
En el primer capítulo de Chernobyl, la serie producida por HBO, hay una reunión urgente de funcionarios del Estado y trabajadores de la central nuclear, en la que el director, Viktor Bryukhanov y el ingeniero jefe, Nikolai Fomin, van a informar a los demás sobre la situación. Es la madrugada del 26 de abril de 1986.
En medio de ese intercambio nervioso en el que el miedo a las consecuencias (miedo al castigo de los superiores, no a los estragos de la radiación) es palpable, uno de los burócratas, el mayor de todos, cual anciano de la tribu, da unos golpes de bastón en el piso y pide la palabra: "A veces caemos presa del miedo, camaradas, pero la fe en el socialismo soviético siempre tiene recompensa. El Estado nos dice que la situación no es peligrosa, entonces no es peligrosa. Tengan fe. Si la gente hace preguntas, se les dirá que se ocupen de su trabajo y dejen en manos del estado las cosas del Estado". La respuesta que podría haber dado un ministro religioso, una escena que podría ser parte de una novela de Kafka: el Estado todo lo abarca, nada le es ajeno, todas las respuestas provienen de él, se ha divinizado.

El 26 de abril de 1986 una explosión en uno de los reactores de la central nuclear de Chernóbil en Ucrania esparció una nube radioactiva por todo el hemisferio norte de la Tierra, desde Checoslovaquia hasta Japón. Junto con el accidente nuclear de Fukushima I en Japón en el año 2011, está considerado como el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (nivel 7), y es sin duda uno de los desastres medioambientales más atroces de la historia.

La serie (cinco capítulos) comienza en el momento de la explosión y se enfoca en la posterior investigación y gestión de crisis, llevada adelante por el vicepresidente del Consejo de Ministros, Boris Shcherbina y los científicos Valery Legasov y Ulana Khomyuk y el juicio a los funcionarios involucrados, Viktor Bryukhanov, Nikolai Fomin y Anatoly Dyatlov, imputados por abuso de poder y por haber violado las reglas de seguridad.

Es impresionante, y es uno de los atractivos de los primeros capítulos, el contraste entre el saber y la preocupación de Legasov por la magnitud del desastre que tiene ante sus ojos y la brutalidad y la sumisión al Partido por parte de Shcherbina. Hasta que aparece en escena Ulana Khomyuk, Legasov está solo en un mundo de brutos, obsecuentes y mentirosos.
Todos los ingenieros y técnicos están convencidos de que un reactor nuclear no puede explotar. Nadie puede explicarlo, pero pasó. ¿Cómo es posible? ¿Cómo le decimos al Presidente que pasó lo que es imposible que pasara? No podemos permitir que el resto del mundo lo sepa, hay que ocultar información, hay que minimizar los efectos, los riesgos, todo.
¿Cuál es la magnitud del desastre?, pregunta el Presidente Gorbachov. "Mínima, y ya está solucionado, señor". Pero la verdad está ahí. La verdad, como dice Legasov al final, "siempre está ahí, la veamos o no, elijamos verla o no. Le da lo mismo nuestro gobierno, nuestra ideología, nuestra religión". El problema es que son muy pocos los que quieren que se sepa. "Cuando la verdad ofende, mentimos hasta que no recordamos la verdad. Cada mentira que contamos es una deuda con la verdad. Más tarde o más temprano hay que pagarla". La gente se pregunta por qué explota un reactor nuclear: "Por las mentiras", es la respuesta de Legasov.

Entre otras cosas, la serie de HBO es una fábula moral sobre las consecuencias reales, nada metafóricas, a las que puede llevar un Estado que privilegia sus propios intereses y persigue la individualidad, el saber y la verdad hasta abolirlas en nombre de un bien mayor que es el suyo propio.
Hay reacciones negativas en Rusia por la serie de HBO y se sabe que ya están preparando su propia versión televisiva de lo ocurrido en Chernóbil. Más allá de eso, el hecho sucedió, las consecuencias están ahí, presentes desde la ausencia: donde antes había vida ahora no hay nada, y las palabras del profesor Legasov siguen vigentes: "Antes temía el precio de la verdad, ahora sólo pregunto: ¿cuál es el precio de las mentiras?"
Texto: Maurico Koch.
Fotos: Gentileza HBO.
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