Ideología: del pensamiento crítico a la retórica del mercado

El panorama actual muestra el retroceso de proyectos igualitarios y democráticos, mientras avanzan las propuestas que privilegian la concentración económica y el autoritarismo

Guardar
Javier Milei y Donald Trump
Javier Milei y Donald Trump en Davos

Las ideologías fueron siempre el espacio de reflexión de filósofos y pensadores; ahora, parecen haber caído en el mundo de las ambiciones, del egoísmo y de la ausencia de lecturas. En nuestra juventud, el marxismo con expansión en el mundo y abundancia de pensamiento, intentaba resolver el problema de la igualdad; del otro lado, nosotros, los humanistas que lo sentíamos parte de Occidente, queríamos resolver el problema del respeto por el ser humano.

Stalin ya había convertido al marxismo en una atrocidad, y llevaba a los intelectuales que habían adherido, como Sartre y tantos otros, a renegar del comunismo soviético. Quizá, en el asesinato de Trotsky- hoy vuelto presente por el apasionante libro de Leonardo Padura El hombre que amaba a los perros-, en esa masacre, se define el fin de la voluntad de justicia y la imposición de un autoritarismo asesino, de los peores que sufrió la humanidad.

Entre tanto, en Occidente, Europa se presentaba como la sociedad más integrada, más justa, aquella donde la distribución se había convertido en la base de una comunidad digna de ser envidiada por el mundo entero. Sin duda, Europa fue, con sus altibajos, el ámbito que logró el mayor nivel de justicia distributiva y capacidad productiva, síntesis que constituyó su gran triunfo. Por su parte, Estados Unidos, lenta e inexorablemente, fue abandonando el sueño de la democracia para imponer el del poder. Tal vez, la derrota de Vietnam haya sido, para ese imperio sin caídas, uno de los peores momentos de su historia y un choque con la más descarnada realidad. Hoy, Putin es la expresión de una sociedad donde el poder imperial es un sueño y el ciudadano, un detalle al servicio de esa voluntad cuya lógica no es ni trascendente ni discutible. Y Trump , persiguiendo a inmigrantes, imponiendo la supremacía blanca y la riqueza sin atisbo alguno de solidaridad con sus propios caídos, demuestra que las dos vocaciones imperiales lejos están de servir a la justicia que necesita el ser humano para vivir con dignidad. Ese componente no está ni en lo cotidiano de los rusos ni de los estadounidenses; solo permanece todavía vigente en el corazón de los europeos.

El mensaje de Milei en el Foro de Davos se inicia con una frase tan pretenciosa como ridícula -“Maquiavelo ha muerto”- como si los negocios, la codicia, el egoísmo, la ambición pudieran sustituir a toda la riqueza que la humanidad construyó en torno del poder real, mucho más complejo que el de la acumulación de capital, mucho más denso también, porque el hombre es infinitamente más que el dinero que posee. Las tesis de Milei son básicamente irracionales, pueden expresar la ideología de los empresarios, pero desnudan su ignorancia, su profundo desconocimiento sobre la vida de los pueblos. El mundo confronta hoy entre la patria y los poderosos, pero las culturas de China, India, Japón, Rusia, Estados Unidos, todo ese mundo de complejidades, conflictos y proteccionismo, poco y nada tienen que ver con la ilusa pretensión mileísta de que liberando las fuerzas del mercado, pueda una sociedad participar de este contexto de confrontación de las naciones para ocupar un lugar digno.

Afortunadamente Davos nos ofreció la posibilidad de regocijarnos con el discurso de un estadista serio, el Primer Ministro de Canadá Mark Carney, para quien estamos “ante la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno”. Sin embargo, aportó una dosis de optimismo al enfatizar que hay países- entre ellos el suyo como potencia media- en condiciones de llevar adelante un nuevo orden con los valores que siempre han sostenido: “El respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados”. En síntesis, anuncia el inicio de una etapa donde los grandes poderes pierdan su ilusión de dominación y el resto del mundo se asocie para recuperar su ética, su honestidad y su libertad. Davos nos dejó esencialmente el discurso del Premier canadiense. Considero un deber cívico leerlo en su totalidad.

Recuerdo aquel libro de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, y una vieja película de Marco Bellocchio, brillante director de cine italiano, “La Cina è vicina”. En esas lúcidas miradas se halla , de algún modo, la definición del futuro posible: Occidente deja hoy de ocupar el lugar de conductor de la humanidad hacia la democracia y la virtud, porque nadie puede llevar a los demás a valores que lejos están de haberse instalado en uno mismo.

Suelo evocar hasta el cansancio que fuimos patria a la par o más que Brasil, en los años 60 y 70 y hemos caído en ser tan solo una cuarta parte de esa sociedad a partir de los Martínez de Hoz, los Menem, los Macri, y también, por qué negarlo, a su modo, de los Kirchner. La tesis de que lo más barato debe ser adquirido en el exterior, más allá del concepto de trabajo, de los trabajadores, de las pequeñas o medianas industrias que se funden o pierden su fuente de ingresos por ese precio, es no solo insensata, sino perversa, y además no se da en otros lugares del mundo.

Los datos de baja de la pobreza y otros grandilocuentes logros únicos detallados por Milei en su discurso en Davos ante un reducido auditorio, son tan irracionales como el espacio académico de donde parece extraer los números que lo definen. La calle, los comercios, el dolor de los jubilados y los discapacitados reprimidos, el porcentaje de argentinos que están por debajo de un salario digno, marcan con dolorosa nitidez que el problema no es la libertad de mercado, sino básicamente detener la concentración económica. Este fenómeno concreto nos viene destruyendo como país desde los 70 hasta el presente, basado en la libertad de las instituciones bancarias, pero ante todo, en la carencia de la mínima ley contra los monopolios. El discurso de Milei nos habla de un posible y, paradójicamente inexistente, florecimiento. Grandes inversiones pueden dar grandes rentabilidades basadas en los dones de la naturaleza, como el petróleo, la minería, el litio, el cobre, la agricultura, pero lo concreto, la ocupación de nuestro pueblo, no va a ser sustituida por esas grandes concentraciones de poder, y básicamente el sueño de las inversiones jamás vendrá, porque hay algo mucho más profundo: en la Argentina, gobierno y oposición siguen transitando el temible mito de Sísifo, la piedra volverá a caer indefectiblemente.

Milei sigue aplaudiendo las desregulaciones. Algunas de ellas son necesarias, y también tiene su lógica asumir que había demasiados empleados públicos, pero ni el exceso de ley ni el de trabajadores se soluciona con la destrucción de las instituciones. El Estado sigue siendo algo muy superior a los intereses comerciales de sus grupos. En ese sentido, la suerte de Brasil, de la que gozamos nosotros en su tiempo, reside en tener una burguesía industrial, un grupo de empresarios con conciencia de que la grandeza de sus empresas depende de la de su Nación y está unida a ella. Cuando esta relación se pierde y alguno cree que puede poseer la grandeza de la empresa sin la estructura de un Estado que la limite, y la proteja al mismo tiempo, es que hemos terminado perdiendo algo tan simple como el “sentido común”. La Argentina de Milei está tocando el punto más álgido de su deplorable decadencia.

Para ir cerrando con Davos, considero que, el discurso de Trump despertó la curiosidad que genera la desmesura, y para la mayoría de los que leemos historia hace tiempo, tiene más que ver con el intento por salir de la decadencia que con la necesidad histórica de asumir que hoy el poder está demasiado distribuido como para que alguien intente volverse el conductor de una nueva sociedad.