
Existe un mito, casi una leyenda dorada, que dice que Argentina en cierto momento fue una “gran promesa” del mundo, compitiendo codo a codo con países como Estados Unidos o Canadá. ¿Es esto un romanticismo nostálgico o una realidad estadística?
No fue del todo un espejismo; era una nación que, entre 1870 y 1930, funcionaba como un imán de capitales y personas. Pero, ¿qué pasó con esa promesa?
Los datos cuantitativos sugieren que, al menos por un tiempo, Argentina fue un raro caso de éxito global.
Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, Argentina vivió el esplendor de un ciclo agroexportador: la combinación de tierras fértiles de la pampa húmeda, una enorme ola inmigratoria europea y una lluvia de inversiones británicas en ferrocarriles crearon un motor económico sin precedentes. Asimismo, en tal periodo hay un perfil que no se suele destacar debidamente y se refiere a logros alcanzados en materia educativa, básicamente en los niveles de alfabetización, que eran superiores o similares a los de varios países europeos, merced al empuje de Sarmiento y al establecimiento de la ley 1420 de educación primaria, gratuita, laica y obligatoria en 1884.
Según el economista británico Angus Maddison, creador de la monumental Maddison Historical Statistics, el PBI per cápíta de nuestro país se ubicó consistentemente, en el periodo 1905-1930, entre los once primeros del mundo. Y consolidándose como la nación más próspera de América Latina por un margen abrumador.
En su texto Rica, pero no tan moderna: Argentina antes de la Depresión, Lucas Llach atribuye su crecimiento record, en buena medida, a un salto producido, entre otras razones, merced a una nueva tecnología de transporte (el ferrocarril) que permitió la incorporación de tierras nuevas o hasta entonces solo dedicadas a una ganadería de baja productividad.
La paradoja de Kuznets: un país inclasificable
La trayectoria de Argentina fue tan inusual que el Premio Nobel de Economía Simon Kuznets pronunció una frase que quedó grabada en la historia académica: “Hay cuatro tipos de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y la Argentina”.
Para Kuznets, Japón era un milagro (un país pobre que se hizo rico sin recursos), mientras que Argentina era el enigma inverso: un país que lo tenía todo para ser desarrollado y, sin embargo, inició un camino de retroceso.
¿Cuándo y por qué comenzó el declive? No fue un evento súbito, sino un proceso de erosión. Varios historiadores coinciden en señalar ciertos puntos de quiebre: por un lado, el ocaso en la década de 1920 de un modelo agropecuario sustentado en la exportación de producción primaria y, por otro, en las consecuencias del golpe de 1930 y de la Gran Depresión; la ruptura del orden constitucional inició una era de inestabilidad política, mientras que la crisis mundial forzó a Argentina a cerrar su economía (sustitución de importaciones), alejándola de los mercados globales competitivos.
En un horizonte temporal extenso, las dificultades económicas y sociales de Argentina pueden ser atribuidas tanto a la falta de instituciones sólidas (a diferencia de otros países, Argentina no logró transformar su riqueza temporal en leyes y estabilidad de largo plazo), al aislamiento comercial (el paso de una economía abierta a una extremadamente cerrada generó ineficiencia) y a una inflación crónica (el uso del Banco Central para financiar déficits fiscales se convirtió en un mal sistémico desde mediados del siglo XX).
El camino a la recuperación: ¿qué debe hacer Argentina?
Para recuperar el terreno perdido, no existen fórmulas mágicas, sino que se requieren consensos básicos: a) acceder al equilibrio fiscal: dejar de gastar más de lo que ingresa para eliminar la necesidad de emitir moneda o endeudarse en exceso; b) lograr seguridad jurídica: crear un entorno donde las reglas no cambien cada cuatro años, fomentando la inversión privada; c) integración al mundo: recuperar el perfil exportador, no solo de granos, sino de energía (Vaca Muerta), minería (Litio) y servicios basados en el conocimiento.
Argentina no es un país pobre, sino un país empobrecido por sus decisiones. Los datos de Maddison demuestran que la prosperidad fue posible; el desafío actual es dejar de ser la “excepción negativa” de Kuznets.
La autopsia social: ¿Por qué falló el motor?
Si la economía explica los números, la sociología y la ciencia política podrían explicar los comportamientos humanos y las luchas de poder que detuvieron el crecimiento. Para entender el declive, no basta con examinar las tasas de interés; hay que mirar las fracturas de la sociedad.
En su libro Diario de una temporada en el quinto piso, Juan Carlos Torre (sociólogo que fuera asesor del Plan Austral) ofrece una mirada descarnada sobre la gestión pública. Su tesis principal no es técnica, sino política: la dificultad de gobernar una sociedad con intereses corporativos tan fuertes. El autor describe cómo los equipos técnicos (el “quinto piso” del Ministerio de Economía) chocaron constantemente con la “calle” y la política territorial.
El declive argentino se explica, en parte, por la incapacidad de la política para imponer un plan de largo plazo sobre las demandas inmediatas de sindicatos, empresarios y el aparato partidario.
