
Desarrollo económico y competitividad son dos caras de la misma moneda. La Generación del 80 desarrolló e hizo grande a la Argentina, situándola entre los países más prósperos del mundo, porque entendió hacia dónde iba el mundo y subió al país a la rueda del progreso. Ello explica por qué recibió inversiones y pudo desarrollarse, en base fundamentalmente a explotar la riqueza del campo, donde era eficiente y competitivo.
Pero luego vino la crisis del 30, que paralizó a Occidente; los conservadores no supieron interpretar lo que sucedía y bajaron a la Argentina de la rueda del progreso, lo que marcó el fin de nuestra prosperidad y el inicio de la decadencia. Que se profundizó a partir de 1946-49 con el primer gobierno de Perón, en el que aumentó fuertemente la intervención del Estado en la economía como actor, y a través de normativas que intervenían y regulaban burocráticamente casi todas las actividades, creando entidades intermediarias que no agregaban, pero sí destruían valor.
Y aumentaban empleos innecesarios y los salarios en todas las actividades, y las desvinculaban cada vez más de la competitividad y productividad de la actividad económica (ver “Perón y su Tiempo - Argentina era una Fiesta”, de Félix Luna). Entonces, la inflación no tenía ribetes de pandemia ni ocupaba un lugar destacado en la agenda nacional.
¿Qué es la competitividad y la productividad?
La competitividad es la capacidad de un país o empresa para ofrecer bienes y servicios de calidad a un precio atractivo respecto de otros mercados; y ello requiere estabilidad macroeconómica, instituciones que funcionen, seguridad jurídica, regulaciones, infraestructura y logística. Incluye los costos laborales, logísticos, de innovación, tecnología, capital humano y educación.
Un país competitivo atrae inversiones, genera empleo y tiene más posibilidades de aumentar sus exportaciones, generar divisas y disponer de reservas.
Un país competitivo atrae inversiones, genera empleo y tiene más posibilidades de aumentar sus exportaciones
La productividad es la base de la competitividad, y se mide por la cantidad que se produce por unidad de recurso empleado; sea este capital, insumo, hora trabajada en una planta industrial, línea de producción o máquina aplicada. Un país competitivo necesariamente es productivo.
En los años posteriores, Argentina siguió relajando su competitividad y productividad, desordenó más sus cuentas fiscales, y aparecieron la inflación y el endeudamiento como problemas crónicos y recurrentes. Esto trajo como consecuencia varias décadas de estancamiento, sin crecimiento y con alta inflación.
Y ello cambiaría la base cultural de la sociedad, del Estado y las empresas, y desplazaría a planos cada vez más irrelevantes el concepto de competitividad y eficiencia productiva, en todos los órdenes: industrial, social y administrativo.

Y en este sentido, la experiencia demuestra que los países primero tienen un ciclo sostenido de crecimiento; y recién después logran estabilidad, previsibilidad y eficiencia. Como ocurrió en la Argentina a principios del siglo XX, en Chile en los 80, en la post transición en España y en Singapur. Pero no al revés; en una economía, para ser competitiva, la cultura no precede al orden institucional y económico, sino que emerge de él.
Y así como la estabilidad crea hábitos, los hábitos crean normas, y las normas crean convicciones, lo inverso también es cierto: en economías con más de 50 años de crisis recurrentes, grandes desequilibrios y desorden macroeconómico, elevado gasto, déficit público y nivel de endeudamiento, con inflación mensual de dos dígitos y fuera de control durante largos períodos, devaluaciones frecuentes e imprevistas, y múltiples limitaciones cambiarias, presupuestarias y de mantenimiento de infraestructura como la Argentina, también se generan hábitos y normas derivadas de urgencias. Que no responden a escuelas económicas ni convicciones, pero que igual deben atenderse para poder sobrevivir.
Y eso también cambia la cultura porque se transforman en hábitos, pues la exigencia es anticiparse para poder sobrevivir, ya que de nada serviría bajar 2% o 3% los costos, si el gobierno produce una devaluación del 30% - 40%, o una abrupta suba de impuestos del 24% al 37% del PBI, hasta finalmente alcanzar el 47%. Con la mitad de la economía no registrada (en negro), que no paga impuestos ni cargas sociales. Porque eso también cambia la conducta social, empresaria y los incentivos; solo que en dirección contraria. Y es lo que ahora debemos revertir.
