Más motosierra, menos resultados, mayor desgaste

La ortodoxia fiscal a la que se aferra Milei choca con la realidad de una economía que no repunta

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Caricatura del presidente Javier Milei con cabello oscuro y rizado, vistiendo traje azul y corbata, sosteniendo una motosierra oxidada con expresión preocupada sobre fondo azul con líneas.
El presidente Javier Milei (Imagen Ilustrativa creada con IA)

Javier Milei se aferra obstinada y tozudamente a un plan que si bien pudo haber sido efectivo para estabilizar la crítica situación económica heredada, ha fracasado rotundamente para lograr un crecimiento económico sostenido que impacte en la vida cotidiana de la gente.

La inflación de marzo (3,4%) dejó claro que el índice de precios no colapsará en los plazos prometidos por el Presidente, y que ya muy lejos de las previsiones anuales del Presupuesto 2026 (10,1%), la meta más realista para el gobierno en este plano será evitar superar el 31,5% que marcó el Indec el año pasado.

Las estadísticas oficiales también registraron un deterioro por sexto mes consecutivo de los salarios (aumentaron 1,8% frente a una inflación de 2,9% en febrero), lo que da cuentas del impacto de una actividad económica que si bien mantiene cierto impulso en sectores como la energía, la minería y el agro, sigue muy resentida en otros rubros no solo más significativos por su aporte al PBI sino también mucho más intensivos en mano de obra, como la industria, el comercio o la construcción.

No resulta casual, por ello, que lo que se imponga en el debate sea esencialmente la micro: con la erosión de los salarios se desploma el consumo y crece la morosidad y el endeudamiento con tarjeta para afrontar gastos básicos como la compra de alimentos. Ello explica, en gran medida, el deterioro de las expectativas y una caída en la imagen presidencial y la aprobación del gobierno que, si bien no puede ser capitalizada por ninguna figura en el intrascendente conglomerado opositor, suma más incertidumbre de cara a un año en que los desafíos económicos comenzaran muy pronto a entrelazarse con el proceso electoral y las intenciones reeleccionistas del presidente.

La nueva caída en el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella da cuentas de que cada vez más argentinos no ven la luz al final del túnel, ante un gobierno que tampoco parece muy convincente en mostrar que el camino eventualmente conducirá a la “tierra prometida”.

Frente a este panorama complejo Milei repite hasta el hartazgo ante propios y extraños que no corregirá el rumbo y, en una actitud recurrente en otros momentos de turbulencias o incertidumbre, se refugia peligrosamente en una mayor ortodoxia y un peligroso dogmatismo. Como si fuese más importante tener razón que escuchar, convencer o eventualmente corregir políticas para abordar necesidades y urgencias en contextos cada vez más dinámicos, afirma con altas dosis de soberbia y desmesura que habrá “más motosierra”, que profundizará el ajuste de las cuentas públicas, y que la inflación es solamente un fenómeno monetario.

Mientras tanto, los problemas se multiplican y los conflictos producto de fondos que se pisan para mantener artificialmente los resultados fiscales crecen a niveles preocupantes. Si hace unas semanas fue el caso de los colectivos o de las universidades, por estos días crecen los problemas en áreas muy sensibles como PAMI o discapacidad, donde se acumulan deudas con prestadores y proveedores que amenazan la provisión de medicamentos.

Sin embargo, el Presidente sigue insistiendo en que este “orden fiscal” traerá alivio económico en el segundo semestre, algo cada vez más difícil de sostener con los datos de la realidad. Más aún, ante las evidencias de un humor social que comienza a cambiar y una paciencia social que parece comenzar a agotarse.

En un gobierno ya de por sí atravesado por recurrentes y descarnadas internas no dejó de llamar la atención por estos días que Luis “Toto” Caputo, que hace no tanto había vaticinado “los 18 mejores meses de las últimas décadas”, frustrado ante un riesgo país que no logra bajar a los niveles esperados para estimular inversiones y facilitar el acceso a financiamiento externo, y forzado a recurrir a las cada vez más burdas contorsiones financieras para mantener artificialmente el equilibrio en las cuentas, haya reclamado a la mesa política del gobierno un acuerdo de gobernabilidad con mandatarios provinciales y aliados.

Un razonamiento que no solo contradice la visión ortodoxa del Presidente sino que genera “ruidos” con el ala política que ve en el argumento del principal garante del programa un intento de responsabilizar a la estrategia política (falta de diálogo, errores no forzados, daños autoinfligidos, etc.) de la incertidumbre económica.

Obviamente, la economía no es ajena a la política, pero en este caso resulta difícil endilgarle a la política la responsabilidad por un modelo económico que muestra evidentes signos de agotamiento. La apelación al “riesgo kuka”, la denuncia de conspiraciones político-mediáticas y empresariales, entre otros recursos otrora efectivos, resulta ya muy poco creíble incluso entre los propios votantes del espacio.

Así las cosas, a esta altura es cada vez más evidente que la economía real es el factor determinante del creciente descontento y la erosión de expectativas, que a su vez se retroalimenta por los escándalos de presunta corrupción y la estrategia del oficialismo ante ellos, lo que afecta la sustentabilidad del programa en este momento crítico y complica el panorama de un gobierno que parece cada vez más complicado para ordenar algunas variables críticas antes de que se acelere inevitablemente el clima electoral después del mundial.