la terminan matando.
– También hacés una entrada "Treinta mil". ¿Cuál es tu posición al respecto?
– Lo que yo digo es que treinta mil es un número que dieron los organismos de derechos humanos. En el conteo se llegó a 10 mil, tal vez sea un poco más de 10 mil. En el libro le doy la palabra a Graciela Fernández Meijide, que explica el origen de cómo se llegó a esa cifra. Pero es un tema que tienen que investigar los historiadores, no se puede poner por decreto o por una cuestión ideológica. Se trata de la más grande acción represiva en toda la historia argentina, por supuesto. También cuento acerca de un libro llamado Poder y concentración de Pilar Calveiro, que hace un análisis muy metódico y analítico. En el 2004, habla muy libremente y explica lo que dicen los derechos humanos y que probablemente sean menos. Se trata de una colección dirigida por Horacio González. La pérdida de libertad que hubo durante los 12 años de kirchnerismo fue tremenda, si no decís 30 mil sos un negacionista.
– No puedo dejar de preguntarte por el caso Rodolfo Walsh, uno de las grandes escritores y periodistas argentinos. También fue guerrillero. ¿Qué contás sobre el?
– Lo que digo es que en los últimos años a Walsh se lo sindicó como una especie de paradigma del periodismo y de las libertades democráticas. Y creo que él no hubiera estado de acuerdo con esa caracterización. Walsh fue un periodista militante, que estuvo siempre de un lado ideológico, como lo demostró ya en Cuba con Prensa Latina y la posición que tuvo en el juicio a Heberto Padilla.
– ¿Qué posición tuvo en ese juicio?
– Estuvo a favor de que el régimen cubano doblegara a un escritor y lo obligara, probablemente con torturas y con cárcel seguro, a abjurar de sus opiniones críticas sobre el régimen. Eso hizo Rodolfo Walsh, está documentado. Después, se hizo una sordina importante a su participación en hechos de sangre como oficial de inteligencia de Montoneros. No estoy haciendo un juicio de valor, tiene que saber que fue un militante montonero que buscaba la revolución. El no creía en la libertad de prensa. ¿Te duele?
– Sí, me duele, pero es cierto. Otro caso que también me duele es el de Madres de Plaza de Mayo. ¿De qué hablás en esa entrada?
– Sí, aunque no puse el énfasis en lo que fue Madres durante el kirchnerismo. No era el tema. Las Madres tuvieron un tema, reivindicar la inocencia de sus hijos y el ataque a los derechos humanos o defender los ideales de sus hijos, para quienes los derechos humanos eran cuestiones pequeñoburguesas. Robert Cox, quien era director del Buenos Aires Herald, recibía a las madres de desaparecidos, publicaba en el diario, pero nunca dejó de repudiar las acciones de la guerrilla y los sindicaba como terroristas, lo que ponía incómoda a las madres. Para él, no tenía que haber desaparecidos por dignidad humana, pero mantenía sus principios liberales. Ojalá suene el eco de Cox en este libro.
– ¿Qué te quedó Gustavo de esta década que investigaste?
– Durante dos años no leí nada más que de la década del 70. Fue muy doloroso. Hubo noches que me acostaba asqueado de las cosas que habían pasado. Así se me fue generando esa idea de que la Argentina se había vuelto loca, que parecían razonables conductas que son horrorosas. A veces nos olvidamos las cosas que pasaron. El libro apunta a eso, a recordar para mantener la idea de institucionalidad y derechos humanos, que esa Argentina era inviable, que era una locura y no puede volver nunca más.
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