Subir los precios “por las dudas, para cubrirse y anticiparse” se convierte en una práctica tan rutinaria como los “controles de precio”; una ventanilla más para expandir la corrupción
Y dado que la inflación también se caracteriza por la permanente variación de precios relativos, subir los precios “por las dudas, para cubrirse y anticiparse” se convierte en una práctica tan rutinaria como los “controles de precio”; una ventanilla más para expandir la corrupción y conseguir aumentos de precios, a cambio de dádivas. Por lo que la corrupción se vuelve norma, y la competencia no tiene lugar. Pero sí la volverá a tener, si Argentina logra crecer varios años en forma sostenida; como creció Chile entre 1990 y 2005, o Irlanda después de 1987. Y todo indica que ahora estamos en camino de volver a lograrlo.
El crecimiento y la estabilidad bajan la incertidumbre, permiten planificar, y los ingresos dejan de depender de la intuición, el favor político y las triquiñuelas que se deben aprender para poder defenderse del intervencionismo y la inflación.

La sociedad naturalmente migrará hacia formas normales de competencia, y los precios -dólar incluido- alcanzarán su valor de equilibrio, en mercados de múltiples oferentes y demandantes. Y en mercados monopólicos o altamente imperfectos como el de los combustibles, en el que tres compañías concentran el 90% del mercado (triopólico), los Entes Reguladores deben aplicar las reglas definidas por leyes, o regulaciones “ad hoc”.
Alberdi decía que “la libertad no se predica, se experimenta, por lo que es posible que la prosperidad futura formatee y discipline el sistema político”.
La economía y la cultura argentina cambiarán cuando la libertad se vuelva hábito, dejemos atrás la escasez y corrupción crónicas que están en la base del populismo. Pues la democracia es el resultado, y no la causa de la prosperidad.
La sociedad naturalmente migrará hacia formas normales de competencia, y los precios -dólar incluido- alcanzarán su valor de equilibrio
Si tenemos en cuenta estas consideraciones, el análisis indica que hay varias causas concurrentes que explican por qué los empresarios argentinos se olvidaron de la inversión, la eficiencia y competitividad, impulsados por sucesivos gobiernos que desacomodaron la macro y pusieron cada vez más el país patas para arriba.
Cuyas causas concurrentes pueden resumirse en las siguientes:
- Argentina exporta pocos dólares, apenas el 15% del PBI; pero muchos impuestos. Tanto nacionales (21% de IVA, 1,5% de Impuesto al Cheque, 3,45% de Tasa Estadística; 35% de Impuesto a las Ganancias); como provinciales (3% de Sellos, más de 4,5% de Ingresos Brutos); y municipales (Barrido, Limpieza, etc.). En promedio suman alrededor del 52% del precio; más las retenciones.
- Lo que es la causa por la que la presión impositiva es la segunda más alta del mundo: un elevado gasto público, que pasó del 24% del PBI en 2003 al 43-47% desde 2011 y años posteriores; y su consecuencia es un creciente endeudamiento, que no pudo solventar y la hizo caer en nueve defaults, que la sacaron de la lista de países confiables. Y Argentina quedó excluida del mercado voluntario de deuda; la presión impositiva real llegó a 43% - 47% del PBI para las compañías que operan en blanco, cuando se incluye la mitad que trabajan en negro y no tributa, pues la mitad de la economía está en negro; aunque la presión nominal sea más baja;
- Infraestructura deteriorada por falta de inversión y mantenimiento, que incrementa el costo de fletes y logística, y hace el proceso de exportación y abastecimiento del mercado interno más caro e ineficiente;
- Corrupción en la máxima conducción del Estado, que hoy es juzgada por “asociación ilícita conducida por la ex Jefa de Estado para depredar el Estado”, que derivó en costos de generación de electricidad más caros, porque estando Neuquén sobre un manto de gas suficiente para 291 años de consumo, se importó en forma innecesaria gas y gas oil, solo con fines de corrupción. Y se generó con gas oil, casi cuatro veces más caro que el gas, el ocho por ciento de la electricidad durante años.
- Gas es la principal fuente de energía del país con el 53%, y su precio para consumo doméstico el anterior gobierno lo fijó en 3,50 USD/MM BTU por licitaciones de Cammesa del Plan Gas, que finaliza a fines de 2029. Mientras el precio desregulado para la industria está en 2,80 USD/MM BTU, un 20% menor; una disminución importante, si tenemos en cuenta que el 60% de la electricidad se genera con gas y que el gas es el 53% de la matriz energética. Por lo que es fácil imaginar el impacto que tendrá en la economía y la productividad una disminución del 20-30% del precio del gas, incluyendo el precio de la electricidad. Se debería explorar desde Vaca Muerta la forma de impulsar y adelantar su reducción, dado el gran impacto positivo en la economía y su competitividad.
