
El año 2026 comenzó marcado por grandes cambios. Estamos viviendo un momento de profunda transformación, una brutalización del mundo cuya historia, según algunos, parece estar escrita de antemano: la de una rivalidad creciente entre China y Estados Unidos que conduce a la inevitable confrontación de estas dos superpotencias. Pero este choque ¿es realmente inevitable? ¿No nos queda más remedio que elegir un bando y resignarnos?
Francia y Europa conocen bien esta historia, porque la vivieron de forma particularmente trágica en el siglo XX. Sin embargo, mientras celebramos el aniversario del Tratado del Elíseo, firmado entre Francia y Alemania el 22 de enero de 1963, también sabemos que los antagonismos históricos más espectaculares pueden superarse. Así, el espíritu europeo, que ante todo es un espíritu de resistencia contra los totalitarismos, logró poner fin a décadas de guerras fratricidas y dar paso a una de las construcciones políticas más exitosas de la historia: la Unión Europea, que nació en París el 9 de mayo de 1950 y le ha garantizado a Europa ocho décadas de paz y prosperidad.
Francia y Europa son conscientes de que la fuerza nunca ha desaparecido de las relaciones internacionales. No fue abolida por el derecho internacional, ni disuelta en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se ha logrado domesticarla haciendo que lo que es fuerte sea justo, de acuerdo con la intuición visionaria del filósofo Blaise Pascal en sus «Pensamientos». A lo largo del siglo XX se han realizado constantes esfuerzos para domesticar la fuerza. La Sociedad de Naciones fue un primer intento admirable pero infructuoso, ya que pedía a los Estados que renunciaran a la fuerza sin ofrecer a cambio garantías creíbles sobre el control de la misma. Después de 1945, la ONU aprendió de este fracaso y no trató de negar las relaciones de poder, sino de organizarlas. Las grandes potencias vieron en ello su interés, no por altruismo, sino por cálculo racional: la estabilidad del sistema internacional, el equilibrio de fuerzas y la previsibilidad jurídica les reportaban más beneficios que los costos de la inestabilidad y el caos.
Es necesario hacer frente a la realidad actual del mundo: un avance hacia regímenes autoritarios en lugar de democracias, y hacia una mayor violencia, con más de 60 guerras en 2024, una cifra sin precedentes. También es una evolución hacia un mundo sin reglas, en el que se pisotea el derecho internacional y en el que la única ley que parece importar es la del más fuerte; un mundo en el que resurgen las ambiciones imperiales. Es una evolución hacia un mundo sin gobernanza colectiva real, en el que el multilateralismo se debilita por las potencias que lo obstaculizan o se apartan de él y en el que se cuestionan las normas.
Sin embargo, sin una gobernanza común, la cooperación da paso a una competencia implacable. Este parece ser el camino que hoy está tomando Estados Unidos, al exigir concesiones comerciales máximas y buscar abiertamente debilitar y subordinar a Europa mediante la imposición de una cantidad interminable de nuevos aranceles, que son fundamentalmente inaceptables, sobre todo cuando se utilizan como medio de presión contra la soberanía territorial. Una competencia implacable que
también proviene de China, donde el exceso masivo de capacidad y las prácticas distorsionadoras han amenazado con inundar los sectores industriales y comerciales.
En este contexto, hay que descartar dos enfoques. El primero sería aceptar pasivamente la ley del más fuerte, lo que conduciría al vasallaje y a una lógica de bloques. Aceptar una especie de nuevo enfoque colonial no tiene sentido. El segundo sería adoptar una postura puramente moral y limitarse a comentar. Esta opción también condena a quienes la defienden a la marginación y la impotencia. Ante la brutalización del mundo, Francia y Europa defienden un verdadero multilateralismo, porque sirve a sus intereses y a los de todos aquellos que se niegan a someterse a la fuerza. Francia y Europa están profundamente comprometidas con la soberanía nacional y la independencia, y con las Naciones Unidas y su Carta. No se trata de una forma anticuada de entender el multilateralismo. Se trata simplemente de no olvidar por completo lo aprendido de la Segunda Guerra Mundial y de seguir comprometidos con la cooperación.
