
En medio de la tensa calma y la escenificada tregua en la desbocada y fratricida interna oficialista que enfrenta a las huestes del consultor presidencial Santiago Caputo y sus “Fuerzas del Cielo” con la cada vez más empoderada Karina Milei y su guardia pretoriana menemista, y justo cuando el Gobierno parecía haber recuperado algo de aire e iniciativa tras el aún irresuelto escándalo que involucra al jefe de gabinete, una nueva fisura asoma en el ecosistema libertario.
Aunque las internas entre las diversas terminales que animan la vida del oficialismo, plagadas de desconfianza mutua, recelos inocultables y operaciones frecuentes, no sean un hecho novedoso en la dinámica política libertaria, el posicionamiento diferenciador que viene marcando la senadora Patricia Bullrich respecto a algunos temas muy caros al mileísmo adquiere un cariz muy diferente al de las habituales desavenencias y escaramuzas que atraviesan al gobierno.
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Es que no sólo la senadora porteña tiene musculatura política y volumen electoral propio, dilatada experiencia de gestión y expertise para la articulación política en un lugar clave como el Senado, sino fundamentalmente grandes ambiciones políticas que, por cierto, nunca ha ocultado.
Ello explica, en gran medida, el por qué una Karina Milei que en otros casos se ha mostrado implacable ante actitudes de dirigentes que cuestionan la “línea oficial”, calificándolos de traidores o sometiéndolos al destierro o al ostracismo, eligió -al menos por ahora- un método muy diferente para gestionar el vínculo con la ex ministra de seguridad y ex candidata presidencial del PRO.
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Aunque haya trascendido en varias oportunidades la incomodidad de Karina con el protagonismo de Bullrich ante algunos logros parlamentarios -como la reforma laboral- y la irritación ante un método de articulación de mayorías parlamentarias que no rehúye al diálogo con actores desterrados del oficialismo como Villarruel, el presidente y su hermanísima parecen forzados a tolerar los gestos de desmarque y la agenda propia de la senadora.
Si bien Bullrich, desde su salida del gabinete, ya venía mostrando una agenda propia con gestos dirigidos a sus propios votantes potenciales, fue a partir del affaire Adorni cuando comenzó a manifestar públicamente sus diferencias sobre algunos temas clave para el oficialismo, generando una inocultable incomodidad en el círculo rojo del poder presidencial.
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Esta semana la tensión escaló un poco más tras lo sucedido con el pliego para designar como jueza federal de La Plata a María Verónica Michelli: la senadora no solo manifestó públicamente sus diferencias con respecto a la decisión del gobierno de retirar el pliego, presuntamente en razón del parentesco de la abogada propuesta con el periodista Alconada Mon, sino que en medio de una sesión compleja y convulsa, y a cambio de avanzar con más de 70 designaciones en puestos claves del Poder Judicial, concedió a la oposición la posibilidad de votar y aprobar sobre tablas la propuesta de designación de la jueza cuestionada, forzando al presidente a pagar los costos de no firmar el decreto formalizando su nombramiento.
Sin embargo, pese a la resonante derrota legislativa y el desplante público, y un supuesto ofrecimiento de renuncia a la jefatura del bloque libertario en la cámara alta, al día siguiente, los equipos de comunicación de la Casa Rosada difundían una cuidadosamente escenificada coreografía tendiente a mostrar unidad: Karina recibía en su despacho oficial a quien horas antes había desafiado la orden presidencial.
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Lo cierto es que se trata de una convivencia a todas luces forzada e incómoda que, por ahora, se sostiene por la mutua conveniencia de los involucrados.
Del lado de los hermanos Milei, sin desconocer la importancia de Bullrich para conducir el oficialismo en el Congreso de la Nación, parecen ser conscientes de la inconveniencia de una ruptura con una dirigente que tiene poder propio y apoyos en sectores del electorado que el oficialismo necesita para sostenerse en un contexto económicamente muy difícil para la mayoría de los argentinos, y que incluso podría verse favorecida si el presidente la elige para confrontar en un escenario de creciente deterioro de la imagen presidencial y crisis económica.
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Del lado de Bullrich, porque sabe que esos gestos de “independencia”, aunque no exentos de riesgo, le permiten acumular más poder dentro del oficialismo y reafirmar su condición de aliada estratégica (es decir, no fagocitada) del presidente, sin resignar sus ambiciones electorales ni descuidar su posicionamiento como representante de otros sectores no integrados orgánicamente a las filas libertarias, como el PRO.
Así las cosas, ante un escenario electoral que se acelera y que convive con un contexto económico aún incierto que no da muestras de reactivación, y con las encuestas mostrando una caída en el apoyo presidencial que coexiste con la vacancia de alternativas, el presidente sabe que si bien conserva un piso mucho más alto que el de sus potenciales contendientes, no tiene mucho margen para crecer si la economía no arranca y no puede darse el lujo de espantar a una potencial compañera de fórmula.
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