
Hay algo que me llama la atención cada vez que hablo con emprendedores, profesionales o ejecutivos que están evaluando dar un giro en sus carreras: Nunca escuché a tanta gente decir que quiere emprender. Y, al mismo tiempo, nunca vi a tanta gente frenada por el miedo a hacerlo.
Los datos parecen confirmar esa sensación. Según el Global Entrepreneurship Monitor (GEM), más de la mitad de los adultos en América Latina manifiestan intención de iniciar un negocio propio. Emprender dejó de ser una aspiración reservada para unos pocos. Hoy forma parte de las conversaciones de miles de personas que buscan mayor autonomía, construir algo propio o simplemente encontrar una alternativa frente a mercados laborales cada vez más inciertos. Sin embargo, entre la intención y la acción existe una brecha enorme.
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El último informe de GEM muestra que el miedo al fracaso sigue creciendo a nivel global. En 2019, el 44% de las personas que identificaban oportunidades de negocio reconocía que no avanzaba por temor a fracasar. En 2024, ese número llegó al 49%. Detrás de esa estadística hay algo mucho más profundo: personas que tienen ideas, capacidad y motivación, pero que no saben cómo dar el primer paso o sienten que el costo de equivocarse puede ser demasiado alto. Y es comprensible.
Más de la mitad de los adultos en América Latina manifiestan intención de iniciar un negocio propio
Emprender en América Latina implica convivir con incertidumbre económica, acceso limitado al financiamiento, cambios permanentes de contexto y reglas de juego que muchas veces se modifican sobre la marcha. El problema no suele ser la falta de ideas. El problema es saber cómo transformar una idea en algo real, cómo validarlo, cómo conseguir los primeros clientes, cómo construir un modelo de negocio sostenible, y cómo atravesar los momentos difíciles sin abandonar en el intento.
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Durante años, la formación emprendedora estuvo dominada por dos extremos. Por un lado, programas con mucho contenido teórico y casos de estudio. Por otro, aceleradoras e incubadoras orientadas a startups que ya están en marcha. En el medio queda una enorme cantidad de personas que quieren emprender, pero que sienten que todavía no tienen las herramientas prácticas para hacerlo. Ahí está una de las grandes oportunidades de esta década.
Porque emprender ya no es solamente una cuestión de inspiración o valentía. Es una disciplina que puede aprenderse. Y cuanto más se aprende, más se reduce el riesgo. Por eso estamos viendo crecer en todo el mundo nuevas formas de formación emprendedora donde el foco está puesto en la persona que quiere emprender más que en el proyecto en sí: academias, venture studios, comunidades de founders y programas diseñados por personas que ya recorrieron ese camino.
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El problema no suele ser la falta de ideas. El problema es saber cómo transformar una idea en algo real
La razón es bastante simple. Cuando alguien aprende de otros emprendedores que ya enfrentaron los mismos desafíos, puede evitar errores costosos, acelerar su curva de aprendizaje y tomar mejores decisiones desde el inicio. Y quizás lo más importante: descubre que no está solo. Porque uno de los mayores mitos del emprendedurismo es que se trata de una aventura individual. La realidad suele ser exactamente la contraria. Los mejores emprendedores que conozco construyeron sus proyectos apoyándose en mentores, comunidades, socios, equipos y redes de personas que los ayudaron a avanzar cuando aparecieron las dudas.
América Latina tiene creatividad, talento y una enorme vocación emprendedora. Lo que todavía necesitamos construir son más puentes entre las ganas de emprender y la capacidad de hacerlo. El verdadero desafío es ayudarlas a dar el salto con más herramientas, más acompañamiento y mayores probabilidades de éxito.
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El autor es Co-fundador de Commit, Guayerd y BDP Group
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