La escena ocurrió en la pausa de hidratación del segundo tiempo contra Suiza y es, realmente, extraordinaria, en el sentido literal de la palabra, porque pocas veces se pudo ver en la cancha a un entrenador discutiendo con uno de sus jugadores, frente al mundo, sobre táctica. Encima, ni uno ni otro se taparon la boca, con lo cual la transcripción de lo que se dijeron se viralizó en pocas horas. Leandro Paredes, agitado, le explicaba casi a gritos a Lionel Scaloni que se sentía incómodo en su posición porque los delanteros suizos le comían la espalda. El técnico repreguntaba, también a gritos y el 5 argentino insistía con su punto de vista. Los dos gesticulaban, intercambiaban opiniones, hasta que Scaloni aceptó la mirada de Paredes y le dijo:
-Está bien, está bien. Entonces lo ponemos a Ota.
Un rato después Nicolás Otamendi entraba al campo de juego.
Horas después, le preguntaron por el episodio a Scaloni en una de sus conferencias de prensa.
- La interacción existió y me parece normal. Porque el que está dentro de la cancha es el jugador, no es el entrenador. Y el que ve la dificultad dentro de la cancha es el jugador, no el entrenador. Lo que yo puedo decir es desde mi perspectiva y debatirlo. Eso se vio en cámara pero se da siempre, se da en el vestuario también mucho. El parate tiene esas cosas y se utiliza para estas cosas.
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En estos largos años en que convivimos con él como técnico de la Selección, tuve muchas veces la misma sensación. Por un lado, Scaloni, cada vez que habla, dice de manera sencilla cosas que parecen obvias, naturales, criteriosas. ¿Cómo no se le ocurriría a un entrenador consultar el punto de vista de sus jugadores? Es algo de lo más normal. Pero, al mismo tiempo, esas obviedades, esas verdades casi ramplonas, tenían un carácter disruptivo porque estamos muy acostumbrados a que lo obvio, lo criterioso, sea excepcional. Hemos tenido demasiados líderes mesiánicos, convencidos de sus propias verdades, que se las saben todas, que consideran inferior al resto de los humanos y establecen un clima donde el disenso es castigado. Y de repente, aparece este tipo raro que dice, como si tal cosa, que no le molesta que un jugador le discuta frente a todo el mundo.
Y no es solo eso. Quienes intentan entender el jeroglífico del fútbol han destacado que Scaloni se caracteriza por la plasticidad en la manera en que plantea cada partido. Otra vez, parece una obviedad casi tonta. Un técnico arma un equipo de acuerdo a los jugadores con los que cuenta –su talento particular, su condición física- y en función de lo que conoce de su adversario. Tiene sus ideas pero debe acomodarlas a una realidad cambiante y sofisticada, y a los desafíos que le plantean sus adversarios. ¿Quién discutiría algo así? Pero, al mismo tiempo, estamos muy habituados a líderes que tienen una receta única y no la cambian por nada del mundo. No es intención de esta nota provocar a nadie pero hay un ejemplo que cae de maduro: la inflación es siempre y en todo momento un fenómeno monetario. ¿Siempre? ¿En todo momento? ¿No será necesario que ese dogma sea moderado por el contacto con el aire?
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Pero es solo un ejemplo. Claro, un líder plástico, que está atento a la realidad tanto como a sus ideas, es un líder que también se permite escuchar a sus subordinados y a cualquiera que lo critique: es alguien que aprende todo el tiempo, que acepta el error propio como parte de un proceso de aprendizaje, de creación. Un líder mesiánico no: es duro, implacable, inflexible. Son miradas realmente distintas.