Este breve análisis permite visualizar las principales causas que explican por qué Argentina es tan poco competitiva, a partir de una macro desordenada e inestable, con alta inflación, presión impositiva, tipo de cambio con devaluaciones bruscas y permanentes, y una economía cambiante y volátil, con cepos y restricciones normativas, cambiarias, de todo tipo, y alta intervención del Estado, que genera una cultura anti-competitiva y productiva en toda la economía.
Lo que aumenta el riesgo, el costo de producir y desalienta la inversión; por lo que el reclamo empresario de “nivelar la cancha” es una falsa solución simplista, ya que la falta de mentalidad competitiva y productividad se debe a años sin inversión, incorporación tecnológica y escasa cultura de innovación en muchos sectores. Junto a una macro desordenada e imprevisible, y una exagerada carga impositiva; sin contraprestación de servicios equivalentes.
Y si bien “prima facie” la energía estuvo regalada durante casi 20 años, lo fue a expensas de enormes déficits e importaciones por precios bajos más subsidios.
Pues el objetivo era aumentar las importaciones, que era uno de los flujos de donde se nutría buena parte de la corrupción; como lo demuestran los múltiples procesos judiciales de las seis causas del “Juicio Oral de los cuadernos” en curso, que sindica a la entonces presidente, como jefa de una asociación ilícita para extraer recursos del Estado. Pero siempre en el marco de una economía inestable, impredecible, con frecuentes cambios y regulaciones, precios máximos, retenciones y multiplicidad de trámites en el comercio exterior; no siempre transparentes, pero sí discrecionales.
Axioma del comercio que “quien no puede competir afuera, tampoco puede competir adentro”
Y leyes laborales con elevada litigiosidad, y un Fuero Laboral complaciente que alimenta la “industria de juicios”; sin posibilidad de teletrabajo, ni contrataciones flexibles propias de la época. Lo que desalienta el trabajo formal, reduce la inversión y no permite planificar; con el resultado esperable: poca inversión, bajas exportaciones, y baja inserción en el comercio internacional.
Argentina solo exporta el 15% de su PBI; muy lejos del 32% de Brasil y el 55% de Chile; entre otras cosas, por sus altas retenciones que funcionan como un impuesto a las exportaciones y reducen el precio que recibe el exportador. Pero además, carece de acuerdos comerciales: solo tiene uno con el Mercosur, y ahora se sumaría el firmado con Estados Unidos; y el que firmará el Mercosur con la Unión Europea.
Cuando es un axioma del comercio que “quien no puede competir afuera, tampoco puede competir adentro”.
¿Qué debe hacer el país?
Argentina hace 12 años que no crece, porque durante casi 20 años estuvo dirigida por un gobierno corrupto, más preocupado por dirigir varias asociaciones ilícitas para delinquir, que por presidir y conducir un país. Como se puede ver en el Juicio Oral por las seis causas de corrupción de los cuadernos que se le sigue a la ex presidente condenada, más las otras imputaciones pendientes por lavado de dinero, también obtenido a través de la corrupción extendida, a la que la falta de competitividad no es ajena; y que no dio lugar a la credibilidad, confianza ni inversión. Lo que explica por qué hoy la productividad es igual a la de 2006.

Varios informes coinciden en que el punto de inflexión del último deterioro fue en 2011, cuando Argentina puso el cepo cambiario; aunque dos años antes ya había perdido el equilibrio y el autoabastecimiento energético.
El Ieral lo explica con cifras: entre 2011 y 2024 hay una caída de productividad superior al 15% también en el agro por la suba de retenciones, que le quitó toda posibilidad de reinvertir. Y mientras Brasil subió el 47% su producción de granos de 245 a 360 millones de toneladas entre 2014 y 2024, Argentina apenas la subió el 4% (de 121 a 126 millones de toneladas).
Y lo mismo pasó en la industria del conocimiento: Rumania exportaba 4.200 millones de USD en 2010, y saltó a USD 18.400 millones en 2023 338%); mientras Argentina solo pasó de 5.300 a 7.800 millones de USD (subió 47%), sumando startups exitosas, consultoras que llevan contabilidad, administración, estudios de arquitectura, cine o los contenidos de espectáculos y software desarrollados por pymes.
