La música tropical peruana vive días marcados por la incertidumbre. Tras los disparos ocurridos en pleno concierto de Agua Marina en Chorrillos, los temores se extendieron entre artistas y productores.
Giuseppe Horna, vocalista de Armonía 10, reveló que la agrupación se ha visto obligada a reforzar su seguridad, llegando incluso a usar chalecos antibalas durante sus presentaciones. La tragedia reciente, que interrumpió una noche de alegría, volvió a evidenciar la vulnerabilidad de los músicos frente al avance del crimen.
Horna expresó su indignación y tristeza por el clima de inseguridad que, según dijo, afecta no solo a los artistas, sino también a miles de peruanos que intentan salir adelante.
“Estamos cansados de vivir con miedo”

El intérprete de Armonía 10 habló con visible preocupación sobre el clima de violencia que atraviesa el país. “Ya estamos cansados, muy hartos de esta inseguridad”, afirmó con tono firme. Horna recordó que el ataque ocurrido durante el show de Agua Marina, donde se escucharon varios disparos, revivió el temor que se extiende también entre los artistas que recorren el país llevando música.
“El ambiente musical debería ser un espacio de unión, pero lo que pasó fue algo traumático. Ni nos enteramos en el momento, solo después supimos que hubo disparos”, explicó. Su testimonio refleja la sensación de fragilidad con la que viven muchos músicos que, a pesar del riesgo, continúan subiendo al escenario.
El vocalista lamentó que los artistas sean blanco de amenazas, en un contexto en el que los extorsionadores también hostigan a empresarios y trabajadores. “No solo nosotros los artistas, también el joven emprendedor que sale adelante sufre lo mismo. Ya no sabemos qué más puede pasar”, señaló con frustración.
Medidas extremas: chalecos antibalas y vigilancia privada

Ante la creciente inseguridad, Armonía 10 ha tomado medidas que antes habrían parecido impensables para un grupo de música tropical. Según Horna, la empresa que los representa adquirió chalecos antibalas para los integrantes y reforzó la presencia de personal de seguridad en cada presentación.
“Nosotros ya vamos tomando las medidas preventivas para este tipo de conciertos. La empresa cuenta con chalecos antibalas, porque no sabemos qué pueda ocurrir”, aseguró. Sus palabras reflejan la transformación de la vida artística en el Perú, donde la música debe coexistir con protocolos de seguridad más propios de escenarios de riesgo que de festivales populares.
Horna confesó que, en lo personal, también siente miedo cada vez que sube al escenario. “Yo tenía temor, miedo de lo que pudiera pasar. Uno no sabe si va a regresar tranquilo a casa”, admitió. En medio de la conversación, su voz se entrecortó al recordar a Paul Flores, músico fallecido en un reciente acto de violencia que golpeó a la comunidad artística.
La noticia de los disparos en el concierto de Agua Marina, ocurridos el 8 de octubre en el Círculo Militar de Chorrillos, se viralizó rápidamente en redes sociales. Los videos muestran el desconcierto del público al escuchar los estruendos y buscar refugio. Lo que debía ser una noche de celebración se transformó en una escena de pánico.
“Nosotros salimos a cantar, a dar alegría, pero vivimos con la sombra del miedo”

El miedo ya no es ajeno al escenario peruano. Lo que antes eran símbolos de alegría popular, como las fiestas y los conciertos, hoy enfrentan una tensión que se palpa entre los músicos y el público. Las orquestas, acostumbradas a recorrer el país en festivales y celebraciones, deben ahora planificar cada show con protocolos de seguridad más estrictos.
“Cada vez que ocurre algo así, se abren heridas en todos nosotros”, reflexionó Horna. “Estas situaciones no deberían repetirse, pero ya forman parte del día a día de los peruanos”.
Armonía 10, una de las agrupaciones más queridas del país, continúa sus presentaciones, aunque con precauciones que hace unos años habrían parecido exageradas. Su equipo de producción revisa los accesos, coordina con autoridades locales y mantiene comunicación constante con la policía. En algunos conciertos, los músicos usan chalecos discretos debajo del vestuario, una imagen que contrasta con los colores festivos del escenario.
Cada presentación es ahora un acto de valentía frente a la inseguridad que se multiplica. Horna lo resumió con una frase que suena a desahogo colectivo: “Estamos cansados, sí, pero seguimos cantando, porque la música no puede callarse”.
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