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La urgencia como síntoma contemporáneo: cuando la espera dejó de tener sentido

Todo parece organizado para reducir al mínimo la distancia entre el deseo y su satisfacción

Un hombre de espaldas con las manos en la cabeza observa relojes de arena y relojes analógicos que se derriten en un paisaje desértico con un cielo degradado.
La espera comienza a experimentarse como una falla del sistema, como un obstáculo que la tecnología todavía no ha logrado eliminar por completo (Imagen ilustrativa Infobae)
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Hubo un tiempo en que esperar formaba parte natural de la vida. Esperábamos una carta durante varios días, el revelado de unas fotografías, la llegada del diario o de una revista semanal, el estreno de una película, el nacimiento de un hijo, una respuesta laboral, la recuperación de una enfermedad o el llamado de alguien importante. Incluso los silencios tenían un lugar. No eran necesariamente una ausencia; formaban parte del tiempo que las cosas necesitaban para suceder. Habitábamos otro tiempo.

Hoy, esa experiencia parece haberse vuelto casi incomprensible. Un mensaje que demora algunos minutos en responderse genera ansiedad. Una página que tarda unos segundos en cargar provoca irritación. Si un video, una publicación o una noticia no captan inmediatamente nuestra atención, pasamos al contenido siguiente y así indefinidamente.

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Todo parece organizado para reducir al mínimo la distancia entre el deseo y su satisfacción.

Podría pensarse que estamos simplemente frente a una extraordinaria revolución tecnológica. Después de todo, nunca habíamos dispuesto de herramientas capaces de ahorrar tanto tiempo. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente. Toda tecnología modifica aquello que hacemos, pero las grandes revoluciones tecnológicas también terminan transformando la manera en que experimentamos el mundo. Y pocas experiencias humanas parecen haber cambiado tanto como nuestra relación con el tiempo.

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Durante siglos, esperar constituyó una forma inevitable de habitar la existencia. Hoy, en cambio, la espera comienza a experimentarse como una falla del sistema, como un obstáculo que la tecnología todavía no ha logrado eliminar por completo. Allí reside una de las transformaciones culturales más profundas de nuestro tiempo.

No estamos asistiendo únicamente a una aceleración del tiempo. Estamos dejando de reconocerle sentido a la espera. La diferencia parece sutil, pero no lo es. Cuando una sociedad deja de otorgarle valor al tiempo de la espera, no sólo modifica su organización cotidiana, sino también la forma en que sus integrantes aprenden a desear, frustrarse, amar, elaborar duelos, pensar y proyectar el futuro.

Toda época educa, moldea y condiciona psicológica y emocionalmente a quienes la habitan. La sociedad industrial educó para la disciplina. La sociedad de consumo reorganizó el deseo alrededor de la adquisición permanente de bienes. La revolución digital parece estar enseñándonos -o imponiéndonos- otra cosa: la inmediatez y la urgencia.

Cuando una cultura educa para la inmediatez comienza, casi sin advertirlo, a transformar la experiencia subjetiva del tiempo. Esta es, probablemente, una de las revoluciones menos visibles y, al mismo tiempo, una de las más profundas que atravesamos. No porque los relojes funcionen de otra manera, sino porque nosotros empezamos a hacerlo. Cuando cambia la manera en que una época vive el tiempo, también comienza a modificarse el tipo de sujeto que esa época produce. Quizá debamos formularnos una pregunta fundamental: ¿estamos simplemente utilizando nuevas tecnologías o asistimos a una transformación mucho más profunda de la subjetividad contemporánea?

Las grandes revoluciones tecnológicas siempre produjeron algo más que nuevos instrumentos: transformaron la manera en que las personas experimentaban el espacio, el tiempo, el trabajo y los vínculos. El ferrocarril modificó la percepción de las distancias; la electricidad alteró la relación entre el día y la noche; Internet reorganizó nuestra forma de acceder al conocimiento. La revolución digital parece producir una transformación todavía más profunda: no solo cambia nuestras herramientas, sino también la estructura de nuestra experiencia cotidiana.

A lo largo de varias de sus obras -especialmente El aroma del tiempo (2009), La sociedad de la transparencia (2012), No-cosas (2021) y Vida contemplativa (2022)-, Byung-Chul Han describe una de las paradojas más significativas de la cultura digital. El extraordinario ahorro de tiempo producido por las nuevas tecnologías no ha generado necesariamente una mayor disponibilidad para la reflexión, la creatividad o el encuentro con los otros. Por el contrario, parece haber favorecido una creciente fragmentación de la experiencia y una dificultad cada vez mayor para demorarnos allí donde el pensamiento necesita tiempo para elaborar sentido.

