
La industria, que venía de más de una década de estancamiento, muestra en los últimos dos años una caída significativa y una clara destrucción de capacidades, con una contracción cercana al 8% entre 2023 y 2025. Frente a este deterioro, no faltan voces que relativizan el problema: sostienen que la industria “no es competitiva”, que es “parte del pasado” o que el país debería reorientarse hacia otros sectores. Sin embargo, la evidencia muestra lo contrario: existen múltiples empresas y sectores que revelan potencial productivo, capacidades acumuladas y oportunidades sustentables de desarrollo.
A pesar de las sucesivas crisis, la economía mantiene una base productiva, empresarial, tecnológica y laboral vinculada a la industria manufacturera destacada para un país no desarrollado. El sector explica de forma directa el 18% del valor agregado y aporta alrededor del 57% de las exportaciones de bienes y servicios, exhibiendo además una productividad un 63% superior al promedio general. No aprovechar esas capacidades como plataforma de desarrollo sería, sin dudas, un error.
Para ello, también debe superarse la lógica de la sustitución de importaciones y sostener una estrategia enfocada en sectores y empresas con capacidad real de crecer, integrarse al mundo y escalar en valor. Sobre esa base, Argentina puede construir un industrialismo del siglo XXI.
¿Cuáles son los sectores productivos que pueden encarnar ese industrialismo del siglo XXI? Esta nota propone una respuesta no exhaustiva, identificando aquellos complejos donde Argentina ya combina recursos, capacidades productivas y potencial de escalamiento. Se trata de partir de lo existente y llevarlo más lejos: profundizar encadenamientos en torno a los recursos naturales, sofisticar la agroindustria, especializar la manufactura donde hay escala y apostar por sectores intensivos en conocimiento donde el país ya ha construido trayectorias.
En términos concretos, estos sectores incluyen: los encadenamientos industriales aguas arriba y aguas abajo en torno a oil & gas, agro, minería y pesca; la agroindustria en sentido amplio, incluyendo alimentos, bioenergía y foresto-industria; el sector automotriz con foco en especialización y exportación; la industria de la salud; los nichos high-tech donde existen capacidades acumuladas, como el satelital, nuclear y ciertos segmentos de la biotecnología; y, de manera transversal, el entramado de PyMEs con productos diferenciados y potencial exportador, en sectores diversos desde textil e indumentaria hasta metalmecánica.
Un primer vector evidente es el de los encadenamientos en torno a los recursos naturales y actividades primarias. Argentina posee volúmenes productivos actuales o potenciales destacados en oil & gas, agro, minería, pesca y actividad forestal, pero con un entramado de proveedores y encadenamientos aún insuficientemente desarrollado.
Por un lado, hacia atrás, en el desarrollo de proveedores. La expansión de Vaca Muerta o de la minería del litio y el cobre abre espacio para una red más densa de empresas metalmecánicas, de ingeniería y de servicios intensivos en conocimiento. En este punto conviene subrayar algo que muchas veces se pierde en el diagnóstico: Argentina ya tiene capacidades relevantes en la industria metalmecánica. No parte de cero. Desde bienes de capital hasta componentes críticos, existe un entramado que, con escala, estabilidad y políticas adecuadas, puede integrarse más profundamente a estos complejos. El caso de los tubos sin costura, insumo clave para oil & gas, es un ejemplo concreto de estas capacidades.
En este esquema, la maquinaria agrícola aparece como un caso paradigmático. Es un sector que combina capacidades de ingeniería y un entramado PyME denso, con potencial de expansión exportadora. Es, en muchos sentidos, el ejemplo más claro de cómo un recurso natural puede traccionar el desarrollo industrial. A este conjunto se puede sumar otro encadenamiento muchas veces invisibilizado: la industria naval asociada a la pesca.
Por otro lado, hacia adelante, hay oportunidades en la industrialización de productos primarios. En gas, esto incluye desde GNL hasta petroquímica y fertilizantes. En minería, el procesamiento intermedio del litio ofrece márgenes de valor relevantes sin caer en el falso dilema entre exportar materia prima o fabricar productos finales complejos. La clave es ocupar eslabones donde haya viabilidad económica y acumulación de capacidades.
