
¿Sabías que la camiseta que nos llevó a ser campeones del mundo —la que levantó Messi junto a la Copa en Qatar— fue fabricada en Argentina? Sí: la prenda más icónica de nuestra historia deportiva reciente se hizo en el país, con tela argentina, en fábricas argentinas, por trabajadores argentinos.
Ese dato no es menor. Argentina tiene la capacidad industrial, tecnológica y humana para producir su propio símbolo nacional. Pocos países en el mundo tienen el privilegio de poder hacerlo. Argentina es uno de ellos. Cuenta con una cadena textil completa que abarca desde el desarrollo de fibras y hasta la confección. Detrás de esa camiseta hay décadas de conocimiento acumulado, inversión productiva, innovación y miles de puestos de trabajo distribuidos en todo el territorio. No es solo una prenda deportiva: es industria, es empleo, es educación, es valor agregado argentino que se proyecta al mundo.
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Por eso, resulta difícil de entender que hoy la Selección campeona vaya a vestir para el próximo mundial una camiseta made in Tailandia. No hay una explicación convincente para una decisión que implica resignar producción local cuando el país ya demostró que puede hacerlo y hacerlo bien. Y como si fuera poco, la camiseta titular importada se vende en Argentina a unos 260 mil pesos. Sin duda, carísima para el consumidor local. Entonces la ironía es completa: porque el país tiene capacidad para fabricarla localmente, a un valor industrial muy por debajo de su precio de venta, y a un precio final seguramente más bajo y más competitivo.
Si cuando juega la Selección todos nos ponemos la camiseta, también podemos reclamar que esa camiseta se haga en Argentina
No se trata de nostalgia ni de un debate ideológico. Se trata de algo más básico: de coherencia, de respeto a las inversiones industriales que dan empleo y de orgullo a las habilidades desarrolladas como país. Si tenemos la capacidad, el conocimiento y la infraestructura para producir la camiseta nacional, elegir hacerla afuera implica dejar pasar trabajo, inversión y desarrollo que podrían quedarse en la Argentina. Implica, en los hechos, subestimar lo que somos capaces de hacer.
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Fabricarla en el país es una decisión con impacto real. Significa empleo en plantas textiles, actividad para proveedores de telas, desarrollo tecnológico local y oportunidades para miles de familias. Pero también tiene un valor simbólico profundo: la camiseta nacional es una de las vidrieras más visibles que tiene la Argentina frente al mundo, y debería reflejar no solo nuestros colores, sino también nuestra capacidad industrial, nuestra soberanía productiva.
En un momento en que el sector textil atraviesa una fuerte contracción, producir la camiseta nacional no es solo una cuestión simbólica: es una oportunidad concreta de sostener empleo, de activar fábricas y de demostrar confianza en lo que el país puede hacer. Argentina ya probó que tiene la capacidad, la calidad y el talento para hacerlo. Renunciar a eso, sin una razón clara, es desidia y falta de amor a lo nuestro, es dejar pasar una oportunidad que no debería desperdiciarse.
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Argentina ya lo hizo y no hace mucho tiempo. Es más, lo hizo en el momento más alto de su historia deportiva. Por eso, el planteo es simple: si cuando juega la Selección todos nos ponemos la camiseta, también podemos reclamar que esa camiseta —la que nos representa ante el mundo— se haga en Argentina.
Porque no se trata solo de fútbol: se trata de tener valores y respeto hacia nuestros oficios y capacidades industriales, y sentir orgullo de ver que lo que más nos representa se hizo con trabajo argentino.
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El autos es Presidente de la Fundación Pro Tejer
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