La llegada de Scaloni al cargo de técnico de la Selección fue completamente inesperada, como la de otros líderes a otros cargos. Probablemente la responsabilidad y la exposición de quien ocupa ese lugar sólo sea superada por la de Presidente de la Nación. Las recetas tradicionales recomiendan a los recién llegados, especialmente si llegan de sorpresa, a consolidar su liderazgo a los gritos, a las patadas, y devolver crítica por crítica, insulto por insulto. De lo contrario podrían ser percibidos como débiles, y no hay nada peor que la debilidad para quien debe ejercer el poder. Pero Scaloni no hizo eso. “¿Cómo no va a haber críticas si soy el técnico de la Selección?“, se ha preguntado una y otra vez.
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Ni un insulto, ni un reproche, ni un gesto egocéntrico. Tenía problemas más serios que discutir con sus críticos. Y, sin embargo, hoy debe ser el hombre con más autoridad del país. Nunca habla de sí mismo como un genio, no presume de que cambiará para siempre la historia del fútbol, no manda a nadie a vivir a Cuba. Ni siquiera lo hace después de que el mundo del fútbol se rindiera con palabras de admiración para su equipo, cuando logró lo que nadie, cuando nadie le cuestionaría una fanfarronada, un capricho o un gesto destemplado. Tipo raro el tal Scaloni.
Hay otra cosa extrañísima: llora.
¡Scaloni llora!

Pero no es que llora un poco. Llora todo el tiempo. A mares. Parece absurdo, ridículo. Pero es así. Y, por si fuera poco, se ríe de sí mismo porque llora. En una de las primeras conferencias de prensa de este Mundial dijo, entre risas, que los jugadores le decían “la llorona”. Pero no es el único. El miércoles pasado, luego de su golazo contra Inglaterra, Lautaro Martinez lloró ante todo el país, mientras hablaba de su mamá que le tendía la cama. En las redes circulan videos del rudo Otamendi descompuesto en llanto mientras recuerda lo que hacía su mamá por él, o del Dibu Martínez, cuando recibió el Guante de Oro, quebrado, diciendo que su heroína era su mamá, cuando limpiaba edificios de nueve pisos. Todos ellos –Scaloni, Enzo, Messi, Paredes, el Dibu—han contado además que les ha hecho muy bien ir al psicólogo. Un grupo de lloronas conmueve al país como ninguna otra cosa que haya pasado en décadas. Hay que revisar todos los libros, ¿no?
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O sea, el tipo no grita, no insulta a nadie, escucha a sus subordinados, no se apega a ningún esquema cerrado, admite una y otra vez que se puede equivocar como cualquiera, no critica a sus jugadores al menos en público, llora –no para de llorar- y va al psicólogo, porque –la verdad- la omnipotencia suele llevar a los líderes y a las personas por mal camino. Y desde ese lugar, construye liderazgo, poder, convence, articula. Tipo rarísimo.
Hay un documental que, justamente, se llama El método Scaloni. En él, sus jugadores destacan una característica que les llama la atención, por contraste con otros técnicos: su humanidad. De ese trabajo extraje las siguientes declaraciones de jugadores:
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Mac Allister: -“Creo que hay un método Scaloni, que es hacer el manejo del grupo, el ser honesto, el ser cercano, pero a la vez encontrar ese equilibrio para cagarte a pedos cuando te tienen que cagar a pedos. Como técnico es una persona que le gusta mucho la parte táctica”.
De Paul: -“Un director de orquesta, un líder que te permitía hablar, te permitía dialogar. No se cerraba en su idea. O sea, ‘yo creo esto, pim’, ‘yo a este lo conozco’, ah, ¿lo conocés? ¿Y entonces qué? En ese tipo de diálogo yo creo que nos hizo a nosotros mejores jugadores. Él ve seres humanos que juegan al fútbol, ¿no? No ve jugadores profesionales. Sabe qué tecla tocar en cada uno de nosotros, ¿viste? Pues obviamente no somos todos iguales y en ese tipo de vestuario hay personalidades, hay historias. Y él tiene muy aceitada esa virtud de entender los momentos y de saber qué tipo de charla tener con cada uno.
