En política internacional no cuentan las buenas intenciones; menos aún las declamaciones alambicadas con la (siempre supuesta) moralidad que las izquierdas reivindican como propia. La clave en geopolítica es comprender a tiempo las fuerzas profundas que estructuran el sistema global: dinámicas que trascienden los buenos sentimientos, no porque estos no existan, sino porque, en el terreno del realismo, resultan irrelevantes. En definitiva, se trata de una cuestión de poder.
El reciente mensaje del Departamento de Estado de los Estados Unidos evoca la crudeza de otros momentos históricos que hoy juzgamos lejanos, precisamente porque aquí no hay retórica: estamos ante una señal clara de que el orden hemisférico vuelve a ser una prioridad estratégica para esa parte de Occidente que aún recuerda su identidad histórica frente a otras culturas.
La Argentina del presente enfrenta una disyuntiva decisiva: tiene la oportunidad, y la responsabilidad, de leer correctamente el Zeitgeist, el espíritu de estos tiempos, que para bien o para mal nos incluirá o nos excluirá en un futuro cercano. Nos definirá, con o sin nuestro consentimiento, como actores del mundo libre o como fantasmas de un pasado progresivamente irrelevante.
Henry Kissinger, realista pragmático que nunca tuvo reparos en señalar verdades incómodas para las almas bellas del humanismo progresista, sostenía que los líderes de fuste, especialmente los estadistas, no se distinguen por su ideología, sino por su capacidad de leer las tendencias profundas del sistema internacional.
Esa capacidad, hoy escasa en amplios sectores del poder occidental aún aferrados a la lógica de la larga posguerra y al mito del Estado de Bienestar, define si una nación actúa a tiempo o termina arrastrada por fuerzas que no controla, hasta convertirse de manera súbita en un Estado fallido.
La dirección es clara: la seguridad regional en América Latina no es negociable. La creciente ofensiva global de China en sectores estratégicos de Asia, Medio Oriente, África y América Latina no es mera expansión comercial, es una estrategia geopolítica calculada. Pretender restaurar el orden internacional que conocimos en décadas recientes desde la ingenuidad occidental sería un error inadmisible.
Las Américas, como barrera estratégica de nuestra civilización en el Atlántico (el nuevo mare nostrum de Occidente en tiempos globales), constituyen un espacio prioritario que no puede ser cedido, por omisión o ingenuidad, a influencias extracontinentales hostiles al Mundo Libre.
Nada de esto es novedoso. Es la reafirmación de una constante histórica del poder que muchos ignoran por comodidad ideológica, desconocen por ignorancia o se niegan a ver por exceso de sentimentalismo. Donald Trump y Marco Rubio volvieron a poner sobre la mesa una verdad elemental de la política internacional: el orden precede al cambio. No puede haber libertad sin orden, como tampoco puede sostenerse un orden legítimo sin libertad. Separar estos conceptos es una fantasía ideológica que la historia ha refutado una y otra vez.
China, Rusia e Irán no son actores neutrales en América Latina. Son potencias que avanzan allí donde detectan vacíos de poder, debilidad institucional o dirigencias dispuestas a confundir dependencia estructural con una supuesta autonomía frente a Occidente.
La historia reciente de la región es elocuente. América Latina pagó un precio altísimo por el experimento del llamado socialismo del siglo XXI: desorden interno, pérdida de soberanía real, penetración criminal, expansión del narcotráfico, trata de personas, terrorismo, destrucción institucional y migraciones forzadas. Todo ello envuelto en un discurso supuestamente emancipador que ocultaba, en los hechos, una subordinación estratégica creciente a fuerzas ajenas a nuestro hemisferio.
La política internacional no premia la indignación moral ni la protesta permanente. Premia a quienes comprenden el momento histórico y actúan antes de que sea muy tarde. La legitimidad internacional, como advertía Kissinger con brutal honestidad, nace cuando las grandes potencias aceptan un determinado orden. No existen órdenes alternativos viables al margen de ese consenso. Desafiarlo sin poder suficiente solo produce caos interno y aislamiento externo.
Argentina debe comprender esto con madurez estratégica. Permanecer ambigua frente al orden occidental no es un gesto de autonomía: es un acto de irresponsabilidad. El alineamiento con el Mundo Libre no debe responder a dogmas ni a subordinaciones automáticas, sino a una lectura lúcida del tablero internacional: la autonomía real no se declama, se construye dentro de marcos de alianzas estables.
El Zeitgeist es hoy claro: el orden es imprescindible, el poder existe y se ejerce, y el realismo debe imponerse sobre la ceguera ideológica. Ignorar estas lecciones en un momento histórico como el actual no sería solo repetir errores conocidos: sería profundizarlos hasta consecuencias potencialmente irreversibles para nuestra región. Y la libertad, como la historia enseña una y otra vez, no es gratis.
Últimas Noticias
Groenlandia: del frío polar al calor trumpista
La nueva competencia global por el Ártico convierte a este país de tan sólo 57 mil habitantes en un punto central de la disputa entre Estados Unidos, China y Rusia

Venezuela, Irán y los primeros síntomas de la Guerra Fría 2.0
La captura de Maduro y la represión en Teherán no son anomalías, sino señales de una etapa en la que el poder vuelve a ejercerse sin disfraces y donde las transiciones ya no garantizan estabilidad, sino nuevos equilibrios precarios
La IA en la Salud: límites que no deben cruzarse
La expansión de la inteligencia artificial en medicina plantea nuevos dilemas sobre la responsabilidad ética y jurídica en decisiones que afectan la vida humana

Irán: diversidad étnica, religiosa, cultural y geoestratégica
Los lazos externos de las distintas facciones dentro del país refuerzan la volatilidad en zonas limítrofes y en enclaves estratégicos
Apertura de la economía: balance y los desafíos por delante
Las recientes reformas impulsadas desde el Ejecutivo han marcado un cambio de paradigma en la política comercial argentina, planteando nuevas oportunidades y retos en la búsqueda de mayor dinamismo productivo