Ante la brutalización del mundo, el espíritu de resistencia debe organizarse. Porque, desde América Latina hasta el sudeste asiático, pasando por África, los pueblos libres —y deseosos de seguir siéndolo— prefieren el camino del equilibrio. En un mundo obligado a elegir entre la sumisión y el enfrentamiento, se espera que Europa invente una vía exigente, basada en la soberanía de las naciones y el respeto del derecho internacional. La esperan cada vez más Estados, apegados a su independencia, que rechazan toda lógica de bloques y demuestran que es posible una arquitectura de seguridad colectiva basada en el diálogo.
Sí, todas las miradas se dirigen hacia Europa y sus 450 millones de habitantes: actualmente, diez países son candidatos a entrar en la Unión Europea. ¿Qué otra organización política en el mundo puede decir lo mismo? De hecho, se vive mejor en Europa que en Estados Unidos o en China. Se vive con más libertad. Se vive más tiempo y con mejor salud. La esperanza de vida es mayor. La mortalidad infantil es más baja, dos veces más baja. Las desigualdades también.
Por tanto, quienes anuncian la desaparición de la civilización europea deberían empezar por cuestionarse sus propias debilidades y fragilidades, y el riesgo de su propia extinción. Deberían recordar que las lógicas de dominación, por muy fascinantes que resulten para los observadores, son vanas y están destinadas al fracaso. Las grandes potencias no sólo tienen sus propias debilidades internas, sino que la historia nos enseña que, cada vez que una nación ha intentado aumentar desmesuradamente su influencia, su huella económica o su territorio en detrimento de los demás, ha acabado perdiéndolo todo, cegada por su arrogancia. El neocolonialismo y el impulso recolonizador son muestras de debilidad. Todas las naciones del mundo se enfrentan a su propia finitud. La moderación es la condición para el equilibrio, y es ese equilibrio el que hay que buscar con ahínco.
Sin duda, Francia asume este año la presidencia del G7 en un contexto internacional preocupante, pero con la clara ambición de restablecer este foro como un espacio de diálogo franco entre las grandes economías, en busca de soluciones colectivas y cooperativas. Porque las guerras comerciales, la escalada proteccionista y la carrera hacia la sobreproducción sólo generarán perdedores. La prioridad absoluta es remediar los desequilibrios económicos mundiales derivados del consumo excesivo de Estados Unidos, el consumo insuficiente y la inversión excesiva de China, y la inversión y competitividad insuficientes de Europa. Estos desequilibrios se reflejan en las diferencias de desarrollo y ya no podemos conformarnos con una ayuda que no produce resultados suficientes ni permite a los países salir de la pobreza.
El objetivo de este G7 es demostrar que las grandes potencias mundiales siguen siendo capaces de llegar a un diagnóstico común sobre la economía mundial y de comprometerse a adoptar medidas concretas. La cooperación no consiste en culpar a los demás, sino en asumir la propia responsabilidad
y contribuir a encontrar soluciones. El objetivo será construir un marco de cooperación para abordar las causas de los grandes desequilibrios y restablecer una convergencia y una cooperación eficaces a través de marcos multilaterales. El otro objetivo es tender puentes y fomentar una mayor cooperación con los países emergentes (los BRICS y el G20), ya que la fragmentación de este mundo no tendría ningún sentido.
De hecho, como señaló hace unos días el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, en el Foro de Davos: «Aquí, en el epicentro del continente europeo, estamos convencidos de que necesitamos más crecimiento y estabilidad en el mundo. Preferimos el respeto a la brutalidad, la ciencia a las teorías conspirativas y el Estado de derecho a la violencia. ¡Bienvenidos a Europa y doblemente bienvenidos a Francia!».
*Romain Nadal es el Embajador de Francia en Argentina
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