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Messi: -“Él sabe cómo hablarle a cada uno y hablarle de una manera diferente y siempre haciéndolo partícipe y que esté bien el jugador.”
Dybala: -“Entendía muchas veces lo que nosotros sentíamos, las frustraciones que nosotros teníamos.”
Dibu Martínez: -“Es más de la parte humana, nos llega de un lado que no muchos llegan”.

Diego Simeone, su colega, resumió todo en una frase: “Creo que la palabra más que liderar, es guiar. Y cuando los chicos entienden que hay una guía noble se enganchan”.
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Una guía noble. Y después que alguien diga que un futbolista no puede ser profundo.
Entiendo que es subjetivo, y que cada cual tiene su punto de vista, pero a mi me gustó mucho, además, su posición sobre la relación entre la reivindicación de la soberanía en Malvinas y un partido de fútbol. No sólo cuando dijo “es solo un partido”. Sino especialmente cuando lo fundamentó. Porque se le notaba un esfuerzo por sostener su posición sin agredir a nadie, por entender el dolor que rodeaba al episodio y por incorporar una mirada sobre lo que significa la guerra para un país.
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“La realidad es que es solo un partido de fútbol. No puedo mezclar las cosas, sobre todo por respeto a lo que pasó hace tantos años. Fue una época de nuestra historia muy triste. Y nosotros no podemos hacer mucho, esa es la realidad. Y es un partido de fútbol. No hay otra. Mezclarlo sería una locura, en esta época en la que vivimos, en la que están pasando cosas en otros lugares del mundo, y criticamos que haya guerra y yo me voy a poner a decir que es más que un partido de fútbol. Me parece una locura. Que recordamos a esa gente, sin duda. Pero es un partido de fútbol. Que nosotros como argentinos tengamos memoria a esa gente, sobre todo a la gente que ha perdido a sus seres queridos, es lógico. Pero no mezclemos las cosas, por favor. Eso fue una época muy triste, me imagino que para todos y que la recordamos pero estamos equivocados si mezclamos las cosas”.
Y más me gustó todavía cuando dejó que los jugadores exhibieran la bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. Evidentemente, para muchos de su equipo no era solo un partido de fútbol, era mucho más. ¿Qué se hace con esa diferencia? Lo obvio, lo criterioso: con las diferencias se convive. Así de sencillo. Otros líderes hubieran calificado a quienes opinan distinto como “adolescentes mononeuronales”. De hecho, así lo hicieron por el mismo tema esta misma semana.
En fin, sería lindo tener tipos así como líderes de un país. Pero las cosas que nos salen en el fútbol, no siempre nos salen en política. Y no es algo solo de los últimos dos años y medio. Está claro que viene de lejos.
Esta noche, ojalá Scaloni, ese tipo tan raro, tan contracultural, llore una vez más, a mares, con todos nosotros porque somos campeones otra vez. Y si no ocurre, solo hay que escuchar lo que él mismo dice.
“Te lo digo de corazón. Me encantaría salir campeón del mundo, cómo que no. Pero no me va a mover eso. He pasado un montón de cosas en los últimos años como para preocuparme por si gano o no gano, o si somos exitosos por si ganamos. Lo más importante es cómo afrontar las situaciones. Y cómo lo hemos afrontado en el último tiempo me parece una demostración increíble. No me preocupa lo que la gente piense de mí. Ojalá que piense algo bueno. Como el otro día me preguntaron por las críticas. Me encantaría que no hubiera críticas. Pero, siendo entrenador de la Selección, ¿cómo no te van criticar? No me mueve, sinceramente. Me mueve preocuparme de lo mío, que los chicos salgan bien a la cancha. Y que entiendan que siempre hay un mañana. Si salimos campeones del mundo, el lunes hay que seguir otra vez. Y si no salimos, también. Al final es esto. Es la historia que nunca va a acabar. Pensar en hacerlo lo mejor posible. Es eso. Siempre”.
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