Y otro informe destaca que la tasa de inversión en máquinas y equipos que en 2007 era del 9,2% del PBI, cayó en 2024 al 7,2 por ciento.
Mientras otro revela que en un mejor período como entre 2004 y 2014, el empleo privado se expandió el 55%, por encima del crecimiento del valor agregado bruto; lo que significa que se sumó más gente para hacer menos trabajo; algo clásico del populismo, que conduce a pérdida de productividad.
Pero lo peor ocurrió entre 2014 y 2024, cuando el valor agregado bruto cayó 1%; lo que significa estancamiento; pero el empleo público subió el 20%, y el privado el 4%. Lo que se explica porque el país dejó de invertir, ya que ni siquiera repuso la amortización de capital.
Con excepción de Vaca Muerta, donde Vista bajó su costo operativo (lifting cost) de 17,3 USD/Barril equivalente de petróleo (Boe) en el primer trimestre de 2018, a 4,7 en el tercer trimestre de 2024 (73%); y PAE, que bajó de 9,1 a 6 USD/Boe (-34%) entre el segundo trimestre de 2019 y el tercero de 2024. Aunque la inversión inicial (Capex) sigue siendo alta.
El Estado debe profundizar la estabilidad macro, garantizar el orden fiscal y bajar el índice de riesgo país para hacer posible la inversión
Ahora el Estado debe profundizar la estabilidad macro, garantizar el orden fiscal y bajar el índice de riesgo país para hacer posible la inversión; reducir impuestos, mantener baja la inflación, eliminar el cepo y las restricciones cambiarias, tener un dólar predecible y una política energética de largo plazo.
Además, concretar la prometida simplificación tributaria: eliminar el impuesto a los ingresos brutos, al cheque, las retenciones a la exportación, la tasa estadística del 3,5%, disminuir el impuesto a las ganancias. Y promulgar la ley de reforma laboral para bajar los costos laborales, incentivar su blanqueo masivo y racionalizar los costos no salariales como la indemnización por desvinculación laboral -hoy impredecible- y reemplazarla por un seguro de desempleo.
Y reponer la infraestructura, para reducir el costo argentino: en rutas, puertos, trenes de carga, eliminar la imposición del gremio de camioneros, digitalizar las operaciones y promulgar marcos regulatorios de actividades fuertemente oligopólicas como la venta de combustibles, y garantizar que su precio sin impuestos esté alineado con el precio internacional a su paridad de exportación; ya que el país exporta el 40% de su producción.

Y la falta de un marco regulatorio que defina el mecanismo de formación de precios en un mercado altamente imperfecto es fundamental para regular cómo estos deben alinearse sin impuestos con el precio internacional. Ya que hoy tres compañías refinadoras que controlan el 90% del mercado fijan precios arbitrarios mayores que restan competitividad a la economía argentina en más de 3.500 millones de USD por año.
Precisamente en los combustibles, que son formadores de precios; lo que agrava el problema de falta de competencia de la economía y sus exportaciones por privilegios regulatorios como en este caso, y/o mala praxis de muchos años de gobiernos anteriores, y que ahora deben ser corregidos.
A lo que se deben sumarse acciones para bajar el precio del gas, que es predecible suceda en 2029 con el fin del Plan Gas; con lo que también bajará en consecuencia el precio de la electricidad, ya que el 60% se genera con gas. Cambios estructurales muy importantes, que hacen a la competitividad.
Y pari passu con ello celebrar acuerdos comerciales con la Unión Europea, India y países del Asia Pacífico, integrarse a las cadenas globales y abandonar gradualmente el sobre proteccionismo arancelario a la industria que lleva ya más de 75 años. Y hacer una apertura “inteligente” a la competencia.
Por tanto, no se trata solo de “nivelar la cancha”, como dicen algunos empresarios simplistas; y tampoco de hacer una apertura indiscriminada y asimétrica, que permita el ingreso de los productos chinos excedentes de otros mercados que se cierran y destruir la poca industria nacional desarrollada.
No se trata solo de “nivelar la cancha”, como dicen algunos empresarios simplistas; y tampoco de hacer una apertura indiscriminada y asimétrica
Si el gobierno sigue ordenando la macro, bajando el gasto y reduciendo más los impuestos, subirá la confianza y seguirá bajando el índice de riesgo país, ya debajo de 600 puntos básicos; y con él, el costo del crédito. Lo que significará que el Estado y gobierno estarán haciendo su trabajo.
