Vuelta a clases en nivel inicial y primaria: 7 claves para acompañar sin sobreproteger

En las puertas de escuelas y jardines se repiten escenas en las que se observa más ansiedad adulta que infantil

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Consejos para que los padres
Consejos para que los padres no les transfieran sus inseguridades a sus hijos (Foto: Freepik)

Cada inicio de ciclo escolar repite el mismo patrón: chicos de sala de 2, 3, 4, 5 y primeros grados empezando jardín o primaria… y adultos con el corazón acelerado. No hace falta disfrazarlo de escena emotiva: es un momento desafiante, pero totalmente esperable.

Desde mi trabajo como educadora y asesora de directivos en diferentes instituciones, lo veo todos los años: en la puerta de la escuela suele haber más ansiedad adulta que infantil. No siempre lloran ellos; muchas veces los que estamos al borde de las lágrimas somos nosotros. Y esa emoción no se queda en nuestro cuerpo: se les pega.

Cuando nuestra cabeza está llena de “¿estará listo?”, “¿y si sufre?”, “¿y si nadie juega con ella?”, “¿y si se queda solo?”, los chicos entran al aula cargando algo que no les corresponde: nuestra incertidumbre. A eso le llamo la mochila invisible del primer día de clases: la ansiedad adulta que viaja en cuerpo de niño.

No son “ellos” nada más: somos nosotros, también

Cuando acompañamos a una niña o a un niño en su inicio de jardín o de primaria, se nos mueven un montón de cosas adentro: “¿No es muy chiquito para ir a sala de 2?”, “¿Y si nadie juega con ella?”, “¿Y si llora y la seño no la escucha?”, “¿Y si se queda callado todo el día?”.

Todo eso es normal. El problema no es sentirlo. El problema es cuando, sin querer, lo transformamos en señal de alarma para nuestros hijos.

Los chicos, incluso los más pequeños, tienen un radar emocional finísimo. No necesitan que les demos un discurso. Miran nuestra cara en la puerta del jardín y ya saben si estamos tranquilos, al borde del llanto o en “modo pánico con sonrisa forzada”. Y ahí es donde, sin querer, el mensaje que les llega es: “Esto parece peligroso, porque mi mamá/papá/abuela/tío está rarísima/o.”

Algunas frases clásicas del primer día, bien intencionadas… que les cargan más peso (lo digo con cariño, las escucho todos los años, y puedo escucharme a mí misma cuando hace años las decía también): “Si llorás, me muero”, “Si te sentís mal, decile a la seño que me llame YA y vengo corriendo”, “Portate bien, por favor, no me hagas pasar vergüenza”, “Si no te gusta, vemos si te saco”.

Todas salen del amor. Detrás de esas frases hay amor, pero el mensaje que llega es otro: “El mundo escolar es peligroso, vos solo no podés, yo tampoco confío mucho en que vas a estar bien”.

Y así, lo que iba a ser un inicio de clases se convierte en una prueba de fuego para todos, en un examen emocional.

Lo que de verdad necesitan: adultos confiables, no perfectos

Los chicos más chiquitos no necesitan padres y madres que no sienten nada. Necesitan adultos que sienten, claro, pero que no se desarman. Lo que les da seguridad es algo tan simple como esto: “Mis adultos confían en que puedo. Mis adultos confían en esta escuela. Mis adultos se ponen sensibles, pero vuelven. Siempre vuelven”.

Cuando una nena de sala de 3 le seca las lágrimas a su mamá y le dice “no llores”, parece tierno, pero el rol está invertido. El mensaje interno es: “Yo tengo que cuidar a mi mamá”. Y eso, para un cuerpito tan chico, es demasiado.