Un segundo vector central es la agroindustria, entendida en sentido amplio. Durante años, parte del discurso industrialista tendió a subestimarla, como si se tratara de un sector primario con bajo contenido tecnológico. Sin embargo, la agroindustria argentina integra producción, procesamiento y conocimiento, y constituye el principal complejo exportador del país.
Las oportunidades son múltiples. En carnes, desde la consolidación del segmento premium en bovinos hasta la expansión en porcinos y aviar. En lácteos, con mayor diferenciación e incorporación de valor. En alimentos, con desarrollo de marcas, trazabilidad y nichos específicos. En bioenergía, con combustibles sostenibles para aviación. En la cadena del algodón, con su mejora de calidad. A esto se suma la foresto-industria, muchas veces relegada en la discusión, pero con un potencial significativo, que puede apalancarse en inversiones de escala en productos como celulosa y papel, siguiendo experiencias recientes en países vecinos.
Un tercer vector es el sector automotriz, actualmente en plena transición a nivel global y donde Argentina aún tiene posibilidades de sostener un rol relevante con una producción actual nada despreciable de cerca de 500.000 unidades al año, 75 mil puestos de trabajo directos y exportaciones por USD 9.400 millones anuales. La estrategia debería apuntar a incentivar inversiones que generen especialización, escala y salida exportadora hacia América Latina, acompañando al mismo tiempo el proceso de movilidad sustentable. El caso de Toyota es, en este sentido, un ejemplo de estrategia exitosa.
La industria de la salud constituye un cuarto vector. Argentina cuenta con un entramado farmacéutico sólido, con empresas nacionales innovadoras que la transforman en la rama industrial de mayor inversión privada en I+D+i, explicando el 19,1% del total a nivel nacional. A su vez, el país dispone de una base científica significativa, con capacidades en biotecnología, desarrollo de moléculas y ensayos clínicos. El desarrollo de biofármacos, a precios más bajos que los importados, a nivel similar permite ahorrar más de USD 2.000 millones anuales al país. La articulación entre sistema científico, empresas y sistema de salud puede dar lugar a un complejo industrial de alto valor agregado, intensivo en conocimiento y con inserción internacional.
Un quinto vector remite a nichos “high-tech” donde Argentina ya tiene capacidades acumuladas, desarrolladas a partir de inversión e instituciones públicas. Sectores como el satelital (reflejado en la participación de la Misión Artemis de la NASA), el nuclear o ciertos segmentos de la biotecnología no son masivos, pero sí estratégicos. Combinan intensidad tecnológica, generación de conocimiento y potencial de derrames hacia otras actividades. Para su consolidación, se requiere una visión de desarrollo que reconozca el rol del Estado como actor central.
Finalmente, un sexto vector atraviesa a todos los anteriores y está presente en todos los sectores: el de las PyMEs diferenciadas y dinámicas. La evidencia muestra que la inserción internacional no depende únicamente de costos, sino de calidad, diferenciación y posicionamiento. El desafío es construir una agenda que promueva ese salto cualitativo, incluyendo políticas de promoción de exportaciones, certificaciones de calidad, diseño, branding, inteligencia comercial y financiamiento.
En conjunto, estos vectores configuran una base concreta para una estrategia de desarrollo productivo con perspectiva sectorial. Desde ya, esto no ocurre en el vacío: se requiere una macroeconomía estable, mayor acceso al crédito, una estructura impositiva menos distorsiva y mejoras en la infraestructura logística, entre otros factores. Pero también, como reconocen hoy incluso organismos como el FMI o el Banco Mundial, políticas productivas bien diseñadas que acompañen y potencien estos sectores.
Hoy, la política económica avanza en la dirección opuesta. Con un tipo de cambio apreciado y altas tasas de interés que configuran una macroeconomía adversa, y bajo la idea de que el mercado por sí solo asignará eficientemente los recursos, se están destruyendo capacidades y poniendo en riesgo sectores que son o pueden ser competitivos. En un mundo que disputa cadenas de valor, tecnología y producción, la Argentina parece optar por correrse de la cancha.
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