
El estreno del esquema de bandas cambiarias inaugura una nueva etapa para el dólar en Argentina. No se trata de una promesa de estabilidad absoluta, sino de un intento por acotar extremos. Para empresas que operan en comercio exterior y pagos internacionales, el cambio no elimina la incertidumbre: la redefine.
Desde la mirada de quienes viven del flujo diario de cobros y pagos en moneda extranjera, las bandas aportan previsibilidad operativa, pero no certeza de precio. El sistema fija un piso y un techo explícitos, a diferencia del esquema anterior, donde el tipo de cambio se ajustaba con un porcentaje fijo mensual. En el nuevo régimen, el piso de la banda se actualiza en función de la inflación con un rezago de dos meses, lo que introduce una lógica más flexible y cercana a la dinámica real de los precios.
Este cambio tiene una consecuencia clave: le resulta más fácil al Banco Central comprar dólares. Bajo el esquema previo, con un ajuste del 1% mensual, el tipo de cambio quedaba sistemáticamente atrasado frente a la inflación, lo que limitaba la capacidad del BCRA para acumular reservas. Con las bandas, ese desfasaje se reduce y la autoridad monetaria puede intervenir comprando divisas sin generar tanto ruido en el mercado.
Sin embargo, la volatilidad no desaparece. Se desplaza hacia el interior del corredor y, en la práctica, suele manifestarse más cerca del techo que del piso. El esquema ordena, pero no elimina la tensión.
Expectativas que siguen mandando
Más allá del marco formal, las decisiones empresariales continúan guiadas por las expectativas. Inflación futura, devaluación implícita, acceso al financiamiento en cada divisa y riesgo regulatorio siguen pesando más que la existencia de una banda en sí misma. En Argentina, además, hay un factor estructural que no puede ignorarse: la desconfianza histórica en la continuidad de los regímenes.
Si el mercado cree que el dólar tenderá al techo, los incentivos no cambian demasiado: importadores adelantan pagos y exportadores demoran liquidaciones. Si, en cambio, se consolida una expectativa de cercanía al piso, la conducta se invierte. El esquema ordena el tablero, pero no neutraliza la lógica defensiva.
Qué cambia respecto del régimen anterior
La diferencia central con el sistema que rigió hasta el año pasado es la forma en que se administra la tensión cambiaria. Antes, el mercado convivía con correcciones más discrecionales, acumulación de presión y liberaciones abruptas, ya sea vía saltos del tipo de cambio o nuevos controles. Con las bandas, la lógica es una flotación contenida, con intervenciones más explícitas en los bordes del corredor.
Además, al permitir una mayor acumulación de reservas, el nuevo esquema reduce parte de la presión estructural sobre el mercado cambiario. Esto no implica ausencia de riesgos, pero sí un contexto algo más ordenado, al menos en el corto plazo. Para 2026, el escenario luce relativamente más estable. Más adelante, el factor político volverá a ser determinante.
Pagos internacionales: de la intuición a la estrategia
Donde el cambio se vuelve más tangible es en la gestión de pagos internacionales. En este nuevo contexto, fijar precios y plazos gana valor: cotizaciones con validez corta, cláusulas de ajuste y la decisión de cuándo pagar dejan de ser cuestiones administrativas para convertirse en decisiones financieras.
También aparecen nuevas variables para las empresas. Se asume que las tasas pasivas deberían tender a subir, ya que, de no hacerlo, podrían generarse tensiones cambiarias adicionales. Al mismo tiempo, si el Banco Central logra comprar más reservas y reducir la presión sobre el dólar, se abre la posibilidad de un escenario de menor restricción cambiaria para las empresas, incluyendo una eventual salida gradual del cepo en el plano corporativo.
La gestión del riesgo cambiario pasa a ser operativa: prefondeo parcial, pagos en tramos y neteo de cobros y pagos cuando sea posible. A eso se suma una estrategia cada vez más relevante: operar en multi-moneda y multi-rail, con cuentas en dólares o euros y distintos rieles de pago, para reducir costos y evitar quedar atrapado en un mal timing.
Para importadores y exportadores, el mensaje es claro: revisar las políticas internas de tesorería con escenarios definidos —base, estrés hacia el techo y estrés hacia el piso— y establecer gatillos de acción concretos. No alcanza con mirar la banda; hay que saber qué hacer si el mercado se mueve dentro de ella.
En síntesis, las bandas cambiarias no resuelven el problema cambiario argentino: lo transforman. Se pasa del miedo al salto discreto a la exigencia de una gestión profesional dentro de un corredor. Para las empresas, el desafío ya no es adivinar el próximo shock, sino construir estrategias financieras capaces de convivir con la volatilidad administrada. Ese, probablemente, sea el verdadero aprendizaje del dólar en 2026.
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