La aceleración permanente reduce nuestra capacidad de detenernos, contemplar, simbolizar, madurar y elaborar. Cuanto más inmediata se vuelve la disponibilidad del mundo, menos espacio parece quedar para aquello que necesita tiempo para adquirir sentido. Han describe este proceso como una progresiva desaparición de la negatividad. Esta no designa aquí una actitud pesimista, sino aquello que introduce una resistencia frente a nuestros deseos: el límite, el silencio, la incertidumbre, la espera y el misterio. En definitiva, todo aquello que nos recuerda que el mundo no se encuentra completamente disponible para nuestra voluntad.

Carl Honoré, en Elogio de la lentitud (2004), advierte que la verdadera cuestión no consiste en vivir lentamente por principio, sino en recuperar la capacidad de reconocer qué experiencias requieren otro ritmo. La lentitud no es un valor en sí mismo. Es la condición que permite observar, escuchar, aprender, crear y construir vínculos con una profundidad que la prisa suele impedir.

El problema no aparece cuando aceleramos aquello que puede acelerarse, sino cuando comenzamos a medir toda la existencia según las exigencias de eficiencia, rapidez e inmediatez. Precisamente por eso la espera adquiere un valor que suele pasar inadvertido. Esperar supone aceptar que todavía no sabemos, no controlamos ni poseemos; que falta camino para alcanzar aquello que buscamos y que ciertos procesos necesitan un tiempo que no puede comprimirse.

Sin embargo, la lógica tecnológica dominante parece transmitir un aprendizaje muy diferente. La demora comienza entonces a percibirse como una deficiencia antes que como una condición inevitable de la existencia. De manera casi imperceptible, la espera deja de ser un tiempo de elaboración para convertirse en un tiempo perdido.

Toda transformación en la experiencia del tiempo termina produciendo también una transformación del sujeto. En este punto, el filósofo francés Eric Sadin aporta una perspectiva particularmente sugerente. En obras como La silicolonización del mundo (2016) y, especialmente, La era del individuo tirano (2020), sostiene que la revolución digital no sólo modificó nuestras formas de comunicación, sino que comenzó a configurar un nuevo ethos: una nueva manera de habitar el mundo. Se consolida así la figura de un individuo llamado a concebirse como plenamente autónomo, responsable de diseñar permanentemente su propia existencia, optimizar su desempeño y legitimar por sí mismo cada una de sus elecciones.

La promesa resulta profundamente seductora: ya no dependeríamos de instituciones, tradiciones o comunidades para realizar nuestros proyectos; bastarían el talento individual, la capacidad de innovar y el esfuerzo personal para conquistar cualquier objetivo. Sin embargo, esa promesa encierra una paradoja. Mientras el individuo experimenta una inédita sensación de soberanía, su vida cotidiana depende cada vez más de plataformas digitales que organizan su atención, jerarquizan sus vínculos, anticipan sus preferencias y orientan buena parte de sus decisiones. Así se configura un sujeto crecientemente mediado, y condicionado, por la tecnología.

Muchas veces nos sentimos plenamente libres y creemos controlar con tanta autonomía el rumbo de nuestras vidas. Al mismo tiempo, nunca aceptamos con tanta naturalidad que sistemas invisibles organizaran gran parte de nuestra experiencia cotidiana. La promesa de soberanía absoluta termina convirtiéndose, lentamente, en una nueva forma de dependencia.

Y con ella aparece otra paradoja. Mientras la cultura contemporánea instala como ideal la autonomía ilimitada y la autorrealización individual, la clínica comienza a recibir sujetos que describen exactamente la experiencia contraria. Si esta transformación cultural es real, debería dejar alguna huella en la manera en que hoy se expresa el sufrimiento psíquico. Y eso es, precisamente, lo que comienza a observarse.

Las grandes transformaciones culturales suelen anunciarse mucho antes en los consultorios que en las estadísticas. Antes de que los datos confirmen un fenómeno, comienzan a cambiar los motivos de consulta, los síntomas con los que las personas llegan a tratamiento y las preguntas que se hacen sobre sí mismas.

Las estadísticas, cuando llegan, muestran la magnitud del problema. Según los últimos datos difundidos por la Organización Mundial de la Salud (2025), más de mil millones de personas viven con algún trastorno mental, y la ansiedad y la depresión se encuentran entre los más frecuentes. Durante el primer año de la pandemia, la prevalencia mundial de ambos cuadros aumentó alrededor de un 25 %.

Sin reducir fenómenos complejos y multicausales a una única explicación, estos datos también invitan a interrogar las condiciones culturales en las que hoy se expresa el sufrimiento: la urgencia, la hiperexigencia y la dificultad creciente para tolerar procesos que necesitan tiempo.

Vivimos en una cultura que exalta la velocidad, la productividad, el rendimiento y la optimización permanente. Se nos invita a creer que siempre deberíamos estar creciendo, emprendiendo o mejorando una versión anterior de nosotros mismos. La felicidad deja así de presentarse como una posibilidad existencial y se convierte en una meta de rendimiento.

