
Hay una imagen que debería interpelarnos profundamente: un adolescente de 14 años sentado en una audiencia, escuchando que el Estado va a juzgarlo penalmente.
Catorce años.No estamos hablando de un adulto con una personalidad consolidada. Estamos hablando de alguien que todavía está creciendo, que muchas veces actúa por impulso, por presión del grupo, por inmadurez emocional. Alguien que todavía necesita guía más que condena, orientación más que etiqueta.
Cuando el Estado llega a esa instancia, algo ya falló antes. Fallaron políticas preventivas, fallaron redes de contención, falló la presencia temprana. El proceso penal no es prevención: es la respuesta tardía.
Pero hoy quiero decir algo más, con toda claridad.
A quienes promueven bajar la edad de punibilidad —y en especial a quienes tienen la responsabilidad histórica de votar una ley— les propongo un ejercicio honesto: piensen por un momento qué sistema penal querrían para sus propios hijos o hijas si a los 14 años cometieran un delito.
Piensen qué desearían para sus nietos, para sus sobrinos, para los chicos y chicas que aman.
¿Querrían un sistema duro, inflexible, que los etiquete temprano y los exponga a una lógica punitiva que puede marcar su identidad?¿O querrían un sistema que, aun reconociendo la gravedad del hecho, entienda que se trata de un adolescente en proceso de formación?
No crean que el castigo penal adolescente es algo que solo alcanza a “otros”.La ley no distingue apellidos.No pregunta en qué barrio se vive.No verifica si se trata de un colegio privado o público.
Puede alcanzar a cualquiera.
Un error grave a los 14 años —una pelea que se descontrola, una imprudencia al volante, una decisión tomada bajo presión— puede colocar a cualquier chico frente a un juez. También a los de su entorno familiar. También a los propios.
La sociedad que hoy aplaude la baja de edad debería reflexionar con la misma honestidad: sus hijos e hijas tampoco están exentos. La adolescencia es una etapa de intensidad, de impulsividad, de búsqueda de identidad. Nadie tiene garantizado que su hijo o su hija no cometerá un error serio.
Y cuando eso ocurra —porque la vida es imprevisible— lo que se va a reclamar no será castigo desmedido. Se reclamarán derechos. Garantías. Debido proceso. Un trato acorde a la edad. Oportunidades reales de recomponer.
Por eso, si se va a avanzar con una ley tan históricamente regresiva para los niños, niñas y adolescentes, al menos que quienes la impulsen se pregunten con honestidad: ¿qué sistema penal estoy diseñando? ¿Cómo funcionará cuando alcance a alguien que amo? ¿Será un sistema que destruye trayectorias o que ofrece caminos de reconstrucción?
Porque el sistema penal no es una herramienta abstracta. Tiene efectos reales. Puede afectar para siempre el desarrollo, la autoestima, las oportunidades educativas y laborales. Puede alterar un plan de vida en una etapa en la que todavía todo debería ser posibilidad.
Cada vez que el Estado decide ampliar el castigo hacia edades más tempranas, está hipotecando su propio futuro. Porque esos adolescentes van a crecer. Van a convertirse en adultos. Van a convivir con nosotros. La pregunta es en qué condiciones.
La firmeza no se mide por cuán temprano castigamos, sino por cuán responsables somos al diseñar las consecuencias.
Quienes hoy reclaman respuestas punitivas cada vez más duras deberían pensar que mañana podrían ser quienes exijan, desesperadamente, las garantías que hoy están dispuestos a recortar. La historia del derecho penal está llena de ejemplos en los que el poder punitivo que se expandió para “otros” terminó alcanzando a los propios.
No es debilidad pedir prudencia.No es ingenuidad defender la especial protección de la adolescencia.Es responsabilidad.
Juzgar penalmente a un chico de 14 años no es un triunfo del orden. Es el reconocimiento de que llegamos tarde como sociedad.
Si vamos a legislar sobre la vida de los adolescentes, hagámoslo con la conciencia de que estamos legislando también sobre nuestros propios hijos e hijas.
Porque el sistema penal no tiene destinatarios exclusivos.Alcanza a todos.
Y cuando eso sucede, ya no hablamos de estadísticas.Hablamos de futuro.
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