
El reconocido escritor Eduardo González Viaña ha dado a conocer su más reciente obra literaria en el marco de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Lima 2026. Se trata de ‘Manuela Sáenz y la luna de Paita’, una novela histórica editada bajo el sello de la Universidad César Vallejo (UCV). Esta publicación se posicionó rápidamente como una de las principales novedades del evento cultural, atrayendo la mirada de los lectores al proponer una justa reivindicación de una de las heroínas más transgresoras de la independencia latinoamericana.
La presentación del libro fue una de las más concurridas de toda la feria. Este hito de asistencia resulta aún más resaltante si se considera el inusual horario impuesto por la organización. Aunque la casa editora había solicitado un turno estelar, en consonancia con la trayectoria del autor y como dictaba la costumbre en ediciones anteriores, la actividad fue relegada a las 12 del mediodía. A pesar de ser una franja horaria históricamente caracterizada por la escasa afluencia de público, los pasillos se desbordaron de asistentes dispuestos a atestiguar el encuentro literario.
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Sin embargo, el evento no terminó como estaba planeado. Según relató Eduardo González Viaña en una entrevista con Infobae Perú, el programa se alteró cuando los conductores de la feria intentaron detener su intervención, incluso cuando aún faltaban 25 minutos para que terminara el tiempo oficial que se le había asignado.

El intento de silenciar el estrado no fue fortuito; ocurrió en el instante más álgido del discurso. El literato se encontraba disertando sobre la gesta revolucionaria de Simón Bolívar y Manuela Sáenz, trazando un hilo histórico que conectaba directamente aquellos ideales con la lucha originaria de Túpac Amaru, y afirmando ante los presentes que esa revolución aún no ha culminado.
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Pero la respuesta del escritor no fue el silencio. Invocando el carácter indómita de la heroína que da título a su novela, se negó rotundamente a que le apagasen la voz. En un acto de abierta rebeldía, rompió la rigidez del protocolo, saltó del estrado y se fundió con el mar de gente que colmaba el recinto. Allí, de pie entre la multitud y a viva voz, reanudó su discurso con el fervor intacto de sus tiempos universitarios.
—En su obra, ¿dónde traza la línea divisoria entre la fidelidad histórica y la ficción? Me interesaría saber cómo logra equilibrar ambas dimensiones sin que una opaque a la otra.
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—No estoy seguro [ríe], pero siento que me he acercado mucho a la verdad histórica. Lo intenté porque sentía la necesidad de reivindicar a una heroína. Manuela Sáenz es una mujer a la que tanto la sociedad de entonces como la actual han tratado con un injusto desdén. Una figura a la que muchos insisten en llamar en diminutivo, “Manuelita”, reduciendo su inmenso valor a la simple creencia de que su mayor logro fue ser la amante del libertador Simón Bolívar. Pero la realidad es otra: Manuela Sáenz fue una verdadera prócer de la independencia, con méritos extraordinarios forjados mucho antes de siquiera cruzarse con Bolívar.

—¿Manuela conoció a José de San Martín?
—Efectivamente, José de San Martín y Manuela Sáenz se conocieron. De hecho, su encuentro y vínculo político se forjaron en Lima, Perú, mucho antes de que ella cruzara su camino con Bolívar. Sabemos que el “Numancia” era un batallón veterano y temido del ejército realista (español). Manuela trabajó clandestinamente para convencer a los oficiales y soldados de cambiar de bando. Su labor conspirativa y estratégica comenzó mucho antes de que Bolívar apareciera en su vida. Por otro lado, el general San Martín condecoró a más de 100 mujeres como ‘Caballeresas de la Orden del Sol’, siendo Manuela una de las elegidas. Esto resalta la grandeza y visión de San Martín, quien supo comprender y visibilizar el papel indispensable de estas mujeres.
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—¿Cuánto cambiaría la historia de nuestra libertad si Manuela Sáenz dejara de ser un capítulo menor en la vida del libertador y tomara su lugar como una verdadera arquitecta de la revolución?
—Yo creo que tendría un inmenso valor tanto para el pasado como para el futuro. Para el pasado, porque nos ofrecería una interpretación más justa de la historia sudamericana; por ejemplo, al dimensionar el verdadero papel de la mujer. Y para el futuro, porque el legado que nos dejaron Manuela Sáenz y el propio Bolívar nos sirve para comprender que América no es un conjunto de naciones separadas por fronteras, sino una sola gran patria donde todos somos iguales. Compartimos un pasado glorioso y merecemos estar unidos.
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—Cuando Manuela nació, sus padres no estaban casados. En la rígida, sumamente religiosa sociedad colonial, nacer fuera del matrimonio era una sentencia de marginación. Los historiadores coinciden en que, precisamente, esa exclusión de los salones de la élite y el tener que cargar con el título de “hija ilegítima”, fueron el combustible que forjó su carácter rebelde, irreverente e independiente.
