La recuperación de los valores cristianos

El último viaje de un jefe de la Iglesia católica a Argentina correspondió a Juan Pablo II en 1987, mientras el Gobierno nacional declaró feriado el lunes 9 de noviembre por las actividades programadas

El Papa León XIV recorrerá las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Luján entre el 8 y el 11 de noviembre. (EFE/Riccardo Antimiani)
El Papa León XIV recorrerá las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Luján entre el 8 y el 11 de noviembre. (EFE/Riccardo Antimiani)
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Así como con la guerra de Malvinas o el regreso de la democracia, Argentina va a vivir algo que las generaciones más jóvenes nunca vieron: la visita de un Papa. Entre el 8 y el 11 de noviembre, León XIV recorrerá Buenos Aires, Córdoba y Luján. Es la primera visita papal en 39 años, y la segunda en la historia. La última fue la de Juan Pablo II, en 1987. El Gobierno declaró feriado el lunes 9 y se espera una multitud de millones de personas acompañando al Papa. Se trata de una postal difícil de creer hace apenas 5 o 10 años.

Pero no es casualidad. Argentina es parte, y quizás pionera junto a Estados Unidos, de un cambio de época en Occidente. Para entender lo que significa la masividad religiosa que se espera en noviembre, junto con un discurso sin titubeos del presidente Javier Milei a favor de la cultura occidental, hay que recordar de dónde venimos.

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Durante el gobierno de Alberto Fernández, Argentina profundizó una agenda cultural progresista, donde la cultura woke pasó de ser un debate de minorías a ser política de Estado. Se aprobó el aborto en diciembre de 2020, se creó el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y se consolidó todo un andamiaje estatal dedicado a los asuntos de género, sostenido con los impuestos de todos los argentinos.

Mientras tanto, el país real iba para otro lado, con un notable deterioro económico para la población. No debemos olvidar eso. Un Estado que dedicaba sus energías a reeducar a la sociedad no lograba resolver el problema más elemental: que la gente llegara a fin de mes.

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Para quienes estamos a favor de la vida, no creemos que la ley de 2020 fue solamente un error. Creemos que fue el cénit de la agenda social del kirchnerismo. Fue, además, una medida alejada de las clases populares, con una mirada porteña y de espaldas a la participación de la gente. La defensa de la vida la comparten millones de argentinos, y aunque durante años se nos trató como una rareza, hoy podemos volver a poner sobre la mesa estos temas.

Por eso la visita de León XIV importa tanto, porque refleja un ingrediente más, tal vez el más importante, de cómo Argentina está recuperando los valores cristianos. La agenda del Papa muestra una cercanía con la gente que la ley del aborto de 2020 nunca mostró. El Papa visitará el Pequeño Cottolengo Don Orione, en Claypole, una obra dedicada al cuidado de personas con discapacidad; estará con jóvenes en una vigilia; irá a la cárcel de Devoto, entre otras actividades. Es la fe que vuelve a la escena pública, y lo hace por el lado de los más frágiles: los enfermos, los presos, los chicos.

Esa presencia nos recuerda algo que una parte de la dirigencia política quiso olvidar: que Argentina tiene raíces cristianas, y que buena parte de nuestras escuelas, hospitales y obras de asistencia nacieron de esa tradición. No hizo falta un Estado para que eso ocurra. Los cristianos son precedentes al Estado, y la caridad voluntaria fue un esquema clave para que las sociedades sobrevivan. Por ejemplo, con el caso de las redes de autoayuda que funcionaban a la perfección como jubilaciones, mucho antes de la creación de los sistemas de reparto.

El Estado debió ser un acompañamiento de esos valores. Pero no lo fue. Fue más bien un estorbo. Ningún país se sostiene sólo con Estado, leyes y presupuestos. Necesita también una idea de la dignidad de la persona, de la familia y del sacrificio por el otro. Por supuesto que esa recuperación de los valores cristianos no está completa ni es unánime.

Argentina es una sociedad plural y nadie tiene derecho a imponer creencias. Pero hay señales claras de un cambio de época: un Gobierno que cerró el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y reordenó el gasto público con otras prioridades; una sociedad que ya no se avergüenza de hablar de familia, de vida y de fe; y una multitud que en noviembre va a hablar por sí misma.

En esa heterogeneidad, hay provincias que muestran resistencia. Santa Cruz, por ejemplo, mantiene vigente la agenda woke del kirchnerismo. El gobierno provincial tiene una estructura estatal dedicada a los asuntos de género y diversidad, con consejo provincial y capacitación obligatoria, que los santacruceños sostienen con sus impuestos. No se trata de negar derechos ni de perseguir a nadie, sino de decidir prioridades. Una provincia con el potencial energético que tiene necesita un Estado enfocado en el trabajo, la producción y la familia.

Lo mismo pasa con la provincia de Buenos Aires. Cuando Nación erró el Ministerio de la Mujer, la administración de Axel Kicillof mantuvo uno propio, y hoy lo sostiene con un presupuesto 2026 de $21.600 millones que pagan los bonaerenses, en una provincia donde la pobreza, la inseguridad y la falta de infraestructura son reclamos diarios. Otra vez, la discusión no es de derechos sino de valores. Ningún gobierno es neutral. Por eso la pregunta es inevitable: ¿qué valores defienden los Estados provinciales que sostienen la agenda woke mientras el resto del país va por otro camino?

Entonces, noviembre no será solamente acto político, que lo es, porque el Papa también es un Jefe de Estado. Será algo mejor: un reencuentro de los argentinos con una parte de sí mismos. Ojalá sepamos aprovecharlo, no para la revancha ni para dividir, sino para empezar a construir un país que vuelva a poner en el centro la vida, la familia y la dignidad del trabajo.