
Vivimos volcados hacia afuera. Las noticias se suceden, las imágenes nos rodean, los mensajes nos alcanzan a toda hora. Nunca fue tan fácil comunicarse y, sin embargo, no siempre resulta sencillo encontrarse. Podemos estar conectados con innumerables personas y cosas y, al mismo tiempo, perder el centro desde el cual miramos, elegimos y vivimos. Ismael Quiles (1906-1993), sacerdote jesuita y filósofo español naturalizado argentino, desarrolló en nuestro país lo esencial de su obra y dejó una huella decisiva en la Universidad del Salvador. Hizo de una pregunta elemental el centro de su pensamiento: ¿desde dónde vive el ser humano?
Una imagen sencilla expresa su respuesta: un punto. Un punto no ocupa espacio y, sin embargo, puede ser origen de innumerables líneas. Algo semejante acontece, para Quiles, en lo íntimo del ser humano. Hay en nosotros un centro desde el cual sentimos, pensamos, queremos, elegimos y nos abrimos al mundo. A esa experiencia fundamental la llamó “in-sistencia”: el estar firmemente en uno mismo, el habitar el propio centro.
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Pero ese regreso hacia sí no conduce al encierro. Cuanto más profundamente el ser humano entra en sí, más descubre que no está solo. Encuentra su cuerpo, su alma, su historia, su fragilidad y sus vínculos; descubre al otro y al mundo. Y advierte también que no se ha dado el ser a sí mismo.
La interioridad no es una muralla. Es un umbral. Por eso el pensamiento de Quiles posee hoy una particular vigencia. Nuestra época multiplica las posibilidades de comunicación y acción, pero también las formas de dispersión. Podemos pasar sin descanso de una imagen a otra, de una noticia a otra, de una urgencia a otra, hasta vivir fuera de nosotros mismos. El problema no es abrirnos al mundo, sino no saber ya desde dónde nos abrimos a él.
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Frente a esa dispersión, Quiles ofrece una respuesta sencilla y radical: recuperar el centro. No para huir de la técnica, de la historia o de las transformaciones de nuestro tiempo, sino para habitarlas sin perdernos en ellas.
Una vida humana necesita apertura, pero también orientación; movimiento, es decir, un punto desde el cual ese movimiento adquiera sentido. En Quiles, además, la filosofía no es solamente una mera construcción intelectual: es fundamentalmente una forma de vida.
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Su fe católica, su condición sacerdotal y jesuita, la práctica de los Ejercicios espirituales de san Ignacio y su permanente cultivo del yoga no fueron compartimentos separados. Formaron parte de una misma búsqueda de profundidad. Con una sólida base escolástica, encontró también en san Agustín y en su trasfondo neoplatónico un camino de interioridad; dialogó críticamente con el existencialismo y, más tarde, el encuentro con Oriente le permitió ahondar aún más esa experiencia sin abandonar nunca su identidad cristiana y jesuita.
No buscó mezclar doctrinas ni borrar diferencias. Buscó algo más difícil: aproximarlas desde una experiencia radical del ser humano. Por eso el punto es también una imagen de convergencia. Oriente y Occidente pueden encontrarse sin dejar de ser distintos. Interioridad y apertura, cuidado de sí y cuidado del mundo, contemplación y acción tampoco tienen por qué excluirse.
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Quizá ésta sea una de las enseñanzas más actuales de Quiles. No necesitamos elegir entre nosotros mismos y el mundo. Necesitamos encontrar el punto desde el cual podamos verdaderamente relacionarnos con él. Volver al centro no significa abandonar la realidad: significa regresar a ella con mayor profundidad y con un compromiso más aquilatado. El punto interior es pequeño como el grano de mostaza.
Desde allí parten las líneas de una vida hacia uno mismo, hacia los otros, hacia el mundo y hacia el misterio que nos sostiene. No es un punto final. Es, una y otra vez, un punto de partida.
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