Noelistas vs grinchs

por QUENA STRAUSS, periodista

Lo sé. Hay gente que detesta la Navidad y que sólo repara en sus costados más impresentables: el inmundo comercio de juguetes en torno al arbolito, las peleas familiares alrededor de la cena del 24, el odio mal disimulado entre cuñados y la tristeza que genera toda esa decoración navideña abandonada en pleno febrero en el rincón del chino de tu barrio. Todo eso, lo sé, puede ser desolador. Esa parte del ritual navideño más comercial y peleadora, coincido, no es la clase de cosas que una termine extrañando de diciembre.

Pero el Noelismo (así le digo yo) es algo distinto y, si con algo tiene que ver, es con todo eso que ni se vende ni se compra. La clase de cosas que muchos realmente amamos de diciembre y su previa son la reunión con amigos, la preparación de la cena, la casa engalanada, los postres majestuosos, los primos llegados del exterior para volver a estar como cuando éramos chicos…

De todo eso hablo: de todo lo encantador que tienen estos días más allá del calor, los mosquitos, la crisis y los eventuales cortes de luz. Si algo me gusta de ser Noelista es ver cómo –con amor y la consabida invitación a cenar en Nochebuena– más de un grinch (u odiador de la Navidad) termina cambiando de bando y entendiendo que estos son días de encuentros, de brindis y de recuperación de muchas cosas que hemos perdido de vista es la corrida de todos los días.

El año pasado, sin ir más lejos, traje a una amiga anti Navidad a comer con nosotros. Me llamó hace unos días, para ver si repetíamos este año. ¿Te das cuenta? Al grinch se lo convierte a golpes de turrón, villancico y sidra fría, así que si tenés algún pariente o amigo por el estilo, ya sabés cómo domesticarlo.

Papá Noel existe

por LUIS BUERO, periodista

ilustración VERÓNICA PALMIERI

Yo soy Noelista. Un fanático de Papá Noel. De chico arrancaba diciembre y ya me empezaba a ilusionar con lo que sucedería la noche del 24 e imaginaba qué regalos me traería el misterioso bonachón del traje rojo. Armar el arbolito era toda una placentera fiesta. Lo disfrutaba. Lo hacíamos en grande y cuidadosamente en el vestíbulo de mi antigua casa, donde obviamente estaban mis padres, mi abuela y mi tío, quienes ya partieron "de viaje definitivo".

Es más: una Nochebuena me pareció ver a Papá Noel escabullirse luego de dejar los paquetes, probablemente para subir a su carruaje de renos estacionado en el patio. Mi madre, entonces, tal vez para alimentarme esta fantasía que consideraba sana, me sugería que escribiera la cartita de pedidos de juguetes; luego yo le ponía un sobre y la dejaba en el buzón de la esquina de Mario Bravo y Avenida Corrientes. O si no, se la daba en mano al señor vestido de Papá Noel que se sentaba en un gran sillón de una famosa súper tienda de la calle Florida. Los chicos hacíamos fila para darle nuestra ilusión escrita, acompañados por nuestros padres.

Ajeno a la opinión de los psicólogos –a los que esta tradición no les parece saludable–, alimenté la imagen del señor bueno de barba blanca que aparecía cuando nadie lo veía para cumplir nuestros deseos infantiles en mis hijos, que hoy son hombres, y en mis pequeñas nietas. La Nochebuena trae otros problemas, pero a los adultos. Qué comprar y a quiénes, con qué personas te debés encontrar y cómo viajar para volver sin auto.

Pero esto no invalida que Papá Noel exista, maravilloso, omnipotente, indestructible. Mi niño interior lo afirma.