En una época donde el poder era exclusivo de los hombres, una mujer tomó las riendas del Virreinato del Perú y gobernó con autoridad. Ana Francisca de Borja y Doria, esposa del virrey Pedro Antonio Fernández de Castro, no fue una figura decorativa en la corte colonial. En 1670, cuando su esposo marchó al sur a sofocar una rebelión, ella se quedó a cargo de Lima y dirigió la administración política y militar del virreinato desde el Palacio de los Virreyes.
Su gobierno no fue simbólico ni limitado. Tomó decisiones clave para la seguridad de la capital, impulsó el culto a figuras religiosas y dejó su nombre registrado en documentos oficiales. Según información recogida por el Ministerio de Cultura del Perú, fue la única virreina que gobernó con plenos poderes en esta parte del Imperio español, convirtiéndose en una excepción en la historia colonial.
Dirigió la defensa de Lima en tiempos de piratería
Mientras el virrey combatía en Arequipa y La Paz, Ana de Borja quedó como única autoridad en la capital del virreinato. Durante su breve gestión, tuvo que enfrentar una de las mayores amenazas de la época: el acecho de corsarios ingleses y holandeses. La costa del Pacífico era escenario frecuente de ataques y saqueos. En ese contexto, la virreina ordenó reforzar las defensas de Lima y mejorar las murallas que protegían la ciudad.

De acuerdo con el historiador Juan José Vega, citado en publicaciones de la Biblioteca Nacional del Perú, la presencia de piratas como John Narborough provocó alarma en el gobierno colonial. La virreina reaccionó de inmediato: dispuso nuevas rondas de vigilancia en el puerto del Callao, reorganizó las milicias y garantizó los recursos para mantener la seguridad urbana.
El Archivo General de Indias conserva documentos en los que se menciona la preocupación de Ana por proteger el virreinato ante posibles invasiones marítimas. En una carta enviada a la Corte, los oficiales reales destacan su “prudencia y diligencia” en asuntos militares. Fue la única mujer que firmó decretos y tomó decisiones estratégicas durante la ausencia de un virrey en funciones.
Impulsora de la santidad criolla
Además de su papel como gobernante, Ana Francisca de Borja tuvo una participación activa en la vida religiosa del virreinato. Apoyó decididamente las causas de canonización de personajes clave como Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres. Según el portal oficial del Ministerio de Cultura, la virreina colaboró con cartas, testimonios y gestiones ante la Santa Sede para lograr el reconocimiento de estos santos peruanos.

Particularmente, tuvo un rol fundamental en la canonización de Rosa de Lima. En 1668, envió informes a Roma con descripciones de milagros atribuidos a la santa, respaldados por clérigos y vecinos de la ciudad. Tres años más tarde, en 1671, el papa Clemente X proclamó oficialmente a Rosa como santa, convirtiéndose en la primera canonizada de América.
La historiadora Scarlett O’Phelan Godoy, en su libro Mujeres y poder en los virreinatos americanos, destaca que Ana fue una figura clave en la construcción del imaginario religioso de la colonia. “Su cercanía con la iglesia, su devoción y su red de influencias fueron determinantes para consolidar los cultos criollos”, señala la investigadora.
Una gobernante invisible para los relatos oficiales
Pese a su importancia, Ana Francisca de Borja y Doria ha sido relegada por los relatos tradicionales de la historia peruana. En los libros escolares y manuales históricos, su nombre apenas aparece. Sin embargo, los archivos coloniales registran claramente su presencia como gobernadora interina y muestran que su paso por el poder no fue decorativo, sino real.

Según el Ministerio de Cultura, fue la única mujer que asumió plenamente el poder político en el virreinato peruano. Otras esposas de virreyes tuvieron influencia social o religiosa, pero ninguna gobernó de manera directa como lo hizo Ana. Su participación fue legalmente reconocida y sus decisiones quedaron registradas en actas del cabildo limeño.
Ana falleció en Lima en 1706, después de pasar casi 40 años en el Perú. Pese a su relevancia, su historia fue invisibilizada durante siglos, hasta que investigaciones contemporáneas comenzaron a rescatar su figura. “No se trató de una simple consorte, sino de una verdadera autoridad política en tiempos de crisis”, concluye el historiador Carlos Espinoza, en una entrevista publicada en 2010.
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