
La decisión de Brasil de retirar a su embajador en Buenos Aires y rebajar el nivel de las relaciones diplomáticas constituye mucho más que un episodio protocolar. Es una señal política de enorme magnitud que debería preocupar a cualquier argentino, independientemente de su posición ideológica. Cuando dos países vecinos atraviesan una crisis diplomática, quienes terminan pagando el costo no son los gobiernos de turno sino las empresas, los trabajadores, las universidades, los científicos y, en definitiva, toda la sociedad.
Lo más llamativo es que este episodio ocurre exactamente a contramano de la tendencia internacional. Mientras el mundo construye alianzas cada vez más amplias para enfrentar desafíos que ningún país puede resolver por sí solo —la transición demográfica, la competencia tecnológica, el cambio climático, las migraciones, la seguridad energética o los conflictos armados—, Argentina parece recorrer el camino inverso.
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La Unión Europea continúa ampliándose con la incorporación progresiva de los países de los Balcanes Occidentales; la OTAN también ha sumado nuevos miembros en los últimos años; los BRICS continúan expandiendo su influencia incorporando nuevos países; incluso en Asia y África proliferan acuerdos de integración económica y cadenas regionales de valor. En tiempos de incertidumbre global, el reflejo de la mayoría de los países consiste en sumar socios, no perderlos.
Argentina, en cambio, acumula señales de aislamiento. Primero decidió no incorporarse a los BRICS y ahora enfrenta el mayor deterioro diplomático con Brasil desde la recuperación democrática, un vínculo que durante más de cuatro décadas había logrado mantenerse como una verdadera política de Estado, atravesando gobiernos de todos los signos políticos.
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Y justamente Brasil no es un socio cualquiera. Es el principal destino de las exportaciones industriales argentinas, el principal mercado para el sector automotor, un actor determinante para las cadenas regionales de producción y uno de los mayores inversores en el país.
Miles de empresas argentinas dependen, directa o indirectamente, del mercado brasilero. Cualquier deterioro de la confianza política puede traducirse en menor inversión, demoras regulatorias, pérdida de oportunidades comerciales y menor ingreso de divisas.
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Brasil representa cerca de la mitad del Producto Bruto de América Latina y concentra algunos de los desarrollos tecnológicos e industriales más avanzados de la región. También posee un ecosistema científico, universitario y de innovación muy superior al promedio regional y es un actor cada vez más relevante en la economía digital, la biotecnología, la transición energética y la industria aeroespacial.
Brasil funciona como la verdadera locomotora económica y de innovación en Sudamérica. Y cuando viajamos en el mismo tren que la locomotora, podemos crecer con ella. Cuando decidimos desengancharnos, el costo de oportunidad puede ser enorme.
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Y existe, además, una dimensión pocas veces mencionada: la ambiental. Argentina y Brasil comparten algunos de los bienes naturales más estratégicos del planeta.
La Cuenca del Plata —de la que forma parte el río Paraná— constituye uno de los sistemas hídricos más importantes del mundo y abastece de agua, energía, transporte y producción agroindustrial a millones de personas.
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Ambos países comparten el Sistema Acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua dulce subterránea del planeta, cuyo manejo exige cooperación científica e institucional permanente.
A ello se suma el Atlántico Sur, donde existen intereses comunes vinculados a la pesca, la biodiversidad marina, la investigación oceanográfica y la logística portuaria. Incluso la conservación de la Amazonia posee efectos directos sobre Argentina. El bosque amazónico regula enormes flujos de humedad atmosférica —los llamados “ríos voladores”— que influyen sobre el régimen de lluvias del centro y norte argentino. La degradación de ese ecosistema repercute mucho más allá de las fronteras brasileras. Recordemos solamente la confrontación entre Macrón y Bolsonaro por este tema.
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El agua, el clima y los ecosistemas desconocen las disputas diplomáticas. La cooperación ambiental entre ambos países no constituye una opción ideológica, sino una necesidad estratégica.
Las relaciones internacionales no consisten en elegir amigos personales, sino en administrar intereses nacionales permanentes. Los presidentes cambian; los vecinos permanecen. Brasil seguirá siendo el principal país de América del Sur cuando los actuales gobiernos ya no estén.
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Las diferencias políticas son naturales entre gobiernos. Lo verdaderamente excepcional es transformar esas diferencias en un deterioro institucional que termine afectando décadas de confianza construida. Argentina necesita diversificar sus alianzas globales, pero esa estrategia nunca debería implicar debilitar la relación con el país más importante de la región.
Ya no se trata solamente de un embajador menos. Se trata de correr el riesgo de desengancharse de la locomotora económica, tecnológica y ambiental que impulsa a Sudamérica.
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