Paradójicamente, cuanto mayor es la exigencia de éxito, más frecuente parece volverse el sentimiento de insuficiencia y la angustia asociada a no alcanzar esos ideales, favoreciendo en algunas personas procesos de malestar y patologización.

La clínica contemporánea recibe cada vez con mayor frecuencia a personas profundamente cansadas de intentar responder a un ideal de realización que nunca termina de alcanzarse.

La depresión, la ansiedad, los ataques de pánico, la sensación de vacío, la pérdida de sentido o la desesperanza aparecen muchas veces menos como cuadros aislados que como distintas maneras de expresar una dificultad común: reconciliarse con los tiempos reales de la existencia.

Este fenómeno resulta especialmente visible en la adolescencia, y quizá no sea casual. La adolescencia siempre constituyó el tiempo de la espera: esperar que el cuerpo cambiara; descubrir quién se quería ser y qué se deseaba estudiar; encontrar un lugar entre los otros; vivir el primer amor; permitir que un proyecto comenzara lentamente a tomar forma. Toda adolescencia implicó aprender a convivir con la incertidumbre.

Hoy ese aprendizaje parece hacerse mucho más difícil. Los adolescentes construyen su identidad en una cultura que promueve el reconocimiento inmediato, la validación permanente y los resultados instantáneos. Sin embargo, los procesos más importantes de la vida continúan necesitando tiempo: crecer, amar, atravesar frustraciones, descubrir una vocación, construir una identidad y consolidar vínculos. Nada de eso puede acelerarse sin empobrecerse. Quizá allí resida una de las tensiones más profundas de nuestra época.

La cultura promete -y muchas veces exige- inmediatez, mientras la condición humana sigue necesitando espera. Es precisamente en este punto donde puede comprenderse uno de los rasgos distintivos del malestar contemporáneo: la urgencia. Más que un simple estado de apuro, parece haberse convertido en un verdadero síntoma de nuestro tiempo: la creciente dificultad para tolerar el intervalo que separa al deseo de su satisfacción.

Freud comprendió tempranamente que el sufrimiento psíquico nunca puede pensarse al margen de la cultura. En El malestar en la cultura (1930) mostró que toda organización social impone ideales, renuncias y exigencias particulares, configurando modos específicos de experimentar el conflicto, la frustración y el deseo.

Décadas más tarde, Lacan permitió pensar la urgencia como la irrupción de algo que, para un sujeto, se vuelve imposible de soportar y de tramitar simbólicamente. Desde esta perspectiva, cada época produce formas singulares de relacionarse con aquello que resulta insoportable, pero los conflictos fundamentales de la condición humana, sin embargo, permanecen: el deseo nace de la falta, la frustración constituye una experiencia inevitable, dependemos del reconocimiento del otro para constituirnos como sujetos y ninguna existencia alcanza una satisfacción completa.

Estas condiciones no pertenecen a una época determinada: constituyen la estructura misma de la experiencia humana. Lo que cada tiempo histórico modifica no es esa estructura, sino la manera en que las personas aprenden a convivir con ella. Cada cultura ofrece recursos simbólicos diferentes para tramitar la espera, elaborar la frustración, aceptar los límites y sostener la incertidumbre. Quizá por eso la revolución tecnológica no esté produciendo un sujeto completamente nuevo, sino modificando progresivamente la tolerancia del sujeto frente a la estructura que lo constituye.

Allí donde antes la espera podía integrarse como parte del deseo, hoy suele vivirse como una falla. Donde la frustración era reconocida como un componente inevitable de la existencia, comienza a experimentarse como un error que debería corregirse de inmediato.

Donde el límite invitaba a una elaboración subjetiva, emerge la expectativa de que siempre exista una solución instantánea. Este parece ser el verdadero cambio de época.

Ninguna innovación tecnológica puede abolir aquello que constituye la condición humana. No existe algoritmo capaz de eliminar la falta, aplicación que permita acelerar un duelo ni inteligencia artificial que acorte el tiempo necesario para construir un vínculo, descubrir una vocación, elaborar una pérdida o encontrar un sentido para la propia existencia.

Existen tiempos que pertenecen a la estructura misma de la vida. Cuando una cultura instala la expectativa de que todo puede resolverse sin demora, el problema no es que esas experiencias desaparezcan, sino que cada vez contamos con menos recursos simbólicos para habitarlas. Por eso el verdadero desafío consiste en impedir que las lógicas de la eficiencia y la urgencia terminen colonizando aquellas dimensiones de la existencia cuyo valor depende, precisamente, de no responder a ellas.