—Desde su nacimiento ha sido condenada a ese papel secundario; para la sociedad de entonces, y a veces también para la de ahora, es una bastarda. Debido a su condición de hija fuera del matrimonio, la pequeña Manuela no fue llevada a vivir con su padre ni con sus medios hermanos legítimos. En su lugar, fue entregada al Convento de las Monjas Conceptas. Allí aprende inglés y francés, y estudia, además, las obras de los enciclopedistas franceses.
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—Ahora me gustaría preguntarle sobre el realismo mágico presente en varios pasajes de su libro. En uno de ellos, usted le otorga voz al animal que acompaña a Manuela en medio del fuego y la sangre; un gesto que, para mí, constituye un acto de gran intimidad literaria.
—En realidad, todo responde a la naturaleza del mundo andino. En este universo, tanto los animales como las montañas tienen voz. Hablan los zorros en la novela de Arguedas, ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’, y también hablan los caballos en muchas de mis historias. No es algo arbitrario; es el sentido de nuestra mitología andina. Eso es exactamente lo que he querido mantener. Y, desde luego, funciona como ese puente donde se intercambian las fronteras entre la ficción de la novela y la verdad de la historia.
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—Y respecto a esa visión continental que usted plantea, al reivindicar a Manuela no como ecuatoriana o peruana, sino como ciudadana de toda Latinoamérica: ¿cree que la literatura histórica tiene hoy el poder de sanar nuestras divisiones fronterizas para devolvernos esa unidad por la que lucharon los libertadores?
—Ciertamente. Para hacer verdadera literatura histórica en América, esta debe ser la expresión de toda la patria latinoamericana. Tiene que ser una literatura que, incluso en el campo de batalla, nos enrostre la estupidez que suponen las guerras entre nuestros países; que nos muestre ese instante en que los soldados de un bando y de otro se miran a los ojos, solo para descubrir que los de enfrente tienen la misma cara de sus hermanos o sus primos. Hemos cometido esa estupidez porque no se entendió el valor de la revolución latinoamericana, una gesta que comenzó casi al mismo tiempo en los dos extremos del continente: Argentina y Venezuela.
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—En la última década, usted ha consolidado su obra dentro de la novela histórica. ¿Cuál es exactamente la metodología o el proceso de trabajo que ha seguido para construir cada uno de estos libros?
—La verdad es que no sé muy bien cuál es mi metodología. Solo puedo decirte que mi verdadera rutina es trabajar desde las cinco de la mañana todos los días. Siempre he tratado de ceñirme fielmente a la historia, pero a veces el relato toma su propio rumbo. Por ejemplo, en el caso de Ramón Castilla, relato cómo inició su relación amorosa con la que luego sería su esposa. Él estaba en Arequipa y vio a una muchacha en misa; se paró detrás de ella y esperó a que el sacerdote invitara a los fieles a darse la paz. En ese momento, la abrazó y la besó. Tiempo después, un sacerdote me hizo una observación: “Eduardo, eso parece histórico, pero en realidad es literario, porque en aquella época la liturgia de la Iglesia no contemplaba ese rito de darse la paz. Yo me atrevería a jurar que esa historia es un invento tuyo”. Y tuve que darle la razón: no solo fue una invención, sino que, en el fondo, estaba volcando allí mi propia experiencia personal.
—Sé que has hecho trabajo de campo para esta novela y que, por ejemplo, viajaste a Paita para conocer el hogar de Manuela Sáenz. Durante esas dos semanas que estuviste allí, ¿qué descubriste en ese lugar que los libros de historia no te habían revelado?
—Pude conocer la casa donde vivió Manuela gracias a la enorme gentileza de Miguel Godos Curay, quien me la mostró. Me conmovió descubrir un espacio tan reducido, de apenas dos cuartos, donde habitaban tres mujeres: Manuela y sus dos fieles compañeras y protectoras. Esa visita me reveló que, durante sus años en Paita, Manuela debió ser simultáneamente la maestra, la doctora y la consejera de toda la comunidad, entregándose a los demás a pesar de vivir en la más absoluta pobreza.
—En la actualidad, ¿en qué mujeres podemos reconocer el espíritu de Manuela Sáenz?
—Yo diría que, desde Micaela Bastidas —la compañera de Túpac Amaru— hasta nuestros días, existen muchísimas. Mencionar solo un par de nombres sería cometer una gran injusticia con todas las demás. Sin embargo, estoy convencido de que nuestras lectoras, al conocer su historia, sentirán que ellas mismas encarnan a Manuela Sáenz.
—Finalmente, se cuenta que Manuela agredió a Bolívar tras encontrar un pendiente ajeno en su habitación. ¿Qué tan cierta es esta anécdota?
—Es absolutamente cierta. De hecho, se conserva una carta escrita por ella detallando el reclamo, e incluso una serie de misivas donde él le pide que lo vuelva a agredir.
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