Exploremos 7 claves para acompañar el inicio de clases sin contagiar ansiedad:

  1. Primero, ordenarnos nosotros. Antes de hablar con ellos, respiremos nosotros: “Es lógico que me cueste soltar”, “Me da cosa dejarlo, pero sé que esto es bueno para él/ella”, “Puedo estar sensible sin dramatizar delante suyo”. Si hace falta llorar un rato, mejor con otra persona adulta (pareja, amiga, terapeuta) y no en la puerta del jardín.
  2. Anticipar… pero sin hacer una serie de Netflix. No hace falta armar una telenovela del primer día. Sí ayuda anticipar: “Vas a ir a una sala con otros nenes, va a haber una seño, van a jugar, cantar, pintar”, “Yo te llevo, nos despedimos y después te vengo a buscar”. Cosas a evitar: “Si no te gusta, te saco”, “Si llorás, que no te vean”. La anticipación calma cuando da un mapa simple de lo que va a pasar, no cuando abre mil opciones que los dejan más confundidos.
  3. Crear un mini ritual de despedida. No hace falta algo enorme. Al contrario, cuanto más simple y repetible, mejor: un abrazo fuerte, una frase corta tipo “Te quiero, nos vemos después de la merienda”, un chocá-los-cinco antes de entrar. Clave: que el ritual sea corto y se repita todos los días. Si la despedida dura 10 minutos, sube la angustia por minuto, para todos.
  4. Mostrar que confiamos en la escuela (en voz alta). Si ya elegiste el jardín o la escuela, ese no es el momento para sembrar dudas. En lugar de “Si la seño se da cuenta de que te pasa algo…” o “Si te retan, avisame…”, podemos decir: “Si te pasa algo, le contás a la seño, ella está para cuidarlos”, “Si te ponés triste, podés pedir un abrazo”. La forma en que hablamos de docentes y escuela arma la base de confianza de los chicos.
  5. Bajarle el show a la puerta. La puerta del jardín y de primer grado a veces parece una mezcla de desfile de modas, reunión social y programa en vivo: sacá la foto, obvio, es un recuerdo lindo… pero no la serie completa de 45 poses. Evitá convertir la despedida en escena dramática: tirarse al piso, abrazarse y llorar 5 minutos, prometer regalos gigantes si “no lloran”. El mensaje que queremos transmitir es: “Esto es importante, pero es natural. Pasa todos los años. Y está bien”.
  6. Preguntar distinto al final del día. Cuando vuelven a casa, en lugar de: “¿Lloraste?”, “¿Te portaste bien?” o “¿Te pegaron?”, podemos probar con: “¿Qué fue lo más divertido de hoy?”, “¿Hubo algo que no te gustó tanto?”, “¿Con quién jugaste?”. Si cuentan algo que dolió, no hace falta negar (“No fue para tanto”) ni explotar (“¡Mañana voy y armo lío!”). Escuchamos, validamos y, si hace falta, hablamos con la escuela.
  7. Recordar que adaptarse es un proceso, no un día. Hay chicos que entran felices desde sala de 2 y se adaptan enseguida (en estos casos, los que lloran en la adaptación son los padres). Otros lloran la primera semana. Otros, se muestran bárbaro los primeros días y se angustian cuando se dan cuenta de que “esto es todos los días”. La clave no es que nunca se angustien. La clave es que sientan que no están solos con eso. Frases que ayudan: “Entiendo que te da miedo, y también sé que podés”, “Yo me voy ahora y después vuelvo. Siempre vuelvo”, “Es normal extrañar un poco al principio”. Ahí es donde se construye algo enorme: confianza básica en el mundo.

El inicio de clases como entrenamiento para la vida

El comienzo del jardín o de la primaria no es solo una anécdota simpática para la foto. Es un entrenamiento temprano para muchas cosas que van a vivir después: empezar algo nuevo, separarse, hacer amigos, entrar a un grupo, tolerar que al principio uno se sienta raro.

La pregunta no es “¿Cómo hago para que no sufra nada?”. La pregunta es “¿Qué aprende de mí cuando algo le cuesta?”. ¿Que el mundo es demasiado peligroso y mejor no intentarlo, o que puede sentir miedo y aun así animarse, porque hay adultos que lo sostienen y vuelven?

No vamos a evitar todos los llantos del primer día. Pero sí podemos evitar que nuestros hijos carguen con una mochila que no les corresponde: la de nuestra ansiedad.

De eso se trata acompañar: no de despejarles todos los obstáculos, sino de hacerles saber, con hechos y con palabras: “No estás solo. Esto también lo vamos a atravesar juntos”.