
Hay cosas que no se pueden explicar en palabras, el ser argentino es una de ellas. En estos días, mientras nuestra Selección vuelve a llevarnos a una final del mundo, esa identidad aparece con una fuerza difícil de encontrar en cualquier otro momento.
Durante unas horas dejamos de hablar solamente en primera persona y volvemos a decir con un gran orgullo en el pecho “nosotros”.
Decía Aristóteles que el hombre es un ser social por naturaleza, esto significa que necesitamos de otros para vivir y nos realizamos en relación con otros. Con esta premisa innata, todas las personas nacemos en una familia. Buena, mala, chica, grande, unida o desunida, todos nacemos de un padre y una madre que nos dan la vida. De ahí que los lazos más fuertes los tenemos con quienes nos trajeron a este mundo.
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Entendiendo esto, la familia es nuestra primera comunidad, el lugar donde aprendemos a conocernos a nosotros mismos y ser quienes somos.
En esta primera comunidad, entiendo el sentido del amor incondicional, de los vínculos que fortalecen y me forman como persona. (Cuántos problemas y heridas evitaría la argentina con más familias unidas y fuertes.)
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En la familia vivimos la Cultura. Desde que nacemos escuchamos nuestra lengua y con ella empezamos a respirar nuestra identidad. Heredamos una fe que atraviesa el corazón y le da sentido a nuestra vida. Conocemos una historia que hacemos propia, nuestra música, las comidas, las celebraciones patrias y símbolos se vuelven cotidianos y hasta necesarios.
Son costumbres aparentemente sencillas pero que esconden hilos invisibles tejiendo una cultura que está viva, que se transmite de generación a generación y nos da una identidad única. En la familia vivo la Patria. Cuando crecemos y tenemos nuestros hijos transmitimos con el mismo amor y la misma pasión todo eso que nos enseñaron nuestros padres. Y así por generaciones de argentinos, repitiendo un legado cultural único.
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Alguien dijo una vez que la Patria es un llamado de la sangre que nos impulsa a amarla como destino y realidad. Y es que en la Patria se juega toda mi historia pasada y presente, mis antepasados que lucharon por este suelo. Lo heredado se vuelve identidad y la identidad se vuelve pertenencia.
En estos días mundialistas nuestra Selección se definió como una familia. Y a la vista está que tienen razón. Porque en la familia es donde se vive el amor más auténtico. Donde quien ama, ama con desinterés.
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Familia es donde se repiten rituales y se comparte la vida. Por eso duele pensar que cada día nacen menos argentinos, menos que van a vivir esta cultura tan rica y viva. Cada niño que nace trae consigo una historia nueva, pero también la posibilidad de continuar una historia anterior. Sin nuevas generaciones no hay tradición que pueda permanecer, cultura que pueda transmitirse ni Patria que pueda proyectarse.
Nos entusiasma ver cómo el mundo se llena de camisetas argentinas, pero antes debemos seguir argentinizando Argentina, llenándola de nueva vida que siga sosteniendo este maravilloso país.
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Esta Selección representa todo lo que queremos volver a ser como argentinos: el trabajo en equipo, el esfuerzo, la lucha hasta el final, el reconocimiento del más talentoso, la Argentina del sacrificio, la humildad, el respeto, la obediencia a quien guía, un guía que es líder. Terminan los partidos y abrazan a sus familias. Vimos a Julián sostener a su bebé de pocos meses mientras duerme, a Lautaro llorando cuando habla del esfuerzo de su mamá, a sus hijos jugando al fútbol con una botella. Porque al terminar el partido, todos vuelven inmediatamente a lo más simple, al lugar por donde pasa verdaderamente su vida y a las personas por quienes hacen todos sus esfuerzos.
Ahí aparece el orden de las cosas.
Antes que figura, padre. Antes que ídolo, hijo. Antes que campeón, hombre.
Tal vez esa imagen nos conmueva tanto porque nos recuerda qué es lo verdaderamente importante. La gloria deportiva dura un instante. Los aplausos se apagan. Pero el amor, la familia y aquello que entregamos a nuestros hijos permanecen.
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Tal vez no lloramos solamente por un gol.
Lloramos porque volvemos a encontrarnos. Porque durante noventa minutos el abrazo vale más que la discusión, la camiseta pesa más que cualquier diferencia y el orgullo de ser argentinos vuelve a unir generaciones enteras alrededor de una misma mesa.
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No es solamente fútbol. No es solamente un resultado.
Es la experiencia de volver a formar parte de algo más grande que nosotros mismos. Es la confirmación de que, a pesar de todo, todavía existe un “nosotros”.
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La Argentina que soñamos aparece por momentos frente a nuestros ojos. Esa Argentina existe. La pregunta que nos queda por hacer es cómo lograr que permanezca también cuando termine el Mundial.
Nos apena la Argentina de la queja, la mezquindad y el egoísmo, la que vive en el pasado y no se alegra de los logros, la que se une a los odiadores constantes, los que esperan que a Argentina le vaya mal. Los abrazamos y los esperamos con fraternidad, como quien espera a un hijo pródigo.
Pero también está la otra Argentina, la que elige creer, la que se abraza a los valores que la fundaron, la que en cada partido vuelve los ojos al cielo y se encomienda a la Virgen de Luján para seguir caminando en la esperanza.
Argentina es familia: la que perpetúa la vida, encarna la Patria y restaura la cultura. Porque incluso la familia más lastimada, está llamada a ser grande.
Con el corazón.
Todos juntos.
Vamos Argentina, carajo!
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