
Durante años, el debate urbano estuvo dominado por una falsa dicotomía: ideología o gestión. Sin embargo, las ciudades más interesantes del mundo hoy —París, Londres, Ámsterdam, Singapur— muestran otra cosa: la verdadera política urbana es la que logra que la ciudad funcione mejor en la vida cotidiana.
Las ciudades que lideran no lo hacen por marketing ni por discursos grandilocuentes. Lo hacen porque ordenan sistemas complejos: movilidad, espacio público, vivienda, energía, datos. Y, sobre todo, porque entienden que el tiempo de las personas es el recurso más escaso.
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París sintetizó su estrategia en una idea poderosa —la “ciudad de los 15 minutos”— que volvió comprensible una transformación profunda del espacio urbano que consiste en tener resueltas las mayorías de las necesidades diarias de los ciudadanos a una distancia no mayor a 15 minutos en bicicleta o caminando. Londres avanzó sobre el aire limpio y la movilidad con decisiones impopulares en los comienzos pero que, finalmente, resultaron eficaces como fueron el impuesto a los vehículos más contaminantes y el cargo por congestión que implica el pago de peaje a los autos que ingresan a la ciudad con el objetivo de desalentar el transporte particular. Ámsterdam gobierna sin estridencias midiendo su éxito en calidad de vida. Singapur planifica con un horizonte de décadas, integrando infraestructura, vivienda y productividad.
Todas ellas comparten algo esencial: infraestructura entendida como libertad. Como resultado se pierde menos tiempo, existen más opciones para hacer las cosas y la calidad de vida aumenta. En estas ciudades, y en las que lideran la innovación urbana, la inversión en infraestructura se concibe como una herramienta para aumentar los grados de libertad ya sea generando nuevas herramientas y alternativas para moverse y vivir o asociándose al sector privado para incentivar la inversión privada que termina creando más valor en las ciudades.
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Buenos Aires suele quedar fuera de este mapa por una razón paradójica: hace más de lo que dice. En los últimos años avanzó en transporte público, integración modal, digitalización de servicios, ordenamiento del espacio urbano y obras largamente postergadas. Sin embargo, carece aún de una narrativa urbana clara que traduzca esas transformaciones en una idea simple y compartida. A diferencia de otras grandes ciudades que son tomadas como casos de éxito, Buenos Aires aún no ha sido reconocida en el conjunto a pesar de los grandes avances que ha implementado.
No se trata de importar slogans ni de ideologizar la ciudad. Se trata de conceptualizarla. De explicar que una ciudad que se mueve mejor es una ciudad más justa. Que una obra bien pensada no es cemento, sino tiempo ganado. Que el Estado moderno no controla: coordina, reduce fricciones y habilita oportunidades.
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Las ciudades del siglo XXI no compiten por discursos, compiten por funcionamiento. Y en ese terreno, Buenos Aires tiene una oportunidad singular: convertirse en un caso donde la política urbana no promete épica, sino algo mucho más valioso —una vida cotidiana que funciona mejor. Algo parecido a lo que planteaba Le Corbusier hace 100 años cuando publicaba “La ciudad del futuro”: la ciudad debe ser una herramienta de trabajo. Hoy en día también corresponde pensar cómo sumar espacios de experiencia, socialización e interacción social.
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