Tras más de 100 días de gravitación excluyente, y un tendal de daños reputacionales, políticos y sociales, el presidente Milei decidió finalmente “soltarle la mano” a su cuestionado jefe de gabinete.
Una decisión tardía, pero inevitable, por la centralidad del caso en la agenda política y mediática, su preeminencia en la conversación pública, su efecto paralizador para una gestión que enfrenta serios desafíos en el plano económico, su incidencia en el desgaste de los niveles de aprobación de gobierno y de imagen presidencial, y sus consecuencias negativas en lo que respecta a la relación con los aliados y sectores dialoguistas, entre otros factores.
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Lo cierto es que ante la manifiesta evidencia de la magnitud de los daños infligidos y autoinfligidos por el “Adornigate”, quedó muy claro que el Gobierno optó por demorar una salida a todas luces tan necesaria como inexorable solo por la obstinación y el ensimismamiento de un presidente que aún cree ver en el cuestionamiento de su funcionario una gigantesca y delirante conspiración en su contra.
Durante la última semana ya había indicios de que la situación se tornaba insostenible y que todos los esfuerzos del oficialismo por dar de vuelta la página no habrían de tener efecto alguno mientras el funcionario investigado por enriquecimiento ilícito permaneciera en su cargo.
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Ni las cuestionadas maniobras y tecnicismos que permitieron demorar la casi segura interpelación de Adorni en el Congreso a costa de demorar la discusión de leyes de alto interés para el gobierno, ni el anuncio de un nuevo vocero presidencial con un perfil técnico muy distinto al del jefe de Gabinete, lograron disipar las presiones para la salida de un funcionario que hasta hace apenas unas horas solo era respaldado por el Presidente.
Como era previsible, aún ante la necedad presidencial, no hubo blindaje que alcanzara, ni Mundial que distendiera el ambiente, ni medida o logro económico que insuflara nuevos bríos, ni argucia parlamentaria que permitiera ganar más tiempo. Por el contrario, lo que nunca entendió el Presidente es que la defensa cerrada de Manuel Adorni a lo largo de los más de tres meses y medio de continuas, escandalosas y corrosivas revelaciones, le hizo pagar al Gobierno un costo en continuado, cuyas “facturas” muy probablemente se sigan pagando aún tras la salida del funcionario.
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No es casual que el “desenlace” haya llegado precisamente cuando se conocieran los videos de los dólares en el presunto vestidor del ex intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, quien tuvo que renunciar a la jefatura de gabinete bonaerense tras el escándalo desatado por sus fotos veraneando en un fastuoso yate en el Mediterráneo. Y no precisamente porque las tan explicitas como obscenas imágenes del guardarropas de San Vicente hayan desviado la atención o “tapado” las últimas revelaciones del caso Adorni, sino porque, por el contrario, las potenciaron, al arrastrar definitivamente al proyecto libertario al pantano de la corrupción que ha atravesado transversalmente a la dirigencia tradicional.
La definición luce mucho más sencilla de lo que en realidad es, y los cambios a esta altura apenas son un atisbo de “control de daños” ante una crisis que escaló a niveles que escapan de cualquier intención de control. No solo porque el caso Adorni ya produjo un daño objetivo en los niveles de aprobación de gobierno y de imagen presidencial, sino porque las mismas encuestas dan cuenta de que con el obstinado blindaje presidencial al funcionario, el oficialismo parece haber perdido una de sus banderas identitarias y recursos discursivos más efectivos: el de la cruzada anti-casta.
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Con la corrupción renqueando, detrás de la situación económica, entre las principales preocupaciones ciudadanas, los costos del “Adornigate” parecieran haber esmerilado el posicionamiento diferencial de Milei respecto a los representantes de la vieja y corrupta casta que supuestamente vino a combatir y, más allá del todavía vigente lenguaje presidencial encolerizado y desmesurado, el liderazgo disruptivo que lo llevó a la presidencia se diluye en una gestión ocupada más que nada de los temas económicos y, por lo tanto, bastante similar a las anteriores, tanto a las peronistas como a las no peronistas.
Así las cosas, en un contexto en el que difícilmente el Presidente pueda recrear la imagen de un político distinto, transparente, con convicciones innegociables y alejado de los privilegios de la casta, el oficialismo queda mucho más a merced de lo económico, en un escenario donde pese a los anuncios y la estabilidad macroeconómica, la actividad, la recaudación, los salarios, el consumo, y la inversión no muestran signos visibles de recuperación.
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