
A finales del siglo XIX, Lima contaba con el canal de Piedra Liza que emergió como un elemento primordial en la historia del abastecimiento de agua. Su origen, situado en el río Rímac, daba lugar a una acequia que proveía agua no solo para las actividades domésticas sino también para el impulso de la economía local. Esta infraestructura hidráulica era esencial para los molinos de trigo, entre los que destacaba el de la Perricholi y los de Otero, así como resultaba clave para el mantenimiento de huertos y jardines dentro de la ciudad, asegurando el riego necesario para su conservación.
Para ese entonces, Lima presentaba un marcado contraste en las prácticas veraniegas de sus habitantes. Mientras la clase media y alta disfrutaba de los lujosos balnearios, la mayoría de los limeños se dirigía al río. Para aquellos que vivían en los callejones y zonas más pobres de la ciudad, ir a la playa era un lujo inalcanzable. El acceso a estos espacios estaba restringido por el costo del viaje en tranvía y del alojamiento, reservado solo para las familias pudientes.
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La modernización de los baños públicos llegó con el segundo gobierno de Augusto B. Leguía, influenciado por los médicos higienistas que veían los baños de río como algo inmoral y sucio. A principios del siglo XX, en respuesta a varias epidemias, Lima empezó a construir sistemas de alcantarillado y tuberías de agua potable. Esta modernización incluyó la creación de piscinas públicas que ofrecían mejores condiciones para el aseo y el esparcimiento de la clase popular.
¿Cómo era ir a la playa en el siglo XIX?
En el siglo XIX, la sociedad limeña estaba profundamente estratificada, y las actividades recreativas, como ir a la playa, reflejaban claramente estas divisiones sociales. Las clases acomodadas disfrutaban de privilegios exclusivos, incluyendo el acceso a zonas costeras para su esparcimiento y descanso. Ir a la playa era entonces un lujo que solo podían costear las familias pudientes de Lima.
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El acceso a estas playas solía realizarse mediante medios de transporte asociados a un estatus social más elevado, como el tranvía y, posteriormente, automóviles privados. Además, estos lugares contaban con hoteles y clubes que ofrecían servicios exclusivos, restringiendo la entrada a miembros de determinados círculos sociales.
En contraste, las clases bajas, que constituían la mayoría de la población y vivían en zonas más pobres y congestionadas de la ciudad, muy raramente tenían la oportunidad de visitar los balnearios. Sus opciones de esparcimiento eran mucho más limitadas y a menudo se vieron relegadas a buscar alivio del calor en ríos cercanos o pozas de agua, lugares mucho menos glamorosos y sin las comodidades que ofrecían los balnearios exclusivos de la época.
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Los baños de Piedra Liza, un lugar preferido por los sectores populares
Durante el siglo XIX en Lima, así como en otras ciudades, las playas y balnearios eran espacios de esparcimiento reservados casi exclusivamente para las clases acomodadas. Ante esta situación, las clases populares encontraron en ríos y pozas las alternativas disponibles para refrescarse y asearse, especialmente durante la temporada de verano. Estos lugares, a pesar de su funcionalidad, carecían muchas veces de privacidad y condiciones higiénicas adecuadas. Eran espacios abiertos donde la desnudez era habitual, lo cual chocaba con las normas morales de la época y llevaba a algunos ciudadanos a demandar a las autoridades que se regularan o se restringieran estos hábitos.

Uno de los espacios de baños más concurridos por el pueblo era Piedra Liza, que resultó ser un lugar clave para el aseo de la población con menos recursos. El agua empozada permitía que las personas pudieran llevar a cabo sus prácticas de higiene personal, aunque estas fuesen vistas por algunos sectores de la ciudadanía como inmorales o indecentes.
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La escasez de servicios básicos públicos como el agua y el alcantarillado, que se implementarían más ampliamente durante el siglo XX, intensificaba la dependencia de los sectores menos favorecidos hacia estas fuentes naturales de agua.
Avances en la infraestructura sanitaria de Lima
En las primeras décadas del siglo XX, las políticas higienistas impulsadas por el presidente peruano Augusto B. Leguía desempeñaron un rol crucial en la modernización de la infraestructura sanitaria de Lima. Tales políticas formaban parte de un esfuerzo gubernamental más amplio que buscaba civilizar el país y elevar las condiciones de vida de la población. Respondiendo particularmente al aumento de epidemias, se hizo evidente la necesidad de implementar medidas que redujeran la propagación de enfermedades y fortalecieran la salud pública.
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En este contexto, la construcción de los primeros sistemas de alcantarillado y la instalación de tuberías de agua potable marcaron un avance significativo en la mejora de los servicios sanitarios de la capital. El segundo gobierno de Leguía emprendió la tarea de proporcionar a la clase popular instalaciones más dignas y salubres para el aseo, en reemplazo del uso de ríos, el cual era visto por los médicos higienistas de la época como algo inmoral, sucio e incluso inhumano.

Como parte de esta iniciativa, se erigieron los primeros establecimientos de baños y piscinas públicas, proporcionando así espacios higiénicos y adecuados para el aseo. Estas nuevas estructuras no solo significaron un cambio en la gestión del aseo personal, sino que también representaron un esfuerzo por mejorar y dignificar las condiciones de vida de las clases trabajadoras en la ciudad. Las acciones modernizadoras de Leguía sentaron las bases para una capital con servicios orientados al bienestar y la salud de sus habitantes.
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Las piscinas municipales de Lima
Dentro de esta visión higienista, se consideró importante proporcionar a la población acceso a instalaciones adecuadas para el aseo y la natación, por lo cual la creación de piscinas públicas se convirtió en uno de los proyectos del gobierno de Leguía.
Como resultado, se construyeron instalaciones como la piscina de la avenida Grau, que fue considerada una de las más modernas de su tiempo, y la piscina Nicanor Leguía en Barrios Altos, nombrada así en honor al padre del presidente. Estas piscinas no solo proporcionaban un servicio público vital para la higiene, sino que también se convirtieron en centros para el fortalecimiento físico y social de las comunidades.
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La creación de piscinas era parte de un intento mayor de transformación urbana que también incluía la implementación de los primeros sistemas de alcantarillado, y la modernización de la infraestructura de agua potable, con la finalidad de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y promover una sociedad más saludable y ordenada.
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