
A propósito de la importación de autos chinos, surgió nuevamente el debate sobre proteccionismo, defensa de la producción nacional y temas similares. El argumento pareciera ser que se trata de productos subsidiados por el Banco de China, generando destrucción de puestos de trabajo en Argentina y argumentos similares a los que esgrime Donald Trump, un presidente a favor del proteccionismo.
Esta cuestión me hizo recordar el régimen automotriz que se estableció a principios de los 90 bajo la presidencia de Carlos Menem, el cual fijó un cupo del 10% de lo que se estimaba que iba a ser la producción local, para el total de compras de la industria nacional y de todos los importadores oficiales. En ese momento se importaban mayormente autos fabricados en Corea del Sur.
Pero lo más curioso es que ese cupo de importación era para los autos que se importaban de Suecia, Alemania, Estados Unidos, Japón, España, etc., todos países con niveles de PBI per cápita que superaban ampliamente al de Argentina y para los cuales nadie podía argumentar que se practicaba dumping social.
Se decía que había dumping social y que, por lo tanto, no se podía competir contra esos países. Sin embargo, en 1992 el PBI per cápita de Argentina era de USD 6.790 y el de Corea del Sur de USD 8.127, de manera que si alguien hacía dumping “social” era Argentina.
Uno de los argumentos que se exponen para frenar las importaciones es que supera a lo que se exporta
En rigor, lo que existía era un proteccionismo para proteger a las armadurías, porque Argentina no tiene fábricas de autos, tiene armadurías. El debate de los 90 vuelve a tener el mismo tipo de argumentos hoy, como hace 30 años.
Uno de los argumentos que se exponen para frenar las importaciones es que supera a lo que se exporta, como si exportar fuese bueno e importar fuese malo. Este es un típico argumento mercantilista de los siglos XVI y XVIII según el cual la riqueza de una nación se medía por la acumulación de metales preciosos, por lo tanto, para acumular metales preciosos, el país debía exportar más de lo que importaba.
Dinero y riqueza
El problema del mercantilismo es que confunde dinero con riqueza, ignora el beneficio mutuo del comercio y justifica privilegios y rentas bajo la excusa del “interés nacional”. Además, tampoco es cierto que si se abre la economía se importa más de lo que se exporta.
Para entender por qué es falso que es imposible exportar más de lo que se importa, quitemos el velo monetario y analicemos el tema bajo el intercambio directo, es decir, el trueque.
Si alguien quiere importar más de cualquier mercadería, al haber trueque, inevitablemente tiene que entregar más bienes producidos por el que importa. Es decir, el que importa más bienes está obligado a exportar más bienes, caso contrario no es posible el intercambio.
Incluso en el trueque puede, transitoriamente, haber más importaciones que exportaciones. El exportador de otro país puede decir: yo entrego mi mercadería y espero determinado tiempo para que me entregues la suya como forma de pago.
El punto a considerar es que un producto chino llegue a la puerta de un consumidor argentino a una fracción del precio en su mercado no es algo anormal en el comercio internacional. Es la consecuencia lógica de un país con impuestos confiscatorios, regulaciones asfixiantes, costos laborales no salariales altísimos y logística ineficiente. Culpar a los chinos es una forma elegante de evitar discutir por qué producir en Argentina es tan caro.
Que un producto chino llegue a la puerta de un consumidor argentino a una fracción del precio en su mercado no es algo anormal en el comercio internacional
Durante décadas, el argumento fue que había que cerrar la economía para “darle tiempo” a la industria nacional a poder ser competitiva. Pasaron décadas de proteccionismo y el resultado está a la vista: baja productividad, escasa innovación y precios que castigan al consumidor. El proteccionismo no creó una industria competitiva; creó mercados cautivos. El costo lo paga el consumidor, que tiene menos opciones para elegir tanto en calidad como en precios.
La economía existe para servir al consumidor, no para sostener estructuras ineficientes.
Siguiendo a Adam Smith en su famosa frase: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de su propio interés”, se concluye que en todo intercambio hay un interés mutuo. El carnicero, el cervecero y el panadero no me dan la comida por bondad, sino porque esperan satisfacer mis necesidades y a cambio yo les entrego el dinero que necesitan.
Los proteccionistas ven el intercambio como algo en que uno gana y otro pierde, porque no entienden la teoría subjetiva del valor. Si hay intercambio es porque yo valoro más lo que me entregan que lo que yo entrego en el intercambio.

Ahora bien, lo que sí debería debatirse es si el productor local no puede competir con productos importados porque tiene una legislación laboral que le eleva los costos no laborales, una alta carga impositiva y distorsiones en los precios relativos como puede ser el del tipo de cambio.
En ese caso, mi visión es que primero deberían eliminarse todas esas trabas que elevan los costos de la producción local y liberar el mercado de cambios para que un tipo de cambio atrasado no subsidie las importaciones y castigue las exportaciones.
Mi punto es que la apertura de la economía siempre es conveniente para los consumidores de un país y que no es cierto que si se abre la economía no van a quedar consumidores porque se perderán todos los puestos de trabajo. Ya quedó demostrado con el ejemplo del trueque, que para importar más hay que exportar más.
La apertura de la economía siempre es conveniente para los consumidores de un país. No es cierto que si se abre la economía no van a quedar consumidores porque se perderán todos los puestos de trabajo
Ahora bien, considerando la apertura de la economía como un mecanismo eficiente de asignar los recursos productivos y mejorar el ingreso real de la gente, no es indiferente la forma en que se abra la economía.
Con distorsiones cambiarias, impositivas, laborales y falta de infraestructura, habría que pensar en un modelo de apertura de la economía que primero libere el mercado de cambios, avance con las reformas estructurales y luego termine de abrir la economía. Es más, se podría avanzar en la apertura de la economía en la medida que también se avance con las reformas estructurales. De lo contrario, podría arruinarse una buena idea como es la apertura de la economía, como ya ocurrió en los 70 y en los 90, por hacerlo sin reformas estructurales y con atraso cambiario.
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