Quizá allí resida una de las causas del malestar contemporáneo. No porque la tecnología constituya una amenaza en sí misma, sino porque la lógica que la vuelve extraordinariamente eficaz comienza a extenderse hacia experiencias que pertenecen a un orden completamente diferente. En ese desplazamiento comienza a confundirse el tiempo de la técnica con el tiempo propio de la condición humana. Ambos obedecen a lógicas profundamente distintas. La técnica persigue eficiencia. La condición humana necesita elaboración.

Esa es, probablemente, una de las tensiones más profundas de nuestro tiempo. La eficiencia puede acelerar innumerables procesos, pero nunca podrá reemplazar el tiempo que exige la elaboración psíquica. A partir de Freud podemos comprender que el tiempo, por sí mismo, no cura ni transforma. Lo que produce una transformación es el trabajo de elaboración que puede realizarse durante ese tiempo. La espera adquiere entonces un valor diferente: deja de ser un intervalo vacío para convertirse en la condición que hace posible esa elaboración.

Elaborar significa integrar una experiencia a la propia historia, dar lugar psíquico a una pérdida, aprender de una frustración, transformar una diferencia en diálogo y convertir un deseo en un proyecto posible. Sin elaboración no existe verdadera maduración subjetiva.

Del mismo modo, una sociedad no madura únicamente porque avance su tecnología. Madura también cuando conserva espacios para elaborar colectivamente sus conflictos, desacuerdos, pérdidas y esperanzas. Por eso toda cultura transmite, consciente o inconscientemente, una determinada educación del tiempo. Más aún, toda sociedad configura un verdadero régimen temporal: una manera compartida de experimentar el pasado, el presente y el futuro; de valorar la espera o la inmediatez; y de definir qué procesos pueden acelerarse y cuáles requieren necesariamente una demora.

Ninguna sociedad vive bajo una única temporalidad. Incluso las culturas más aceleradas conservan ámbitos donde siguen siendo indispensables la paciencia, la elaboración y la maduración. La diferencia no reside en la existencia de uno u otro ritmo, sino en cuál de ellos termina convirtiéndose en el modelo dominante y proyectando su lógica sobre el resto de la vida social.

Durante siglos, la crianza, la educación, el aprendizaje de un oficio, la producción artística, la investigación científica, la búsqueda de una vocación, la práctica democrática e, incluso, las construcciones de vínculos afectivos transmitieron una misma enseñanza: existen bienes cuyo valor depende, precisamente, del tiempo que requieren para alcanzarse. En todos esos ámbitos, la espera nunca fue un obstáculo, sino una parte constitutiva del proceso. La verdadera novedad de nuestra época no consiste en que esos tiempos hayan desaparecido. La crianza continúa necesitando años; una relación de confianza sigue construyéndose lentamente; el conocimiento exige estudio; la elaboración de un duelo no admite atajos; una democracia requiere deliberación; una identidad y una relación necesitan atravesar incertidumbres antes de consolidarse. Lo que parece haber cambiado es otra cosa: las lógicas de la inmediatez y la urgencia comenzaron a colonizar progresivamente esos territorios.

De manera casi imperceptible, empezamos a esperar que la educación produzca resultados inmediatos, que las relaciones maduren sin atravesar conflictos, que el sufrimiento desaparezca rápidamente y que toda demora constituya una ineficiencia que la técnica debería resolver. No se trata simplemente de una diferencia de ritmo, sino de una transformación cultural profunda. Cuando una sociedad modifica su régimen temporal, no cambia únicamente la velocidad con la que realiza determinadas tareas: cambia el sentido mismo de la experiencia humana.

La manera en que una época vive el tiempo termina definiendo también cómo comprende el amor, el trabajo, la educación, la política y la propia condición humana. No necesitamos menos innovación. Necesitamos preservar aquellos espacios donde la inmediatez no pueda reemplazar la elaboración.

Una revolución tecnológica nunca modifica únicamente nuestras herramientas. Termina modificando aquello que creemos posible esperar de la vida. Quizá una de las tareas culturales y educativas más importantes del siglo XXI consista en enseñar para internalizar y recuperar el valor de aquellos tiempos que ninguna innovación podrá acelerar.

En definitiva, el desafío no consiste en desacelerar el mundo -algo tan imposible como indeseable- ni en idealizar un pasado que ya no existe. Consiste en recuperar la libertad de decidir qué dimensiones de la vida pueden beneficiarse de la velocidad y cuáles, por el contrario, solo despliegan plenamente su riqueza cuando les concedemos el tiempo que necesitan.

Las sociedades no se empobrecen únicamente cuando pierden recursos, instituciones o conocimientos. También lo hacen cuando dejan de transmitir que existen experiencias cuya riqueza depende del tiempo que necesitan para madurar. Quizá, entonces, la pregunta más importante ya no sea cuánto tiempo hemos conseguido ahorrar, sino qué estamos haciendo con el tiempo humano que ninguna tecnología podrá reemplazar.