
Según el Global Risk Report (GRR) 2026, más del 50% de los líderes globales anticipa un escenario turbulento en los próximos dos años, cifra que supera el 57% cuando se mira la próxima década. Apenas 1% espera un entorno estable. En este contexto, los riesgos externos ya influyen directamente en decisiones de inversión, acceso a mercados y competitividad nacional. La confrontación geoeconómica se posiciona como la principal amenaza de corto plazo, reconfigurando comercio, flujos de capital, tecnología y cadenas de suministro. Ciertamente, para una economía abierta como la peruana (altamente dependiente de exportaciones y financiamiento externo), este cambio redefine profundamente las condiciones de crecimiento.
Economía (y minería) bajo presión macroestructural
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La fragmentación del comercio global se traduce claramente en una mayor volatilidad cambiaria, créditos más caros y una demanda internacional menos predecible. El GRR 2026 muestra que los riesgos de recesión global e inflación han escalado con fuerza en un ciclo de corto plazo, principalmente impulsado por altos niveles de endeudamiento y tensiones persistentes en cadenas productivas.
Ahora bien, en mercados emergentes como el Perú, cada shock externo tiende a transmitirse con profunda intensidad a precios internos, consumo y empleo. El impacto es inmediato.
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Frente a este escenario, la minería, que representa cerca del 60% de las exportaciones peruanas, se sitúa en el centro de esta transformación. Para nadie es sorpresa que la competencia geopolítica eleva la demanda por minerales estratégicos clave para la transición energética y tecnología, lo que favorece al país como proveedor global. Sin embargo, también eleva los riesgos: i) interrupciones logísticas; ii) mayor presión regulatoria internacional; y iii) conflictos sociales más frecuentes (y escalables por la influencia de las redes sociales).
Asimismo, este informe identifica a la desigualdad como uno de los riesgos más interconectados del sistema global. En términos peruanos, esto significa que cualquier “desliz” económico incrementa la probabilidad de paralizaciones mineras, pérdida de exportaciones, menor recaudación fiscal y postergación de inversiones. Esto lo conocemos y lo vivimos en el Perú. Sin embargo, hay otras repercusiones a nivel energético e infraestructural.
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Energía e infraestructura: la competitividad en juego
En el nuevo mapa de riesgos de este documento, se muestra que la infraestructura crítica se convierte en un factor económico central. Por ende, fallas energéticas, eventos extremos y ciberataques dejaron de ser escenarios anecdóticos y/o marginales.
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Cabe destacar que este riesgo se intensifica en un contexto planetario donde la demanda eléctrica global es voraz y crece aceleradamente, principalmente por inteligencia artificial, centros de datos y relocalización industrial (al respecto, recomiendo consultar el trabajo de Pablo José Gámez-Celosísimo, colega que ha venido investigando este y otros temas complementarios con profundidad y rigor).
Por otro lado, a nivel mundial, cerca del 90% de la nueva capacidad energética instalada proviene en la actualidad de renovables y sistemas de almacenamiento, reflejando una transformación estructural del sector. En el caso del Perú, un sistema energético frágil encarece la producción industrial, la minería y la agroexportación, reduciendo de esta manera la competitividad regional. Por ello, fortalecer la red de infraestructura energética deja de ser solo desarrollo; es una condición sine qua non para atraer inversión y sostener crecimiento.
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De clima y sostenibilidad: un shock económico permanente
Aunque en el corto plazo los riesgos ambientales reciben menos atención frente a diversas tensiones geopolíticas, sus impactos ya son económicos. Se calcula que, a nivel global, las pérdidas aseguradas por eventos climáticos extremos superan de forma consistente los USD 100.000 millones al año, con pérdidas reales mucho mayores. Aquí es importante hacer énfasis en que los análisis climáticos que realiza el GGR 2026 se basan en la teoría del cambio climático antropogénico en la cual el CO₂ es el causante directo de las alteraciones en el clima.
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En esta misma línea, cuando se mira a diez años, los riesgos ambientales vuelven a liderar el ranking global. Alrededor del 75% de los expertos describe el futuro ambiental como “turbulento” o “tormentoso”. Para nuestro país, que es altamente vulnerable a los desastres naturales, esto se traduce en una menor producción agrícola, en daños recurrentes a las infraestructuras críticas, en mayor gasto público en emergencias y en una presión constante sobre precios de alimentos. En términos económicos, el GRR 2026 advierte que el cambio climático funciona como un “impuesto silencioso al crecimiento”. El informe subraya además que aproximadamente el 40% de los conflictos internos a nivel global en las últimas décadas han estado vinculados a presiones sobre recursos naturales, mostrando cómo el estrés ambiental se transforma rápidamente en inestabilidad social y política.
Desigualdad, política y un mundo más fragmentado
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La polarización y la desinformación erosionan la confianza institucional y dificultan decisiones de largo plazo, especialmente en países con alta informalidad como el Perú. Es evidente que cada episodio de inestabilidad política encarece el financiamiento, frena proyectos estratégicos y reduce inversión. La desconfianza para el inversionista local y extranjero es fatal. En paralelo, cerca del 68% de los expertos globales anticipa un mundo multipolar y fragmentado, con menor peso del multilateralismo y mayor competencia entre bloques. Es decir, de la guerra fría a un “choque de bloques”.
Para nuestro país, esto representa una doble vía: i) una oportunidad para diversificar mercados y atraer inversión estratégica; o ii) un riesgo de quedar atrapado en tensiones comerciales y shocks externos.
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Podríamos concluir que el desafío de nuestro país no pasará exclusivamente por evitar turbulencias (mismas que ya son macroestructurales); pasará por construir una economía más articulada, diversificada, socialmente estable y con una visión de país y una ruta de Estado, no de gobiernos de turno. En síntesis, en esta nueva era de riesgos globales, la pregunta económica central no es si habrá crisis; la pregunta clave es si el Perú logrará crecer a pesar de ellas o quedará atrapado en ciclos de volatilidad conducentes a un eventual estancamiento.
Tempus omnia revelat (el tiempo lo revela todo).

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