
El oro llega a 2026 consolidado como uno de los activos más relevantes del escenario financiero global, luego de haber atravesado en 2025 un año histórico tanto por su rendimiento como por la magnitud de los flujos que captó.
De acuerdo con datos del World Gold Council, el metal precioso registró su mejor desempeño anual desde 1979 y estuvo acompañado por entradas récord en fondos cotizados (ETFs) respaldados por oro físico, con flujos que superaron los USD 89.000 millones y llevaron los activos bajo gestión a máximos históricos. Este comportamiento marcó un punto de inflexión: el oro dejó de ser visto únicamente como un refugio coyuntural para transformarse en una alternativa de inversión estructural, válida tanto para inversores minoristas como para grandes jugadores institucionales.
En ese contexto, los principales bancos de inversión internacionales coinciden en que el escenario para 2026 sigue siendo constructivo. J.P. Morgan Global Research, en su outlook para 2026, proyecta que el precio promedio del oro se ubicará en torno a los USD 4.753 por onza y no descarta que el metal alcance la zona de los USD 5.000 hacia el cuarto trimestre de ese año. La entidad fundamenta su visión en un entorno de elevada incertidumbre macroeconómica, riesgos geopolíticos persistentes y una demanda financiera que se mantiene sólida, tanto por parte de inversores como de bancos centrales, lo que contribuiría a sostener un nuevo rango de precios estructuralmente más alto.
Una lectura similar surge de Goldman Sachs, que también mantiene una perspectiva alcista para el oro en el horizonte 2026. En informes difundidos por Reuters, el banco ubicó su objetivo de precio en torno a los USD 4.900 por onza para diciembre de 2026, apoyándose principalmente en la continuidad de las compras de bancos centrales y en la función del oro como cobertura frente a shocks macroeconómicos y financieros. Para Goldman, la acumulación de reservas en oro por parte de autoridades monetarias se ha convertido en un factor estructural del mercado, menos sensible al ciclo de corto plazo y clave para explicar la resiliencia del precio, incluso en escenarios de tasas reales menos negativas.
El inicio de 2026 reforzó esta narrativa con un catalizador adicional: el riesgo institucional en Estados Unidos. En enero, el oro rompió por primera vez la barrera de los USD 4.600 por onza, impulsado por la creciente tensión entre el presidente Donald Trump y el titular de la Reserva Federal, Jerome Powell, y por el debate abierto en torno a la independencia del banco central estadounidense. Según reportes de Reuters, el mercado comenzó a incorporar una prima de riesgo asociada a la posibilidad de interferencias políticas en la política monetaria, lo que reforzó la demanda de activos percibidos como reserva de valor fuera del sistema político y financiero tradicional, con el oro a la cabeza.
Este episodio resulta relevante porque amplía el abanico de factores que impulsan al metal precioso. Más allá de la inflación, las tasas reales o los conflictos geopolíticos clásicos, el oro empieza a reaccionar también a la percepción de fragilidad institucional y a los riesgos sobre la credibilidad de los bancos centrales. En un mundo donde la política monetaria y la política fiscal aparecen cada vez más entrelazadas, este tipo de tensiones refuerza el rol del oro como activo de cobertura de largo plazo, especialmente para carteras diversificadas.
Para los inversores minoristas, el escenario 2026 plantea al oro como una herramienta de diversificación más que como una apuesta puramente especulativa. La expansión de los ETFs y otros instrumentos financieros permitió democratizar el acceso al metal, facilitando su incorporación gradual a carteras de menor tamaño. Para los inversores mayoristas e institucionales, en cambio, el atractivo se concentra en su función como hedge frente a riesgos extremos —geopolíticos, monetarios o institucionales— y en su baja correlación con otros activos financieros en momentos de estrés.
En síntesis, las proyecciones de JPMorgan y Goldman Sachs convergen en una idea central: el oro ingresa a 2026 respaldado por fundamentos más sólidos que en ciclos anteriores. El crecimiento récord registrado en 2025, el protagonismo de los flujos financieros y de las compras de bancos centrales, y la aparición de nuevos riesgos vinculados a la política y a la credibilidad monetaria configuran un escenario en el que los precios elevados no lucen como una anomalía transitoria, sino como parte de un nuevo equilibrio. La ruptura de la zona de USD 4.600 a comienzos de 2026 fue una señal temprana de ese cambio de régimen y refuerza la visión de que el oro seguirá ocupando un lugar central en las estrategias de inversión globales durante los próximos años.
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