
La costa norte del Perú ofrece una historia ligada al dominio del mar desde tiempos remotos. En esa conexión temprana, las crónicas y el arte precolombino coinciden con una claridad poco habitual. Durante siglos, las comunidades que ocuparon ese territorio desarrollaron formas de desplazamiento sobre el agua que llamaron la atención de distintos observadores, incluidos los cronistas del periodo colonial. Entre esas miradas, la de un escritor nacido en el Cusco, descendiente de linajes distintos y atento a las prácticas de su tiempo, conserva un valor singular.
En Comentarios Reales, el Inca Garcilaso de la Vega describió con detalle la destreza de los pescadores que ingresaban al mar sin balsas de madera. Su relato se centró en los barquillos de enea, construidos con haces firmes cuya forma permitía cortar el agua con precisión. El cronista explicó que un solo navegante controlaba la embarcación desde la parte posterior. Según su testimonio, “sin las balsas, hacen otros barquillos más manuales: son de un haz rollizo de enea, del grueso de un buey; átanlo fuertemente, y del medio adelante lo abusan y lo levantan hacia arriba como proa de barco, para que rompa y corte el agua”. Añadió que el navegante se colocaba “al cabo de la popa” y avanzaba con el impulso de brazos y piernas, mientras el mar ofrecía una calma favorable para internarse varias leguas. Garcilaso señaló además: “los indios de toda la costa del Perú entran a pescar en la mar en los barquillos de enea que dijimos: entran cuatro y cinco y seis leguas la mar adentro y más si es menester”, una práctica que permitía desarrollar actividades de pesca a distancia considerable.
Esa misma acción de dominio marítimo aparece plasmada en un ceramio poco conocido en el Perú, pero resguardado desde hace décadas en el Museo Etnográfico de Berlín. La pieza es identificada como el tablista de Chepén y ofrece una de las representaciones más claras de aquella escena descrita por el cronista.
Una figura que coincide con una crónica del siglo XVII

El ceramio reproduce la postura exacta que Garcilaso consignó en su obra. La figura muestra a un navegante acostado sobre una embarcación estrecha, idéntica al barquillo de enea mencionado en la descripción colonial. La pieza mide 19,3 x 26,8 x 10,6 centímetros y conserva un modelado que sugiere un dominio preciso de la posición corporal, con el cuerpo extendido y el control del desplazamiento desde la parte posterior.
Aunque la institución alemana la catalogó como una obra vinculada al periodo inca, su procedencia se relaciona con la zona donde surgieron culturas como Chavín (1200 a. C.–400 a. C.) y Moche (100 a. C.–700 d. C.), sociedades cuyo vínculo con el mar formó parte esencial de su vida cotidiana. La figura de Chepén establece así un puente entre tradiciones que se desarrollaron en espacios distintos, pero con una relación constante con el océano.
Un recorrido desde el Perú hacia una colección europea

La pieza integró durante un siglo la colección del alemán Wilhelm Gretzer (1847-1926). Este comerciante llegó al Perú en 1872 para trabajar en el rubro textil y reunió numerosas piezas prehispánicas durante su estancia. Tras su regreso a Europa, su colección pasó al Museo Etnográfico de Berlín, creado en 1873 y conocido por albergar objetos de diversas regiones del mundo.
En 1924, fotografías de varias piezas vinculadas a esa colección fueron difundidas en The Art of Gold Peru, libro editado por el etnólogo Walter Lehmann. Entre esas imágenes se encontraba el conjunto al que pertenece el tablista de Chepén, lo que permitió ampliar su visibilidad fuera del territorio peruano.
Hoy, el tablista de Chepén se presenta como un testimonio visual que confirma la destreza marítima de los antiguos habitantes de la costa norte. Su similitud con la descripción del Inca Garcilaso aporta una conexión directa entre la memoria escrita y una representación elaborada siglos antes, preservada lejos del lugar donde surgió.
La evolución de las embarcaciones
Es complejo explicar el verdadero origen de estos medios de transporte. Con los datos recogidos a lo largo de los años sí se puede concluir que tuvieron su propio proceso evolutivo para cubrir las necesidades de las personas.
En el Perú, los primeros fueron fabricados con totora y palos. Su tamaño era pequeño, que no lograba superar los dos metros. Sus nuevas versiones mejoraron la forma no solo para ser usado en pesca, también en otras actividades, como viajes de varios días y ser frente de defensa ante posibles ataques.
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