Por su parte, los sociólogos Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero introdujeron un concepto relevante para entender por qué Argentina se estancó a mitad del siglo XX: el empate hegemónico. Según esta visión, Argentina quedó atrapada entre dos fuerzas que tenían poder para bloquearse recíprocamente, pero no para liderar: una burguesía industrial que necesitaba protección y una clase obrera organizada que defendía sus ingresos.
Este “empate” generó una parálisis donde nadie cedía, resultando en una inflación eterna y falta de inversión.
Otros autores a tener en cuenta sobre la cuestión del declive argentino son Guillermo O´Donnell, Tulio Halperín Donghi, Marcelo Cavarozzi, y, a nuestro juico, principalmente, los aportes de Pablo Gerchunoff y el ya mencionado Lucas Llach, quienes incursionaron en las causas –reales y ocultas- del auge y deterioro de Argentina a lo largo del tiempo.
Académicos extranjeros como Daron Acemoglu, quien recibiera el Nobel de Economía de 2024, en varias publicaciones y disertaciones, pero especialmente en su libro Por qué fracasan los países, escrito con James Robinson, ha utilizado a Argentina como el ejemplo clásico de predominio de “instituciones extractivas”. A diferencia de los países desarrollados, donde las leyes protegen la seguridad jurídica y fomentan el esfuerzo, Argentina desarrolló un sistema donde las reglas cambian según el gobierno de turno. Esto genera que el “ingenio” argentino no se dedique a tan solo producir, sino a “cubrirse” de los cambios de reglas (comprar dólares, fugar capitales, buscar subsidios).
Una probable conclusión sociológica sería postular que el declive no fue un accidente. Fue el resultado de una sociedad que, al hacerse rica rápidamente, no logró construir un contrato social estable. Argentina pasó de ser un país de instituciones a un país de facciones en pugna.
El nudo gordiano y el espejo trasandino
En procura de comprender por qué Argentina no logra salir del laberinto mientras vecinos como Chile -pese a sus propias crisis- mantienen una estructura macroeconómica más sólida, debemos mirar más allá de las planillas de Excel. La respuesta reside en el sistema de partidos y en la naturaleza de sus contratos sociales, que en el caso chileno se centran en el consenso y en el nuestro en la confrontación.
La sociología política destaca una diferencia fundamental en cómo ambos países gestionaron los tiempos posteriores a las dictaduras militares que vivieron.
En Chile funcionó la política de los acuerdos: tras el retorno a la democracia, allí se logró algo que Argentina no pudo: un consenso trans-ideológico. Tanto la centroizquierda (Concertación) como la derecha –que se turnaron alternativamente en el ejercicio del gobierno- aceptaron que el libre mercado y la apertura eran el motor, mientras discutían cómo distribuir esos frutos. El sistema de partidos chileno funcionó como un amortiguador, brindando previsibilidad a largo plazo.
En tanto que en Argentina se continuó padeciendo un péndulo permanente: ha sido un banco de pruebas para la aplicación de modelos económicos extremados, ya sea distribucionistas o concentradores. Cada cambio de gobierno pretende ser fundacional: el que llega intenta borrar todo lo que hizo el anterior. Esto genera una oscilación donde se pasa de la apertura total al proteccionismo extremo, destruyendo cualquier posibilidad de inversión sostenida.
La trampa de la “Sociedad del Bloqueo”
Retomando la visión de Torre y el “empate” de Murmis y Portantiero, una conclusión podría ser que Argentina ha desarrollado una sociedad civil extremadamente articulada, con robustos sindicatos, cámaras empresariales y movimientos sociales con una capacidad de veto destructiva.
Cada grupo tiene poder suficiente para impedir reformas que afecten sus privilegios, pero ninguno tiene la fuerza para imponer un proyecto de desarrollo nacional: el resultado es el estancamiento.
Hacia un nuevo contrato social
¿Qué debería hacer Argentina para iniciar su recuperación? La solución no es solo técnica, sino cultural y política.
En procura de acceder a ella debiera desplazarse desde la facción a la nación: salir del esquema en el que “el que gana se lleva todo” y el que “pierde intenta que el país explote” para volver al poder.
En segundo término, como postulaba Guillermo O´Donnell, conformar un Estado profesional y técnico que pueda ejecutar planes que trasciendan un mandato presidencial.
Finalmente, Argentina debe aceptar la realidad global, debe reconciliar su identidad cultural (que se sintió o se siente parte del primer mundo) con su realidad productiva, cerrando la brecha entre sus aspiraciones y sus posibilidades reales.
Argentina fue próspera cuando sus instituciones y su economía estaban alineadas con el mundo. Volver a serlo no requiere un milagro, sino un sacrificio de todas las partes: romper el “empate” no mediante la eliminación del otro, sino a través de un pacto de estabilidad.
Debiéramos dejar de ser la “excepción negativa” de Kuznets. La prosperidad no es un derecho de nacimiento por tener recursos naturales; es el premio para las sociedades que logran acordar reglas y, sobre todo, cumplirlas.
El desafío de Argentina no es volver a 1910, sino decidir, finalmente, qué país quiere ser en el siglo XXI.
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