Y le corresponderá a los empresarios empezar a preocuparse por aumentar las inversiones, innovar, bajar costos, ser más competitivos, exportar más valor agregado y hacer su parte del trabajo.
Los empresarios argentinos no están acostumbrados a competir, ya que muchos crecieron al amparo del proteccionismo, altos aranceles, cuotas y subsidios que eliminaron la presión competitiva externa y les hizo perder eficiencia e innovación, agravado por regulaciones inestables y cambiantes en el marco de una inflación crónica, en el que la lucha era por sobrevivir.

Y en el que la rentabilidad se obtenía más por manejos financieros, conductas anticipatorias, subas de precios “por las dudas” y favores oficiales; muchas veces con prácticas linderas con la corrupción, que marcaron “la cultura empresaria” actual. En contextos inflacionarios y cambios frecuentes de reglas que favorecían a los que tenían más acceso político; no eficiencia productiva ni operativa.
Y que en sectores concentrados como la energía, los alimentos, el transporte y la banca que desarrollan relaciones estrechas con el Estado y los gobiernos, conseguían que la competencia estuviera regida más por privilegios regulatorios que por el mercado. Y son lo que la costumbre y los hábitos empresarios y la sociedad han naturalizado; que no es el de la competencia, sino de “negociar con el Estado” y satisfacer los objetivos y el interés empresario. Tanto en la agroindustria, como la energía, minería, litio, servicios basados en economía del conocimiento.
Es tiempo de aumentar la investigación y desarrollo, la integración con las startups y la digitalización de procesos. Y seguir su evolución a través de indicadores claves, como el PBI per cápita -hoy entre 13.400 y 14.000 dólares y muy lejos de la OCDE—; la productividad laboral hoy entre baja y media, la inflación (2% a 2,5% mensual); las exportaciones, hoy el 15% del PBI; su crecimiento anual en los próximos años (alrededor del 4,3% en 2025), el desempleo (6-8%); nivel de inversiones aún bajo, y correlación con el ranking de competitividad.
Es tiempo de aumentar la investigación y desarrollo, la integración con las startups y la digitalización de procesos
Hábitos que ahora deben cambiar, y esforzarse para recuperar su memoria empresaria y vocación por la inversión, la innovación tecnológica y automatización para bajar costos y mejorar la eficiencia productiva. Y por abrir nuevos mercados, y aprovechar la oportunidad del ciclo global del mundo para aumentar sus exportaciones, ya que la mayor productividad ya no se logra por mano de obra barata -que favoreció a las economías de Asia-, sino por el uso de robots, inteligencia artificial, software diferencial e Internet de las Cosas.
Argentina es un país poco competitivo por su baja productividad, inestabilidad macro, alta carga impositiva y rigidez de mercados. Lo que, con la apertura de nuestra economía, obligará a nuestros empresarios a reaprender a competir y ganar por productividad y no por contactos, y a dejar atrás el proteccionismo.
Un nuevo escenario con estabilidad macro permitirá planificar, elaborar programas de inversión para aumentarla al 18%-25% del PBI, y duplicar el porcentaje exportado.
Si Argentina logra un crecimiento sostenido del tres al 3,5% durante 10 años, tendrá una mejora sostenida de competitividad, y alcanzará metas ambiciosas, que la conducirán a otra cultura y una economía más avanzada.
Con estabilidad y previsibilidad, la competencia es posible
Con la economía ordenada a partir de la reducción del gasto público y eliminación del déficit fiscal, la estabilidad construye, a medida que todo se va ordenando hacia abajo, una vez definida la política monetaria y cambiaria, y la confianza y previsibilidad crecen. Ya que es la base de la competitividad y precondición para ser productivos y eficientes.
Lo que conducirá a bajar costos, mejorar la logística, optimizar compras, ajustar las finanzas, innovar, mejorar los índices de productividad, mejorar la eficiencia productiva (reducir el porcentaje de rechazos y devoluciones, con técnicas como el “total quality management”, una filosofía de gestión que fomenta la cooperación, el respeto y la mejora continua para lograr mayor productividad, confiabilidad y rentabilidad). Lo que mejora los costos y la productividad.
El autor es Director del Comité del Comité de Asuntos Energéticos del CARI
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