
Hace 23 años, mis padres, que por entonces vivían en San Isidro, fueron brutalmente golpeados durante un asalto. Mi padre murió por las trompadas recibidas y el susto. Mi madre, quedó desfigurada por la agresión.
Encontrar a los delincuentes nos llevó años. De los cinco atacantes, sólo dos fueron apresados y sentenciados. Los otros, seguramente, siguieron adelante con sus carreras delictivas. Uno de ellos había entrado y salido de la cárcel ocho veces, burlando los permisos de salidas transitorias. El otro también contaba con antecedentes penales. Formaban parte de una banda de gitanos, bastante conocida.
El fiscal Eduardo Rodríguez intervino en el caso, junto con un joven colaborador, hoy muy conocido por ser un fiscal muy comprometido que sigue trabajando en tribunales de San Isidro, el doctor Patricio Ferrari.
Pero el tiempo pasa, y nada cambia.
Una y otra vez, con pasmosa repetición, la gente mayor es atacada dentro de sus propias casas. Son sorprendidos entre los muros de sus hogares, engañosamente seguros y en soledad, por delincuentes que con toda impunidad violan rejas, portones y alarmas.

Los agresores son casi siempre jóvenes que sin piedad los golpean, les gritan y los torturan. Es como si la vejez los irritara y los volviera más salvajes. El aturdimiento juega en contra de la víctima. La lentitud, la sordera, las dificultades de visión y hasta la capacidad de comprensión enlentecida les impiden una reacción defensiva rápida. A los delincuentes, cualquier cosa les viene bien: dinero (generalmente poco), alguna joya, algún objeto de escaso valor. La cuestión es aturdir, dañar y llevarse un botín.
Para estos chacales, los viejos son fastidiosos. No colaboran, son el espejo de lo que que ellos nunca llegarán a ser: personas que han llegado al final de sus caminos con dignidad, queridos por sus familias y con el bagaje de una vida llena de historias y trabajo honrado.
¿Cómo llega un “viejo” a ser presa fácil para estos individuos?
Los caminos son varios. Uno muy común es la “industria del chisme”. La persona mayor que vive sola generalmente conversa en el barrio: tiene su rutina. La panadería, el almacén, la verdulería. Muchos los saludan con afecto y hasta los cuidan. Pero el dato se filtra. Hay individuos inescrupulosos que venden esta información. Otras víctimas son fichadas por la venta de una propiedad, o el cobro de la jubilación. Hacen inteligencia sobre determinada vivienda. Hay que estar atentos a posibles merodeadores. No es casual que las víctimas elegidas recientemente vivieran en San Isidro. La mayoría de ellas tenía un perfil similar: cierto “status” económico, soledad y vulnerabilidad.

Los delincuentes saben que pueden escapar fácilmente. Un par de trompadas y listo. Pero si la víctima se defiende, sigue la tortura y, muchas veces, cebados, la muerte. ¿A quién le importará la suerte del abuelo o de la abuela ? A unos pocos. Total ya era viejo, casi un estorbo. ¿Quien defenderá a esa víctima? ¿La sociedad? Si, puede ser, aunque con todos los problemas que hay…
¿Los deudos? Y sí, hasta cierto punto. Pero la vida sigue, y reclamar justicia lleva tiempo y es extenuante.
Muy pocos casos se resuelven. Las bandas lo saben y se envalentonan.
¿Hay alguna manera de defender a los mayores?
Sì, claro que sÍ. En primer lugar, hacer campañas de prevención. La industria del chisme debe ser concientízada. No difundir datos personales en público. ¡Hasta las paredes tienen oídos!
Transmitir el enorme valor que significa cuidar y respetar a los ancianos. Cada adulto mayor representa un bagaje de historias, recuerdos y valores. Aún con sus achaques y discapacidades.
La familia debe comprometese a estar más presente y los vecinos a ser más solidarios.
Y para el final, tal vez lo más importante, un claro mensaje para los delincuentes: que sus acciones tendrán consecuencias.
Atacar a un anciano debe ser considerado un delito agravado. Con penas más severas y consecuencias muy significativas. Es hora de que la sociedad comprenda de una vez por todas que los mayores tienen que ser protegidos institucionalmente.
Pasaron 23 años …
Hoy, soy abuela de seis nietos. Integro la comunidad de los adultos mayores. Nada cambió, al contrario, el delito aumentó escandalosamente y vivo con miedo.
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