El orden internacional basado en reglas, heredero de los consensos posteriores a 1945, atraviesa un proceso sostenido de debilitamiento. En la actualidad, las instituciones multilaterales enfrentan cuestionamientos significativos respecto de su capacidad para prevenir crisis, preservar la paz y defender la democracia, en un entorno cada vez más marcado por el realismo político, el transaccionalismo y lógicas de poder menos sujetas a consensos normativos.
Es en este contexto de incertidumbre y fragilidad institucional donde la reciente e histórica visita apostólica del Papa León XIV a España, que tuvo lugar en junio último, emerge como un hito de profunda trascendencia geopolítica y, sobre todo, moral. Al dirigirse a los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados, Su Santidad recordó que la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera: la dignidad inalienable de la persona.
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Este viaje no solo ha fortalecido la proyección internacional de España como un puente histórico de diálogo y encuentro, sino que también ha dejado una lección relevante sobre la importancia de la estabilidad institucional. La Corona española, bajo el liderazgo sereno y riguroso del Rey Felipe VI, actuó no solo como símbolo de la unidad del Estado y de su continuidad democrática frente a las tensiones políticas coyunturales, sino también como garante de los lazos profundos que unen a Europa con el continente americano.
El mensaje del Papa en España resuena con particular relevancia en suelo iberoamericano, donde la democracia y las libertades no son lujos ideológicos, sino activos estratégicos indispensables para generar confianza y desarrollo sostenible. Nuestra región no está limitada por la escasez de recursos, sino por el debilitamiento persistente de sus instituciones, las presiones populistas sobre la institucionalidad democrática y los déficits de liderazgo estratégico y continuidad institucional. Cuando se relativiza el Estado de derecho o se tolera la erosión democrática, el estancamiento se perpetúa.
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En este contexto, América Latina debe observar el ejemplo de solidez institucional de las democracias maduras y articularse como un bloque capaz de ejercer colectivamente el poder de la legitimidad, actuando de manera concertada en lugar de resignarse al aislamiento.
La reciente encíclica del Pontífice, Magnifica Humanitas, complementa con lucidez esta visión al abordar la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Su Santidad advierte que la tecnología no es moralmente neutra y que corresponde preservar la conciencia y la responsabilidad moral frente a algoritmos opacos. Si permitimos que la polarización reduzca la política a códigos informáticos de manipulación masiva y eficiencia instrumental, perderemos el eje humano del progreso.
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En palabras de León XIV ante el Parlamento español, “la afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta”. Un multilateralismo eficaz requiere liderazgos firmes que crean genuinamente en la cooperación, en los derechos fundamentales y en el imperio del derecho por encima de las armas. Por eso, la dignidad humana debe volver a ser la brújula de la política democrática y de la acción internacional.
*El autor es ex presidente de Ecuador
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